Amor de Artur – Xosé Luís Méndez Ferrín

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La recuperación de autores que, por un motivo u otro, no obtienen el debido reconocimiento es una labor que hay que agradecer. Y eso es lo que sucede con Xosé Luís Méndez Ferrín, del cual Impedimenta edita este Amor de Artur y cuyo mérito literario está, desde hace tiempo, fuera de toda duda… en los círculos no oficiales, claro está.

Más allá de regionalismos y de topicazos sobre el color local, la verdad más palmaria sobre el autor es que posee un estilo depuradísimo, de una belleza sobrecogedora que puede emocionar al más pintado. Las cinco narraciones que se recogen en Amor de Artur así lo muestran, especialmente la que da título al libro. La escritura de Méndez Ferrín es subyugante, colorista y sensual, con un tono fantástico que se apoya en las historias ambientadas en parajes imaginarios y que convierte en más reales que nuestro propio universo; Tagen Ata, un territorio mítico que podría encarnar un trasunto de la Galicia celta, es el escenario de unos relatos que trascienden su marco para convertirse en fábulas de una hondura inteligente y hermosa.

Pienso, sobre todo, en “Fría Hortensia”, el cuento que cierra el libro y que es de una belleza inclasificable; en él se acumulan temas y visiones, historias dentro de historias, construyendo una narración que tiene tanto de mágica como de triste (y a la que se podrían aplicar decenas de adjetivos más). Hortensia, una mujer anciana y sabia que pasa por ser una suerte de bruja, reúne en su casa a un grupo de adolescentes para narrarles una historia ancestral, acerca de la invasión de Nosa Terra por parte de un antiguo rey; el narrador, que formaba parte de ese grupo, cuenta por su parte el recuerdo de aquel verano y de su relación con su prima Maribel, quizá su primer amor de juventud. La dolorosa entrada en la madurez del protagonista se combina con la violenta historia de batallas y raptos, formando así una sinfonía de ecos heroicos: las gestas del pasado se tornan ejemplares, pero también irrepetibles, y las traiciones de los hombres resultan ser una constante. Sólo la repetición y el recuerdo parecen tener una entidad notable, y Hortensia encarna lo perdurable del ser humano.

La belleza de los relatos es palpable en cada frase, que Méndez Ferrín cincela con pasión insólita. No es que lleguemos al simbolismo, aunque en ocasiones se roce (por ejemplo, en “Extinción de los contactos”), sino que palabra y tema se unen en armonía para ofrecer historias de un calado sabio y tenebroso:

Dejé que el sol me caldeara la nuca, la espalda, los muslos, la cintura. Allá arriba, por la carretera, de tiempo en tiempo, pasaba un coche pitando mucho. Trinaban los jilgueros en unos cardos y el agua cantaba, como otros pájaros charlatanes, en las piedras de la presa vieja. De repente, en lo alto del camino, no la pareja, sino la falda roja de Maribel un instante, en la curva. Cierro los ojos de alegría, los abro, y ya no está allí, y a lo mejor no había estado y casi le había distinguido con detalle las alpargatas de esparto con cintas largas para trenzar por las piernas arriba.

Como ven, un estilo que basa su fuerza en la originalidad, en la precisión y en el amor por el lenguaje. Es encomiable, además, que esa obsesión por el adjetivo preciosista no vaya en demérito de las tramas, que revisten una pasión fruto de la voluntad del autor por aunar lo heroico y lo humano, lo elevado y lo terreno, en un constante juego de contrastes que proporciona emociones intensas y cuyos personajes están dotados de una fuerza interior mayúscula.

Entrar en el mundo de Méndez Ferrín es entrar en el olvido de lo mundano para adentrarse en el territorio de lo mítico; y no consideren esto una característica menor, ni un rasgo de su origen, sino un punto insoslayable para entender que sus historias son las de unos dioses que luchan, que ceden a sus pasiones, que se elevan sobre la miseria o que se regodean en ella: unos dioses que, obviamente, somos nosotros mismos.

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