Risas peligrosas – Steven Millhauser

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Risas peligrosas es un compendio fascinante de historias de todo tipo, si bien Steven Millhauser las une con un hilo conductor inconfundible: el desasosiego. Desde las narraciones más convencionales, con tramas más o menos realistas («La desaparición de Elaine Coleman» o «La habitación de la buhardilla»), hasta las de inspiración netamente fantástica («La cúpula» o «La Torre»), todos los relatos de este magnífico libro tienen en común el sentimiento de perturbación que dejan en el lector; la sensación insoslayable de que hay algo más que no estamos viendo, un «algo más» que oscila entre lo terrorífico y lo indeseable.

Esa perturbación la extiende Millhauser por todas las páginas, haciendo de su estilo un portador de incertidumbres a lo largo de la lectura. Los actos cotidianos, como puedan ser las relaciones en la escuela o el entorno laboral, son deconstruidos por el autor con una sutileza brillante: nada es lo que parece en las historias, pero nunca de una forma concluyente. Los personajes se enfrentan a situaciones que en principio parecen controlar, aunque pronto descubren que existen elementos que les impiden alcanzar sus propósitos de manera velada, casi invisible; no es sólo que un componente fantástico se inserte en los cuentos (si bien los reunidos bajo el epígrafe ‘Arquitecturas imposibles’ están claramente construidos bajo esa premisa), sino que la misma realidad se deforma ante la imposibilidad de aprehenderla por completo.

Millhauser hace gala de un estilo sencillo, pero intenso: la sutileza con la que va acumulando detalles y sobreentendidos es magistral, y las historias van ganando en complejidad sin que en apariencia esté sucediendo nada asombroso. Los conflictos que pone en marcha, como decíamos, son banales y cotidianos, pero sus protagonistas van comprendiendo que las fuerzas que se les oponen están más allá de su comprensión; en ocasiones, esas fuerzas son de origen natural (la vanidad bíblica de «La Torre», por ejemplo, se ve castigada por la naturaleza), aunque por lo general están relacionadas con el ser humano y sus debilidades y vicios.

«La desaparición de Elaine Coleman», sin ir más lejos (ojo con los espoilers…), narra el sentimiento de culpa de un muchacho al ser incapaz de recordar a una chica desaparecida; esa imposibilidad es la que hace «desaparecer» a otras muchas personas: personas a las que no aprobamos, a las que consideramos diferentes o inferiores, a las que no otorgamos el estatus que todos merecemos. El desasosiego al que hacía referencia al comienzo atraviesa toda la historia, ya que el narrador es consciente de conocer a Elaine, pero es incapaz de comprender por qué no puede formarse una imagen de ella. Su miedo es el miedo de todos: desaparecer sin que nadie repare en nuestra ausencia. Otro tanto sucede en «Historia de un trastorno», en el que un hombre decide dejar de hablar porque comprende que las palabras «devoran el mundo sin dejar nada en su lugar»; la incomunicación se transforma en acto de renuncia, en el reconocimiento implícito de que nuestra comunicación oral no hace sino causar malentendidos.

Teniendo en cuenta la habilidad de Millhauser para crear atmósferas desconcertantes y tramas sorprendentes, algunos de los relatos más interesantes se encuentran en el último de los cuatro epígrafes que conforman el libro: ‘Historias heréticas’; posiblemente el mejor de ellos, y de todo el conjunto, sea «Un precursor del cine», un delicioso estudio sobre un pintor de finales del siglo XIX que consigue crear con sus cuadros una suerte de cinematógrafo primitivo. Amén de lo original del planteamiento, la historia nos seduce por el misterio que envuelve a Harlan Crane, el protagonista, y por el trabajo cuidadoso con el que está labrado el trasfondo: el afán por la experimentación de las primeras vanguardias artísticas se aúna con la curiosidad científica para elaborar un telón de fondo colorista y pleno de detalles pintorescos. La fantasía y la imaginación son pilares básicos, pero la sensibilidad del escritor se pone de manifiesto en la meticulosa construcción del personaje y en su peculiar peripecia, teñida del eterno fracaso que acompaña las grandes gestas.

Risas peligrosas es un libro espléndido: luminoso, inteligente, divertido y audaz. Es difícil conseguir que confluyan en un solo texto todas esas características, pero Millhauser lo hace una y otra vez, ya que no hay relato que no valga la pena. Si les apetece una buena lectura, no lo duden: hay que descubrir a este autor. Ahora mismo.

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