Destrucción masiva – Jean Ziegler

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Destrucción masiva - Jean Ziegler«Un niño que muere de hambre es un niño asesinado», sostiene Jean Ziegler en el prólogo de este ensayo; después de leerlo (si es que no lo sospechábamos antes…) nos daremos cuenta de la verdad que encierra esa cruel reflexión. Destrucción masiva (el título ya es bien explícito) hace un repaso por el estado de las políticas alimentarias a lo largo y ancho del globo, deteniéndose, como no podía ser de otra manera, en los países del Tercer Mundo; los más cruelmente afectados por una visión economicista del acceso a los alimentos. Alternando experiencias en primera persona (Ziegler fue relator de la ONU para el Derecho a la Alimentación) con datos rigurosos, el autor pone sobre la mesa las condiciones absurdas a las que se ven impelidas cientos de miles de personas para conseguir comida en su día a día.

Para el escritor, los responsables del apocalipsis alimentario que se vive en muchas partes del mundo son identificables: empresarios y políticos que, con su afán neoliberal, ponen más énfasis en la consecución de beneficios que en asegurar el acceso a los recursos básicos de buena parte de la población del planeta. Los especuladores, los banqueros, los responsables de multinacionales… todos ellos son señalados como causantes directos de la escasez de comida que se sufre en distintas zonas; y cuando se refiere a responsables directos, lo que hace es acusar, sin tapujos, a estas personas de un delito de lesa humanidad. Delito, añade uno, por el que deberían ser juzgados por un tribunal internacional, como los criminales que en verdad son.

Como buen conocedor de los entresijos burocráticos de las organizaciones internacionales, Jean Ziegler también expone las atribuciones, logros y desafíos a los que se enfrentan la ONU en general y la FAO en particular. Los recursos destinados a estas organizaciones son, en el mejor de los casos, escasos para lograr que su actuación tenga éxito en la mayor parte de los casos que afrontan: el mero hecho de aportar algo de ayuda en casos graves de crisis alimentarias es ya una proeza, dada la falta de medios y las trabas que se imponen desde las altas esferas políticas y económicas. Las anécdotas del autor son muy esclarecedoras acerca del papel que gobiernos y empresas juegan en las hambrunas que sacuden, día sí y día también, docenas de países de África y Asia; el que piense que no hay connivencia entre los políticos de los países desarrollados y los explotadores, está muy lejos de entender la realidad.

El ensayo se resiente por un par de puntos que, aunque menores, no dejan de arrojar sombras. El primero es el estilo del autor: farragoso, con poca hilazón y con una tendencia a la divagación que consigue aburrir al lector más entusiasta. El segundo, quizá más importante, es la idea que trata de transmitir acerca del papel de algunos organismos internacionales; aunque en algún momento se admite que la ONU tiene poco poder para oponerse a las prácticas de las grandes corporaciones, no hay rastro de crítica ni de reflexión. Ziegler concibe el organismo (y, por supuesto, el papel que él mismo jugó dentro de la organización) como una “víctima” de los abusos, cuando es evidente que el entramado burocrático propicia la inacción absoluta. Es encomiable que un responsable señale los fallos del sistema, pero también es un poco paradójico —cuando no sangrante— que no tenga la capacidad de autocrítica suficiente para saber qué es lo que falla interiormente.

A pesar de ello, Destrucción masiva es uno de esos libros que nos abren los ojos sin paliativos; un ensayo que nos acerca a un mundo cruel, gobernado por personas (no lo olvidemos nunca: son personas, no entes) sin escrúpulos a las que no importa nada la suerte de millones de seres humanos. Hoy, más que nunca, es necesario que seamos conscientes de ello y que actuemos en consecuencia.

2 Comentarios

  1. Hay que leer este libro porque hay que ser conscientes de los temas que en él se tratan; porque mientras en el mundo haya alimentos para alimentar a 12.000 millones de personas, nadie debería morir de hambre.
    Animo a leerlo, además, porque no me ha parecido en absoluto farragoso sino que, al contrario, para el tipo de libro que es me ha sorprendido por ser un libro ameno y fácil de leer (aunque sí reconozco que el autor es, a veces, un poco desordenado, y puede llegar a divagar tanto que se te olvida ese segundo punto que te enunció al principio…).
    Tampoco coincido con la opinión de que condiba a la ONU como una víctima de los abusos, pues creo que “da cera” a toda la organización onusiana, como se desprende de todo el texto en general y, en particular, de algunos párrafos como los que a continuación transcribo:
    Pág. 131: En la actualidad, la organización internacional [Naciona Unidas] es un dinosaurio burocrático dirigido por un surcoreano pasivo e incoloro, incapaz de responder a las necesidades, las expectativas y las esperanzas de los pueblos.
    Pág. 161: El FMI y la OMC fueron desde siempre los más decididos enemigos de los derechos económicos, sociales y culturales, y especialmente del derecho a la alimentación. A los 2.000 funcionarios del FMI y a los 750 burócratas de la OMC les produce horror cualquier intervención normativa en el libre juego del mercado.
    Pág. 215: Existe un caso al menos en que las propias Naciones Unidas provocaron la muerte de cientos de miles de seres humanos por el hambre.

  2. Recuerdo las palabras de un pensador: “Cuando la solidaridad desborde el corazón de los hombres, el hambre desaparecerá de los pueblos”. Es muy importante recordar y considerar que la humanidad no tiene barreras, estas las imponen los hombres.

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