La figura de la alfombra – Henry James

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La figura de la alfombra - Henry JamesPocos escritores habrá que, como Henry James, puedan sugerir tanto con sus palabras. La capacidad de evocación, de ensoñación que tienen los textos del anglo-norteamericano son casi imposibles de expresar: cada línea está cargada de matices, cada escena llena de sentimientos que escapan a lo narrativo; casi todas las obras de James trascienden lo puramente lingüístico para llegar al corazón del lector.

Valgan estas líneas demasiado poéticas como introducción para esta magnífica nouvelle que es La figura de la alfombra. Y digo «valgan» porque en este texto esa capacidad de sugerencia se lleva al extremo, ya que la trama de la narración es tan sutil como los hilos que componen las alfombras: de ahí la referencia del título. La historia, por otro lado, es bien sencilla: un crítico literario nos narra su obsesión con la obra de un escritor, Hugh Vereker, a quien admira con pasión. El literato, en el transcurso de una velada, le confiesa que en sus textos esconde un secreto fundamental, un «pequeño detalle» esencial y que oculta en sus obras. El narrador y su mejor amigo, otro crítico llamado George Corvick, tratarán por todos los medio de desvelar ese misterio; mientras que el primero se da por vencido al cabo de un tiempo, el segundo lleva su obsesión hasta el final, con la inestimable ayuda de su esposa Gwendolen. Durante un viaje por la India, inopinadamente, da con el meollo de la cuestión y se reúne con Vereker para hacerle partícipe de su hallazgo, pero antes de poder comunicárselo al narrador muere en un accidente. Éste retomará la búsqueda enfermiza en pos de ese tesoro literario y acosará a Gwendolen con la esperanza de que se lo revele, aunque la mujer se niega; ni siquiera a su segundo marido, otro crítico de segunda fila llamado Deane, le confiará el secreto. El narrador termina la historia contándole todo lo ocurrido a Deane, y sumiéndole también a él en la duda y la obsesión, a modo de venganza…

La trama parece compleja, y en cierto modo quizá sí cae en un melodramático entramado de relaciones, pero, aunque suene manido, la verdad es que en esta novela la trama es lo más superfluo; al menos en lo que a la valoración global de la obra se refiere. El eje sobre el que se apoya toda su estructura y verdadero motor del texto es ese «secreto» que encierra la obra de Vereker, y que tantos desvelos causa al narrador y a Corvick. Un secreto que, por supuesto, no es revelado, pero que obsesiona a unos y otros con pasión insólita.

La grandeza de James se muestra en ese detalle. El secreto es el quid de la cuestión para los críticos protagonistas, pero jamás llegan a descubrirlo; cuando Corvick lo alcanza, muere, casi como castigado por su hybris por un Destino fiero e inmisericorde. El secreto funciona como metáfora de la propia concepción del Arte que tenía Henry James, y que se expresa a la perfección en estas líneas:

¿No hay acaso para todo escritor algo especial, un motivo, aquello que, por encima de todo lo demás, le hace esmerarse, aquello que si se pudiera conseguir sin esfuerzo dejaría de ser el acicate sin el cual no escribiría, la pasión misma de su pasión, ese aspecto del oficio donde, para él, arde con mayor intensidad la llama del arte?

Así, el gran misterio de la obra literaria de Hugh Vereker permanece oculto… quizá porque es imposible de descubrir. James juega con el lector (y, para su desgracia, con los personajes) haciéndole creer que existe un elemento material, tangible y verificable que aglutina en sí la magia de la creación. Sin embargo, aunque lo insinúa, se guarda muy bien de mostrarlo, ya que en realidad ese secreto es el simple aliento artístico; que, por otro lado, nada tiene de simple; como el propio narrador dice: «Podía llamarlo literatura, podía llamarlo vida, pero todo era la misma cosa.»

La grandeza de este breve texto de James es la capacidad de evocación que tiene, la atmósfera entre misteriosa y seductora que crea, teniendo siempre al lector en vilo, aunque se niegue a concederle una resolución concreta. Como la vida, tampoco la literatura tiene finales cerrados: Henry James se encarga de que el camino que andamos, la propia lectura, sea en sí mismo el mejor de los finales.

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