Brindis – Ismael Grasa

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Brindis - Ismael GrasaHablando de el anterior libro de Ismael Grasa, «Trescientos días de sol«, comentamos que su forma de entender la literatura se correspondía con unas tendencias que, para bien o para mal, vienen imponiéndose en los últimos años (sobre todo en el terreno del relato breve) y que pueden llegar a condicionar la forma en que se entiende determinado concepto de literatura. Dentro de esas directrices se puede englobar a una miríada de escritores que utilizan fórmulas heredadas del realismo sucio y de la posmodernidad más canónica para «pasar por el aro» de un sector de la crítica que, bien por oposición o por imposición, ha dado en entronizar esos modos literarios.

Como en cualquier otro campo, también en literatura hay autores que aun siguiendo unos modelos escapan de lo anodino, lo ramplón o lo ordinario para hacer de su obra (realizada con mimbres comunes —como ocurre, por otra parte, con toda la gran literatura—) un ejemplo de perfección. Grasa no es uno de esos autores, aunque en sus textos haya momentos de excelente narrativa. Y es que en «Brindis», al igual que en «Trescientos días de sol», hay páginas magníficas, pero una ausencia casi total de vida.

Grasa apuntala sus textos con una sólida base formada por parquedad y sobrentendidos; su narrativa se hace fuerte alejándose de juicios o etiquetas y ciñéndose a retratar una realidad (y pongo especial énfasis en ese «una») con sencillez y austeridad. Su prosa es explícita, seca, sin elementos superfluos que puedan distraer y sin que el narrador, casi siempre en tercera persona, se permita la más leve intrusión en la historia.

Hasta aquí la propuesta estilística. En principio es atractiva, bien urdida y con clase: como ya he dicho, Ismael Grasa es buen narrador, sabe cómo construir la trama de su novela y nos lleva de la mano por una suerte de iniciación al mundo de Juan, desde su infancia hasta que se marcha a vivir junto a su pareja; entre esos dos hechos ocurren muchas otras cosas, por supuesto, que van conformando la personalidad del protagonista. El autor nos ofrece un texto con reminiscencias de las clásicas novelas de aprendizaje, aunque siempre teñido de un peculiar distanciamiento emocional; no sólo en cuestión de estilo, como hemos comentado, sino también en lo que atañe a la psicología de Juan, del que apenas sabemos nada a pesar de asistir como espectadores al desarrollo de su existencia.

Y es en ese «nada» en el que reside el principal punto flaco del libro, además de en el «una» (realidad) al que aludíamos antes. Grasa confía en las elipsis y en las ausencias para que el lector ponga de su parte en la formación de Juan o de los restantes personajes de «Brindis»; sin embargo, esos huecos narrativos son tan vastos que la escasa información que se nos brinda (perdonen el chusco juego de palabras) no es suficiente para comprender nada. Además, esa realidad a la que se enfrenta Juan, ese mundo al que le empuja el autor, no es una realidad compartida; aunque se pretenda hacer pasar al protagonista por un hombre normal, aunque sus vivencias parecen ser expuestas como cotidianas y comunes, lo cierto es que el universo en el que se desenvuelven los personajes de la novela es un tanto irreal. No por los detalles, sino por la ausencia de vida, de calor o de la más evidente humanidad.

El bisturí de Grasa es tan preciso, tan incisivo, que la imaginación del lector tiene que poner todo el esfuerzo para que una historia en la que los personajes apenas muestran emociones se convierta en un texto trascendente. Como decía más arriba, hay momentos espléndidos en «Brindis» (como es el capítulo 8, ‘La comida’, en el que se hace recuento de algunos de los trabajos de Juan y la gente a la que conoce), pero la sensación general tras su lectura es de vacío, de ausencia de emoción. Frente a obras en las que se utilizan similares recursos, como la ganadora del Ojo Crítico de Narrativa 2008, «Como una historia de terror«, de Jon Bilbao, en la que la economía estilística y la apuesta formal redundan en historias plenas de sentimiento y protagonizadas por personajes redondos y atractivos, «Brindis» naufraga merced a su propio lastre; un peso que Grasa se niega a echar por la borda y que desmerece una obra que, seguro, puede alcanzar cotas memorables.

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2 Comentarios

  1. Todo resulta descarnado, real, doloroso, lacerante, conocido. “Brindis” provoca inquietud y preguntas: ¿qué es el fracaso?, ¿quién es un fracasado?, ¿en qué cruce nos equivocamos?, ¿cuál fue aquella oportunidad que dejamos pasar?
    Pero, por encima de todo, “Brindis” me ha confirmado que la única pregunta que necesita obligatoriamente una respuesta es ésta: saber lo que se quiere. Saberlo marca la diferencia entre algo y nada.
    Y ahora, que cada uno saque sus propias conclusiones.

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