Crisis capitalista y economía solidaria – Jean-Louis Laville y Jordi Garcia Jané
17 de Marzo de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Ahora que tanto hablamos de la crisis y sus consecuencias puede que sea también el momento de investigar y conocer medidas que puedan proporcionar alternativas al sistema económico tal y como lo conocemos. La economía solidaria o social (aunque, como insisten los autores de este libro, que la economía sea social debería ser una condición intrínseca) representa una forma de asociación y trabajo que sirve como ejemplo de que las dinámicas capitalistas no son las únicas que pueden regir la fabricación y el comercio de servicios y bienes.
Crisis capitalista y economía solidaria está dividido en dos partes, atribuibles a sus dos autores. En la primera, Jean-Louis Laville hace un repaso a las diferentes iniciativas que tienen que ver con este tipo de propuestas y que se han puesto en marcha en todo el mundo desde hace décadas. Además, realiza un somero análisis del devenir económico mundial en los últimos decenios, exponiendo la génesis y el desarrollo de los modelos alternativos dentro de ese marco histórico.
Por su parte, Jordi Garcia Jané circunscribe el análisis al contexto español y muestra los distintos tipos de asociación que se han dado en los últimos años (cooperativas, sociedades laborales, mutualidades, etc.), amén de explicar su funcionamiento interno. También dedica un capítulo a estudiar las posibilidades transformadoras de la economía solidaria dentro del contexto de crisis actual y apunta varias iniciativas que podrían llevarse a cabo para convertir estas tesis en una realidad.
Esa intención por ofrecer alternativas viables y alejadas de cualquier utopía es el acierto principal del ensayo. Más allá de su carácter divulgativo e informativo, lo cierto es que sus autores tratan de presentar ejemplos y proyectos que pueden llevarse a cabo dentro de la sociedad tal y como está constituida; Garcia Jané, en concreto, expone con claridad una estrategia para convertir la economía solidaria en una verdadera alternativa a la economía capitalista que conocemos.
En primer lugar, es necesario perfeccionar la gestión interna de estas iniciativas. Aunque constituidas por gente muy motivada, no siempre cuentan con personas que atesoren conocimientos económico-financieros, por lo que su supervivencia (recordemos que estas empresas deben actuar dentro de un entorno capitalista) y crecimiento pueden llegar a ser cuestionables. Por otro lado, habría que alentar la diversidad de las experiencias, ya que el individualismo imperante hace que nos desvinculemos del espacio social en pro de una libertad egoísta. También es pertinente buscar una imagen cercana y real de estas iniciativas; lograr que la sociedad conozca las ventajas de las empresas solidarias y esté al tanto de las posibilidades que ofrecen. Por último, y aunque existen otras necesidades, habría que impulsar políticas públicas más activas en favor del desarrollo de los proyectos de economía social; aunque existen algunos marcos reguladores, estas iniciativas siempre parten en desventaja respecto a las empresas capitalistas, por lo que su creación y posterior crecimiento son complejos. Este reconocimiento público también debería darse en los medios de comunicación y en la enseñanza, convirtiendo así estos proyectos en una alternativa tan viable como otra cualquiera, en lugar de relegarlos al papel de “experimentos”.
Crisis capitalista y economía solidaria es un libro muy necesario en estos tiempos, más allá de su pertinencia como instrumento de información. La economía social no es una utopía heredera del socialismo que quede restringida al ámbito de los países de América Latina, o una opción para los excluidos del sistema, como a veces se la presenta en determinados medios; la solidaridad es un compromiso ciudadano, un término que nos debería enorgullecer y que —por una maquiavélica pirueta de la maquinaria neoliberal— ha pasado a representar un acto a caballo entre la caridad y la desidia. No dejen que se inocule en sus mentes el virus del cliché e informénse acerca de las alternativas: existen y están ahí. Sólo hay que hacer un esfuerzo por conocerlas y ponerlas en práctica.
Mundo consumo – Zygmunt Bauman
3 de Marzo de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Puede que el título de este ensayo sea algo engañoso respecto de su contenido (el original inglés, de hecho, es ¿Tiene la ética una oportunidad en un mundo de consumidores?), pero la pertinencia de las preguntas que el sociólogo Zygmunt Bauman plantea es sumamente importante.
Ya desde el prólogo, el autor polaco anuncia su intención de señalar las cuestiones que le parecen dignas de discusión, pero reconoce su incapacidad de proponer soluciones; «simplemente aspiro», dice, «a ayudar a que tanto yo mismo como mis lectores afilemos nuestras herramientas cognitivas comunes». Esas herramientas son las que pueden ayudar al hombre a encontrar un sentido ético a su comportamiento social.
En esencia, Bauman señala al consumismo capitalista como artífice de un deterioro masivo de los sistemas sociales: «La visión social a gran escala ha quedado dividida en una multitud de baúles de viaje individuales y personales», observa, señalando así la tendencia hacia una sociedad introvertida y egoísta que sólo está pendiente de su disfrute personal. En lugar de ejercer coacción por la fuerza para conseguir algo, el poder (que hoy día se identifica más bien con el mercado económico y no con el Estado) utiliza la estimulación, la seducción y la suscitación de nuevas necesidades y deseos. Esta carrera hacia la satisfacción personal provoca una desafección por lo público y lo social, de manera que el espacio privado se conquista «desahuciando a otros seres humanos y, en especial, a la clase de personas que se interesan por otras o que pueden necesitar la atención de otras». El consumismo afecta a nuestros patrones de comportamiento, que inevitablemente se ven alterados y hacen que, a la larga, nosotros mismos nos tornemos una mercancía más.
Bauman argumenta que esta sociedad global de consumidores es producto de un mercado económico también global, pero enfocado a intereses muy particulares; de ello deduce que la respuesta para empezar a imponer soluciones es la creación de una autoridad global (no ya internacional) que pueda aportar respuestas a problemas que escapan al ámbito local. En este sentido, también acaba el ensayo apelando a la importancia cultural de una Europa unida como factor de cohesión de ese mundo globalizado; en lugar de replegarse dentro de sus fronteras (como hemos visto en los últimos años), el ensayista propone una apertura global, aprovechando la variedad de países y sociedades que componen la Unión Europea. Esta idea es sumamente discutible, dados los intereses económicos obvios que se esconden tras el proceso de unión en Europa, pero podemos tratar de imaginar un esfuerzo político carente de ambiciones económicas; al menos, en pro de la tesis del libro, claro está.
De hecho, Bauman defiende a ultranza el modelo de Estado social que se ha venido aplicando en los países nórdicos, que para él es un símbolo de que la comunidad entre personas puede alcanzarse dentro de un marco de competitividad productiva. Para él, un Estado no puede ser político si no es social, ya que la implicación de las personas en la vida pública pasa porque perciban que los derechos sociales de todos están asegurados: así, sus derechos políticos cobran una relevancia que, de otra manera, no existiría. Por si los neoliberales escuchan, el autor explica que un Estado social no está reñido con la sociedad de consumo (como de nuevo pone de relevancia el ejemplo de las democracias escandinavas); su propósito es «defender la sociedad frente a los “daños colaterales” que el principio rector de la vida ocasionaría de no ser vigilado, controlado y limitado».
En pocas palabras: Zygmunt Bauman apela a nuestras conciencias para hacernos mejores ciudadanos, personas sociales en el más puro y exigente sentido del término: seres que se preocupan del futuro y del devenir de sus sociedades, lo cual entraña también ser conscientes de los comportamientos propios y ajenos. Porque la política que deseamos pasa porque empecemos a comportarnos como ciudadanos respetuosos, conscientes y responsables. La apuesta está sobre la mesa.
Por qué el mundo está a punto de hacerse mucho más pequeño – Jeff Rubin
15 de Febrero de 2010 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Para Jeff Rubin, un reputado economista canadiense, la presente recesión mundial no tiene su origen ni en las hipotecas basura ni el estallido de la burbuja inmobiliaria; a su parecer, esta crisis dio comienzo, al igual que todas las que han sacudido el planeta desde los años cincuenta, con el encarecimiento del combustible que mueve la economía global: el petróleo.
El autor considera que el pico del petróleo —momento en que se alcanzará la máxima producción de crudo, que después descenderá con gran rapidez— está cercano; y mientras tanto, la dependencia de nuestras sociedades de los combustibles fósiles no hace sino crecer. A pesar de los avances en eficiencia energética, el consumo de hidrocarburos en Occidente no ha cesado de aumentar: por ejemplo, la cantidad de energía necesaria para generar una unidad de PIB en EEUU se ha reducido en un 50% en los últimos treinta años, pero su consumo de petróleo ha aumentado en un 20%. A la demanda de los países desarrollados se une ahora la de los países emergentes, como China, India o Brasil, que con sus industrias intensivas en energía, aumentan su consumo de barriles años tras año.
Esa desigualdad entre oferta y demanda solo puede conducir, aplicando las teorías básicas de la Economía, a un encarecimiento del precio del petróleo. Y las consecuencias económicas de un petróleo caro ya las conocemos: basta con echar la vista atrás y recordar el parón que sufrió la economía mundial como consecuencia de las crisis provocadas por la OPEP en la década de los setenta.
De hecho, Rubin nos señala los precios de tres dígitos (casi 150 dólares/barril) que el crudo alcanzó en el primer semestre de 2008 como el origen de la presente recesión. Y si bien los altos precios dan lugar a una inmediata contracción de la demanda, que a su vez provoca una caída de los precios, estos nunca vuelven a estar tan bajos como antes de la subida. Y, desde ese suelo, volverán a elevarse en cuanto la recesión comience a aflojar y la demanda de energía crezca de nuevo.
Un aumento de la producción se considera ya una quimera, pese a las promesas de las compañías petroleras. Cada vez queda menos petróleo convencional (el de fácil extracción) y el no convencional requiere invertir demasiado dinero y, sobre todo, demasiada energía, lo que no lo convertirá en combustible barato. Por otra parte, las energías renovables y los biocombustibles no pueden ser contemplados, hoy por hoy, como una alternativa realista, dadas las enormes necesidades de energía que requiere mover nuestras economías.
En consecuencia, Jeff Rubin apuesta por una vuelta al mundo local que existía antes de la globalización. Si los capitales huyeron hacia aquellos mercados laborales que ofrecían la mano de obra más barata, a la vez que extendían sus mercados por todo el planeta, gracias a la oportunidad que brindaba un transporte barato, basado en un combustible barato, ahora volverán a casa. Ya no tendrá sentido importar acero desde China, o lechuga desde Argentina, porque la ventaja económica que otorgaban los bajos salarios, será absorbida por los costes del transporte.
Sin lugar a dudas, los precios subirán, pues la mayoría de productos ya no se podrán fabricar a bajo coste. Y dejaremos de disfrutar de esos millares de artículos que ahora nos llegan desde el otro lado del globo. Los altos precios de la gasolina nos obligarán a mover menos el coche y a buscar un empleo lo más cercano posible a nuestra casa. Y nuestro ocio, casi siempre intensivo en energía, tendrá igualmente que cambiar.
Ese nuevo mundo local que nos esboza Jeff Rubin parece muy prometedor: más sostenible y más limpio, pero también con mayor tasa de empleo, una vez regresen aquellas empresas e industrias que habían huido en busca de mano de obra barata a la que explotar.
No obstante, y dada la evolución económica y social que hemos visto en los últimos cincuenta años, sería pecar de un absurdo optimismo el creer que ese idílico porvenir esté a la vuelta de la esquina. El propio Rubin defiende la globalización como algo positivo, puesto que permitió a los ciudadanos occidentales tener acceso a un montón de productos a bajo precio. Sobre la pérdida de poder adquisitivo de esos mismos ciudadanos, o sobre quién se enriqueció obscenamente con la venta de esos productos que eran baratos gracias a la explotación de los trabajadores, no menciona nada.
Así pues, podemos estar seguros de que, como la globalización, el nuevo mundo que nazca de la escasez de petróleo beneficiará a unos pocos (los mismos de siempre) y perjudicará a la mayoría. Como aperitivo tenemos la presente crisis.
La falta de ideas de la izquierda en la crisis actual – Irene Lozano
25 de Enero de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Titulado, en verdad, Lecciones para el inconformista aturdido en tres horas y cuarto por un ensayista inexperto y sin papeles, este libro acomete la acuciante tarea de mostrar al lector la necesidad que tiene la izquierda de encontrar su posición dentro de un panorama político que tiene poco de complejo y mucho de depredador. Irene Lozano ofrece una visión bastante desoladora de la situación en la que se encuentra la izquierda en nuestra sociedad y, aunque proporciona muy pocas alternativas o soluciones, sí que esboza los hitos que se deberían perseguir para poder servir como alternativa sociopolítica.
La palabra «aturdido» tiene mucho que decir en este ensayo, ya que así califica la autora a una parte de la izquierda caracterizada por unos «sentimientos políticos amorfos cuyos flujos y reflujos facilitan el avance de las ideas contrarias». Este aturdimiento afecta por igual a gentes de diferente posición social, gente que siente como suyas ideas que han sido «vapuleadas por la historia», como la igualdad social o la intervención del Estado en la economía, o bien secuestradas por el discurso de derechas, como la libertad o la igualdad. Es, en pocas palabras, una persona con corazón, pero sin cerebro. Frente a estos Lozano sitúa a los izquierdistas sensacionalistas: dirigentes que se dicen de izquierda y practican políticas de derecha, haciendo hincapié en problemas sociales, pero siempre manteniéndolos alejados de su dimensión social y económica. Se amparan en la carencia de alternativas viables, como ocurrió al prestar dinero a los bancos durante el rescate financiero de la crisis económica del 2008, aunque precisamente su papel como ideólogos o dirigentes es encontrar soluciones y hallar nuevas vías. Extraer ejemplos concretos de todo esto no es difícil: prueben ustedes mismos.
La autora apuesta por «recuperar los principios progresistas de igualdad, libertad, universalidad y razón», las ideas-fuerza del izquierdismo; recuperar en un sentido estricto, ya que uno de los fantasmas que acosan a esa izquierda desnortada es el pasado. Éste es visto como una etapa a superar, cuando no a olvidar, ya que suele encerrar equivocaciones e injusticias, y además se identifica con la tradición, palabra proscrita del vocabulario político contemporáneo. Irene Lozano apunta que el pasado puede hacernos aprender de nuestros errores y reavivar los ímpetus rebeldes que tuvimos en nuestra juventud; esto, aplicado a la izquierda, significa que volvería al discurso más reivindicativo desde el punto de vista social, en lugar de acomodarse al entorno capitalista.
Amparándose en algunos pensadores y escritores, la ensayista nos recuerda que la «idea de progreso se encuentra indisolublemente anudada a la de igualdad», y que, por lo tanto, sólo se puede considerar progresista aquello que conduce hacia la eliminación de las desigualdades. Es tarea de la izquierda recuperar ese concepto de progreso y confrontarlo con el del capitalismo, que nos ofrece una constante revolución tecnológica ajena a la humanidad y preocupada tan sólo por amasar riqueza fácil. Y parafraseando a Condorcet, recuerda que tres puntos claves de cualquier discurso progresista son la igualdad de todos, la autonomía de cada uno y el conocimiento generalizado.
Este discurso, no obstante, choca con la realidad de una clase obrera muy diferente de la de comienzos del siglo XX; hoy día, lo más parecido sería lo que Lozano denomina «burgueses proletarizados», personas que, aun manteniendo —con ligeras diferencias— la misma categoría social de antaño, han podido vivir como burgueses gracias a su condición de asalariados. El burgués proletarizado «ha llegado a creer que lo realizable para el poder hegemónico mediante el abuso y el desorden es alcanzable para él mediante el trabajo, el consumo y las deudas». De ahí que sea importante hacer que el mensaje encuentre un receptor y que éste entienda los principio que regirían la actuación posterior. Para ello sería muy importante contar con intelectuales que cuestionasen el poder, que pusiesen en tela de juicio las políticas que se llevan a cabo y que aportasen visiones enriquecedoras y constructivas; algo, por desgracia, que no se da demasiado en nuestros lares. Quizá por ello la idea de rebeldía, otro pilar clave en la ideología progresista, haya sido también usurpada por la derecha, que secuestra el impulso de cambio para enfocarlo sobre conceptos interesados (la necesidad de expulsar a los inmigrantes, por ejemplo).
La inutilidad de los representantes políticos es evidente, pero la apatía ciudadana y la pobreza intelectual han coadyuvado a ello; el verdadero dirigente es el poder económico, el capital. La pantomima democrática que el poder ha tejido hace que creamos «que influimos en el gobierno de nuestras naciones, pero en realidad sólo vamos cambiando al cómplice». Ese capital que trata de aburguesarnos a todos ha conseguido, en verdad, poner una venda sobre nuestros ojos para que depositemos nuestra confianza en la tarjeta de crédito y la hipoteca: «ha erradicado al proletariado en cuanto conciencia periférica, pero lo ha salvado como mano de obra barata y abundante.»
Irene Lozano expone con mucha claridad estas ideas, si bien la posibilidad de solucionarlo queda, como es lógico, en nuestras manos, en nuestras voluntades. Es una lástima que el libro, en extremo interesante, quede un tanto afeado por el estilo escogido por la escritora, que utiliza la figura del ensayista (su pretendido alter ego) durante el texto para cuestionarse algunas tesis; esto sólo sirve como distracción y entorpece la lectura, abriendo paréntesis dentro de las reflexiones y apartando al lector de lo esencial. A pesar de ello, el libro bien merece la pena, sobre todo por el sentido común (siempre tan necesario) que encierra.
Bajo el signo de Marte – Fritz Zorn
11 de Enero de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Bajo el signo de Marte es un libro áspero, ingrato en ocasiones e incómodo la mayor parte del tiempo. Fritz Zorn (seudónimo escogido por el autor con clara intención, ya que «zorn» en alemán significa «rabia») realiza un ejercicio de autocontemplación duro y exigente, sin concesión alguna ni al lector ni a sí mismo; si la expresión «desnudar el alma» no estuviese tan gastada sería, sin duda, la que debería aplicarse a este libro.
Zorn nos cuenta una suerte de historia de su vida desde la certeza de que está condenado a morir por un cáncer. Y esa historia se convierte en un proceso reflexivo mediante el cual el autor pone en tela de juicio la educación que ha recibido, el medio social en el que se ha movido, la conducta de sus padres y de sus conocidos, la forma de encarar la vida de toda una sociedad. Aunque la vida de Zorn se desarrolla en Suiza, y es a sus compatriotas a quien se refiere de manera constante, lo cierto es que las ideas del narrador son tan universales como certeras.
Lo cierto es que la exposición de esas ideas y la narración propiamente dicha de algunas situaciones de la vida del protagonista ponen de manifiesto que Bajo el signo de Marte es interesante como lectura, como acumulación de reflexiones, pero no como literatura. Zorn pretendió escribir algo parecido a unas confesiones desde un punto de vista narrativo, pero si bien el fondo es sumamente atractivo, la forma adolece de linealidad, falta de frescura y de ritmo. Apenas hay concesiones al lirismo y el profundo matiz de intimidad que rezuma el texto queda, sin embargo, desdibujado ante la frialdad del narrador, incapaz de exponer con verosimilitud emoción alguna. Con todo, quizá ese demérito juega a favor del libro, ya que la situación del protagonista se contempla desde una posición más fría, más inclemente: lo que le sucede a Fritz Zorn, los hechos que (según él) le han ido conduciendo hasta su estado enfermo, se ven reflejados con una distancia que los hace aún más terroríficos.
Aunque el libro está lleno de cuestiones, Zorn esboza una cuestión esencial para ilustrar su estado: la oposición entre el individuo y la familia; para el narrador, sus padres y la educación que recibió son la causa de su enfermedad, tanto la física (el cáncer) como la moral (Zorn también sufrió depresiones constantes desde muy joven). La actitud de superioridad moral que adoptaba su familia (integrante de la alta burguesía suiza) hizo que el autor viviese la vida «desde fuera», desde una posición meramente contemplativa que le privó de experimentar en carne propia experiencias, frustraciones y miedos. De hecho, la carencia de relaciones sexuales se convierte para Zorn en un hecho trascendental: no sólo carece de afecto y pasión, sino que su incapacidad para atraer o verse atraído por una mujer es un trasunto de su verdadera imposibilidad, el no poder vivir como un auténtico ser humano.
Es interesante reparar en los detalles que el autor va revelando de manera sutil a lo largo del texto. Por ejemplo, su obsesión por la higiene personal y por el aspecto físico acaba por resultar esclarecedora: al igual que no permite que el polvo le manche, así también evita el contacto con los demás y consigue que nada le afecte de forma directa. Ese constante alejamiento que se impone Zorn con los demás hace que sienta el cáncer que le corroe como una respuesta física ante su sufrimiento moral: sus «lágrimas tragadas» —como él dice— sólo le han arrastrado hasta su consunción. Y a pesar de su desesperada situación, encuentra fuerzas para sentirse orgulloso de reconocer cómo ha sido su vida y de mantenerse fiel a sí mismo (en lugar de haber adoptado el modo de vida de sus padres, que en ningún momento flaquearon en su decisión de mantener las apariencias hasta el punto de abandonar cualquier atisbo de humanidad): eso constituye su pequeña victoria dentro de la «inmensa derrota» que es su existencia.
Bajo el signo de Marte es un ejercicio de autocontemplación muy honesto, profundo y desgarrador. No pertenece por su estilo a una “gran” narrativa (como podrían ser otros libros de memorias al estilo de Primo Levi, por ejemplo), pero no hay duda de que su fondo es tan conmovedor como interesante. Es una lectura que nos abofetea, que nos demanda y nos trastorna; y, al fin y al cabo, ése es uno de los objetivos de la literatura, ¿verdad?
