Tristán o el pesimismo – Armando Palacio Valdés

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Tristán o el pesimismo - Armando Palacio ValdésTristán o el egoísmo, debería titularse esta novela de Armando Palacio Valdés. Y es que pocas veces un personaje logra hacerse tan aborrecible como este Tristán. Soberbio, envidioso e impulsivo, el autor le utiliza para ejemplificar la corriente pesimista que corría entre los jóvenes de la época, influidos por la lectura de Schopenhauer. Sin embargo, el pesimismo de Tristán resulta una cualidad secundaria de su carácter, eclipsada por un egocentrismo indomeñable.

El pesimismo de Tristán no brota de una reflexión honda y serena acerca de lo frágil que es la felicidad humana, de la futilidad de todo esfuerzo emprendida por el hombre o de la fugacidad de su paso por la vida. Aunque a veces el autor presenta a su personaje entregado a esas lúgubres elucubraciones, en él resultan impostadas. Lejos de ser fruto de la meditación, son hijas de una rabieta pueril porque Tristán considera que la vida no le da lo que su talento merece.

A pesar de que el destino le regala con abundantes dones: fortuna, una esposa amante, un hijo, una carrera literaria que despunta, el desesperanzado Tristán no lo encuentra suficiente. Pero Palacio Valdés no lo pinta como un hombre temeroso de perder aquello que ama o el fruto de sus esfuerzos por eso que llamamos la fatalidad, antes bien le retrata como un ser colérico que considera poco lo que tiene y se entretiene en imaginar conspiraciones tramadas en su contra.
Así, cree primero que hay quien trata de desbaratar el compromiso con su prometida, a la par que se siente ofendido porque, teniendo ella más fortuna que él, haya quien pueda juzgar que es un cazadotes. Además, los celos insensatos prenden en su corazón y por ellos se dedica a atormentar a su esposa. Por último, sus éxitos profesionales como escritor de dramas le parece que se ven coartados por las envidias de sus rivales y ello le da pie para abandonar su trabajo y dedicarse a la literatura de salón, acudiendo a los cafés donde se reúnen los artistas para murmurar de los colegas.

Tristán siempre encuentra alguien sobre quien hacer recaer las culpas engendradas por sus inseguridades y su sentido del honor hiperdesarrollado: su esposa, sus amigos, enemigos imaginarios y, a veces también, el hado fatal, que recuerda al hombre lo vano de todas las esperanzas humanas. Es decir, en Tristán el pesimismo es una pose, un barniz que apenas disimula un egoísmo desmesurado.

Para contrastar con la actitud de Tristán, el autor opone al personaje de Germán Reynoso. Reynoso es el hombre que sabe ser feliz con lo que tiene, que afronta cada pérdida y cada revés al que le somete la vida con una sonrisa y que vive decidido a no ser desgraciado ni un solo día en esta tierra. Reynoso es el verdadero protagonista de esta novela, y nos enseña lo que es el pesimismo por oposición. Su optimismo no es jacarandoso ni irreflexivo, antes al contrario, es resultado de una férrea voluntad que sabe dominar los sentimientos.

La decisión de ser feliz, a la vez que no ser causa de la desdicha de nadie, harán que Reynoso perdone a su mujer, adúltera, poniendo por delante de los convencionalismos su deseo de ser dichoso. Y no deja de resultar chocante su perdón, tratándose de una novela española de principios del siglo pasado, en las que lo habitual era que la pecadora pagara de alguna manera el capricho concedido a su sexualidad.

A pesar de ese rasgo de modernidad, “Tristán o el pesimismo” es una novela anclada todavía en los temas y formas del siglo XIX. Los diálogos, las prolijas descripciones y cierto regusto folletinesco harán que muchos lectores contemporáneos la encuentren algo pesada. Es, sin embargo, una excelente novela.

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