Vacaciones de invierno – José Manuel Benítez Ariza

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Vacaciones de invierno - José Manuel Benítez ArizaSi meterse en la piel de cualquier persona es uno de los retos más difíciles a los que se enfrenta cualquier escritor, mayor complicación entraña el indagar en la mente de un niño, incluso aunque sea ese niño que uno fue hace tiempo y del que se pretende extraer recuerdos y vivencias. Contar una historia vista a través de los ojos de un personaje así implica la asunción de constantes riesgos: caer en el sentimentalismo, en la inocencia más bobalicona, en la inverosimilitud.

Benítez Ariza narra en “Vacaciones de invierno” la estancia de unos cuantos días en un hospital del niño que fue el narrador y que, años después, rememora ciertos aspectos de la convalecencia. Y logra armar una novela de altos vuelos, de una profundidad emocional insólita, evitando esos riesgos de los que hablábamos. Y es que el autor, por una parte, evita contar la historia como un niño, optando por abordarla desde la perspectiva de un narrador adulto, pero que conoce bien (de primera mano, de hecho) los entresijos de la mente del pequeño; por otra parte, esquiva tópicos y recurrencias para mostrar, de forma sencilla y clara, las minúsculas vivencias del niño en ese microcosmos que es el hospital.

Si de “Sexteto de Madrid y otros cuentos” decíamos que adolecía de cierta languidez y que le faltaba vigor a la hora de abordar ciertos temas, hay que quitarse el sombrero ante el espléndido trabajo de recreación que ha llevado a cabo el autor en esta novela. Conseguir que los días de recuperación que pasa el pequeño protagonista pasen por convertirse en una suerte de metáfora de una existencia cualquiera es una labor impresionante; Benítez Ariza condensa en el libro la iniciación al universo adulto del niño, haciendo del hospital un teatro del mundo a pequeña escala. Una iniciación, por cierto, que huye de tópicos y de miradas cándidas: es cierto que al protagonista le suceden peripecias que le abren la puerta a ciertos conocimientos o intuiciones hasta entonces ignorados o vedados, pero el autor las maneja con sobriedad y temple, haciendo de cada experiencia un hito que, por otro lado, está teñido de sencillez.

Así, el niño afronta quizá por vez primera la difícil relación entre sus padres y es consciente del papel de ambos dentro de la unidad familiar. La mirada del protagonista, como decíamos, siempre es inocente, si bien el narrador evita que esa inocencia caiga en lo sentimental: su voz es la de un adulto, pero modulada a través de las cuerdas vocales de un niño. De esta forma, el comportamiento de su padre (que busca un poco de libertad tomándose unas copas con los amigos en sus pocos ratos libres; que elude asumir responsabilidades para con el niño o incluso para con su mujer), por ejemplo, no nos parece arquetípico, exagerado o ramplón, sino que se antoja consecuencia irremediable de una forma de vida y de cultura que, para bien o para mal, imperaba en el momento desde el que se interpreta la historia. De ahí que la voz narrativa resulte tan verosímil: su sinceridad es total, porque pone frente al lector los hechos tal y como los entendería un niño, aunque los dibuja con trazos adultos.

Además, Benítez Ariza hace gala de un estilo que, con ocasionales concesiones poéticas, deslumbra por su sencillez repleta de apuntes deslumbrantes. La estancia del niño en el hospital se narra de forma directa, en capítulos bastante breves que hacen hincapié en alguna anécdota, travesura o encuentro; no obstante, la aparente trivialidad de esos hechos esconde una revelación, un descubrimiento o un atisbo de verdad. El lector descubre, al tiempo que lo hace el protagonista, la importancia del respeto a los demás, los secretos que inevitablemente todos ignoramos o las dobleces que oculta todo ser humano. Todo ello se muestra con pasión, pero sin moralejas ni emociones adulteradas: el sentimiento es poderoso e intenso, como lo es siempre la verdad.

“Vacaciones de invierno” es una novela de una llaneza aparente, pero que oculta una visión inteligente y muy hermosa de la infancia y sus primeros devaneos con la madurez. José Manuel Benítez Ariza nos ha regalado una historia vigorosa, divertida y lúcida, con la cual no se puede más que disfrutar. Háganlo.

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