Thérèse Raquin – Émile Zola

6
8696

Publicada en 1867, Thérèse Raquin fue la novela que otorgó notoriedad al hasta entonces desconocido escritor Émile Zola. La notoriedad vino dada por el escándalo que acompañó a la novela, a la que la crítica acuso de ser nauseabunda e impúdica.

La desmesurada reacción de la crítica animó al autor a incluir un prefacio en la segunda edición de la novela —prefacio que la presente edición de BackList incluye— en el que, además de una apasionada defensa de Thérèse Raquin, podemos encontrar toda una declaración de intenciones acerca de cómo Zola entendía la novela: una novela humana, que reflejase al hombre tal como es, sin falsos idealismos; que le situara como ante la lente de un microscopio y consignara con meticulosidad y desapasionamiento sus virtudes y defectos.

Esa es la labor que el autor pretendió llevar a cabo en Thérèse Raquin, donde se estudian los temperamentos enfrentados de un ser de naturaleza carnal y otro de naturaleza nerviosa. Las alteraciones que la unión y el choque de esas naturalezas provocan, darán lugar al drama que se desarrolla a lo largo de la novela.

El temperamento nervioso corresponde a Thérèse, una joven casada con un hombre de naturaleza enfermiza que no puede satisfacer a su esposa. Acogida desde niña en casa de la madre de su marido, y tía suya, la joven se ha visto obligada a adormecer su propia naturaleza vigorosa, encerrada para siempre en el cuarto de un enfermo. Sin embargo, su verdadero instinto será despertado por Laurent, un amigo de su esposo. Él será el temperamento carnal que, en cierto modo, desencadene los acontecimientos. Laurent se nos presenta como un hombre que anhela llevar una tranquila vida burguesa sin otro objeto que poder comer bien y tener una mujer asegurada para todas las noches.

Thérèse y Laurent inician una apasionada relación erótica a la que ninguno de los dos desea renunciar. Cuando las circunstancias les obligan a dejar de verse, en ambos surge la idea de asesinar al esposo, hecho que aceptan «como los lobos aceptan el asesinato de los corderos» El plan es sencillo: eliminado el esposo y evitada cualquier sospecha que en ellos pudiera recaer, los adúlteros contraerán matrimonio para dar así curso a su concupiscencia desde la legalidad del matrimonio. Pero, a pesar de que el plan transcurre según lo proyectado, los amantes no podrán disfrutar de la dicha que se prometían. Tras el asesinato comienzan los remordimientos, que acosan sin tregua a Thérèse y a Laurent hasta empujarles a una situación desesperada.

Narrada con morosidad, la novela da cuenta pormenorizada de la evolución de los caracteres de ambos protagonistas. Al tiempo que se plantea la historia, Zola acierta al presentar a Thérése y Laurent no sólo tal como son antes de conocerse, sino también tal como aparentan ser. De este modo, el lector tiene la base para juzgar cómo la tensión provocada por la pasión primero, después por el temor y la euforia, y por último por el remordimiento, aumenta de manera paulatina hasta conducirles al terrible final que pone colofón a su historia.

Hay escritores que jamás defraudan, Zola es uno de ellos.

Más de Émile Zola:

6 Comentarios

  1. No hace mucho, desde este mismo blog y tras la lectura de “La fortuna de los Rougon” y “La jauría”, me declaré “Zoliano” confeso; no conocía nada de la obra de Zola y los dos libros, – el primero, especialmente más que el segundo -, representaron todo un descubrimiento para mí. La lectura de “Thérèse Raquin” no ha hecho sino reafirmarme, aún más si cabe, en esa peculiar doctrina.
    Las afinidades literarias, como los gustos en general, tienen difícil explicación. Uno se embarca en la lectura de un libro y, sin saber bien el porqué, a las pocas páginas es presa de las más variopintas sensaciones: entusiasmo, indiferencia, rechazo,… No podemos, o por lo menos yo no puedo sustraerme a esa clase de emociones. Entiendo, por ello, que la prosa de Zola, morosa y detallista hasta el exceso, no guste y pueda resultar plomiza para cierto tipo de lectores. A mí, bien al contrario, me parece excepcional.
    Y no es que el tema de “Thérèse Raquin” sea un dechado de originalidad, quizás lo fuera en el momento de su escritura, pero hoy, más de un siglo después, resulta harto manido. Muchas veces, y desde todas las vertientes, la literatura ha abordado el consabido asunto del triángulo amoroso, en pocas ocasiones, eso sí, con la hondura e intensidad que la pluma de Zola despliega.
    Los personajes de la historia, Thérèse y Laurent, – Camille, tercero en discordia, ocupa el lugar del espectro ausente, que tortura a los amantes desde el más allá -, son diseccionados y examinados bajo la lente inmisericorde del autor francés. En el prefacio de la segunda edición, Zola puntualiza claramente su objetivo: “… me he propuesto estudiar temperamentos, no caracteres.”; y en efecto, consigue desmenuzar profusamente las personalidades de sus dos principales protagonistas, dejando al descubierto hasta sus más íntimas fibras nerviosas. Si algún pero puede achacársele al método de análisis empleado, es el de su excesiva frialdad; Thérèse y Laurent son, en manos de Zola, poco más que especímenes en un experimento científico, ni un sólo lazo de calidez o amor los une a su creador.
    Recordaba durante la lectura de “Thérèse Requin” otros dos libros que abordan el mismo tema, pero desde distintos puntos de vista. Uno, “Las dos amigas y el envenenamiento” de Alfred Döblin, – pequeña obra maestra donde las haya -, en la que el autor, a pesar del distanciamiento que guarda hacia los hechos, no puede dejar de ocultar cierta empatía con los personajes, ya sean víctimas o verdugos. Otro, “La inundación” de Yevgueni Zamiatin, emplea un método de aproximación al sufrimiento de la protagonista más críptico y psicológico, pero igualmente doloroso. En Zola, es distinto, todo es más gélido y aséptico, más acorde, si se me permite el símil, a la fría losa de la Morgue sobre la que hace reposar el cuerpo de uno de sus protagonistas.
    A lo largo de la novela, Thérèse y Laurent atraviesan todos los estadios necesarios que conducen a la autodestrucción. Y es en este proceso de degradación, al mostrar la inicial lujuria, la indiferencia posterior y el remordimiento y la culpa final, donde el genio narrativo de Zola brilla como nadie. Por no faltar, no faltan ni unos sutiles toques de terror psicológico, que recuerdan mucho al mejor Guy de Maupassant, maestro del sobresalto y de los miedos incontrolables.
    En fin, una novela, aunque no forme parte del ciclo, al mejor estilo de Los Rougon – Macquart. El ser humano al desnudo, con todas sus miserias al descubierto. Zola en estado puro.

    • Zola no es un escritor difícil, puedes animarte con cualquiera de sus novelas. No obstante, ésta, al ser una novela exenta que no pertenece a ningún ciclo, y no demasiado larga, puede ser una buena opción.

      Además, tal ver por ser de sus primeras novelas, tampoco tiene esas prolijas descriciones que caracterizan a este autor, y que disgustan a muchos lectores.

      Sí que puede ser una novela recomendable para acercarse a Zola, un autor que creo que debe ser leído por todo amante de la literatura. Espero que te animes.

      • Zola es uno de mis escritos predilectos, amigo de infancia y juventud del pedazo pintor Paul Cezanne, y creador del naturalismo en Francia.
        He leído bastante de él aunque, la verdad, «Teresa Raquin» todavía no la he tenído en mis manos. La reseña de la «solodelibros» me ha abierto el apetito y la voy a poner en lugar prioritario en la lista de mis libros por leer.

        Saludos

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here