El control de la palabra – André Schiffrin

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El control de la palabra - André SchiffrinHace un par de años Destino publicó otro libro de Schiffrin, La edición sin editores, en el que el autor, de larga trayectoria en el mundillo editorial americano, exponía los riesgos a los que se veía abocada la profesión en un universo controlado por grandes grupos y en el que el cuidado y el amor por la obra que se lanzaba eran conceptos sin importancia. El control de la palabra es una vuelta de tuerca sobre el mismo tema, aportando algunos datos que han surgido en los cinco años que separan el primer libro de éste que nos ocupa.

Para quien no lo sepa, André Schiffrin es hijo de un prestigioso editor francés (ni más ni menos que el artífice de la sin par Bibliothèque de la Plèiade) que marchó a Estados Unidos y llegó a dirigir Pantheon, una editorial prestigiosa y comprometida, que tuvo que abandonar al ser ‘engullida’ por el grupo Bertelsmann. Su carrera, por tanto, le otorga experiencia suficiente para juzgar el proceso que el mundo editorial viene sufriendo desde hace más de una década.

Al igual que ya hacía en La edición sin editores, Schiffrin expone más que dilucida; el libro está repleto de tablas estadísticas y sus capítulos parecen largas reseñas de periódico. Aunque hacia el final se lanzan un par de ideas sobre las que debatir, en general El control de la palabra es un mero compendio informativo sin mayor interés para los que no estén involucrados (afectiva o laboralmente) en el mundo de la edición. Sin embargo, más allá de los simples hecho que Schiffrin expone, su libro es interesante por la visión de conjunto que ofrece, aun cuando los datos que aporta han estado al alcance de cualquiera que tuviera un mínimo interés.

Dice uno esto porque, en mitad de discusiones sobre el acabamiento de la novela, de la edición independiente o de calidad (que no es lo mismo), de la ‘buena’ literatura o de las “auténticas” librerías, no es baladí pararse un momento a reflexionar sobre el estado de la cuestión. No soy quién para pontificar sobre el asunto, pero es obvio que la concentración empresarial de las editoriales (con absorciones dictadas únicamente por el talonario, con perspectivas de beneficio imposibles, con puestos directivos copados por agresivos ejecutivos recién llegados de alguna consultora) no favorece demasiado la publicación de buena literatura. Por fortuna, el delicado equilibrio que algunas empresas consiguen con sus best-sellers compensa la edición de obras ‘menores’ (en ventas, claro, no en calidad), aunque las editoriales más pequeñas hacen auténticos esfuerzos por no descalabrarse. Schiffrin alaba el impulso del libro de bolsillo (cuya edición en España aún está por desarrollarse plenamente), ya que su coste es menor y hay editoriales modestas que pueden subsistir gracias a ello. Otra idea interesante es la de la creación de cooperativas de lectores, como es el caso de la editorial sueca Ordfront (que publica a Henning Mankell), o de sociedades de carácter no lucrativo, como es el caso de la editorial que ahora dirige Schiffrin, New Press. Quizá sea pecar en exceso de idealismo, dado el mercantilismo en el que se ha sumido el mundo editorial, pero son soluciones viables, en todo caso, aun cuando parezcan remotas.

Quizá lo bueno de leer El control de la palabra sea darse cuenta (si es que uno no lo ha notado antes) de que la concentración cultural en manos de unos pocos conglomerados empresariales sólo favorece los intereses de personas muy concretas, normalmente muy ligadas al poder político; lo cual, como es obvio, no deja de ser desasosegante. Uno, que es descreído, no piensa que nada vaya a cambiar a corto plazo, pero es agradable leer una exposición inteligente y bien argumentada en favor de una liberación (que no liberalización) de la cultura. Ojalá llegue pronto.

16 Comentarios

  1. El eterno debate sobre la calidad literaria y sus ventas no tendráa fin, yo me canso de discutir con mis amigos que leen best selers. Estoy totalmente de acuerdo con la opinión de “solodelibros”, eso sí, por favor, no nos desprestigien a los libreros de las grandes cadenas. Le aseguro que ni yo ni mis compañeros somos gente inculta vendiendo libros como quien vende latas de tomate. Todos, absolutamente todos, somos licenciados en letras (filólogos, historiadores…) y si no somos tan buenos como esos viejos libreros es porque somos muy jóvenes y todavía nos queda mucho por leer, en ello estamos.

  2. Muy interesante este debate. Pero una aclaración: el libro anterior de este autor, LA EDICIÓN SIN EDITORES, lo publicó Destino y no, como se indica en la reseña, Anagrama.

  3. No pretendo hacer precisamente lo que me carga de otros, es decir creer que soy más que una simple esquirla del original, creer que tengo la Verdad bajo llave. Por eso, aunque “él” (y cientos que vendrán) tuviera razón en su análisis, yo seguiría escribiendo. Porque llega un punto de inflexión en que dejas de hacerlo por decencia, o te sumerges para siempre en ello. Que aburras o emociones a quien te lea ya es otra cosa, pero no se puede gustar a todo el mundo.

    Gracias, kunstart, por tomarte el tiempo de volar conmigo. Me temo que no puedo hacer lo mismo, porque tu URL falla. Debe ser sólo un alias, “arte” en el idioma de Rilke y el de Hemingway, supongo.

  4. Fuera cual fuera la contestación pensaba seguir leyéndoos, soy un ser rumiante y egoísta al que le gusta descubrir nuevos pastos; y qué mejor forma que observando lo que leen personas con mundos interiores interesantes. En cualquier caso, las respuesta conciliadoras y amables se agradecen siempre (no sé si a juzgar del post ulterior debo extender mi gratitud al compasivo Norman por su inspiración). Dicho esto, espero que nunca estemos totalmente de acuerdo para poder seguir cuestionándome y aprendiendo con vosotros. Y confío que no te enfades conmigo si de vez en cuando cometo el ultraje de entrar en esas librerías con ascensores y escaleras mecánicas o de emocionarme cuando releo a Hemingway : ) A Sergi cuyas alas he visitado varias veces en silencio, sin saludar siquiera pero con enternecimiento de descubridor, le diría que ideas y sentimientos son planos secantes, que el cerebro humano es emocional y por eso soñamos cada noches nos acordemos o no (todos, incluso ese jefe del estado mayor de los connoisseurs que te ha enojado, por muy aséptico y purificado que se crea en sus juicios). Su suerte está echada, será un villano o una sanguijuela en tu reinvención del mundo. Ay de él si no tiene razón en su análisis.

  5. Estimado Kunstart:
    Lo primero, felicidades (y gracias) por tus comentarios: aun disidentes respecto al comentario, excelentemente argumentados. Como pequeña aclaración te diré que, en efecto, no es sólo una persona la que cita y escribe, así que es posible que haya ‘diferencias’ de opinión. Uno está de acuerdo, aunque quizá el sistema no sea perfecto (¿cuál lo es?), en el desarrollo de la edición este país tan simple como que los grandes grupos abren camino para que las pequeñas y minúsculas editoriales puedan ejercer su labor. Tal y como el compañero Antonio (Vivir del cuento) sostenía, la competencia es saludable; igualmente administrada con cuidado. Por supuesto que no cualquier librero vale la pena, por la misma razón que no cualquier gran cadena (y esto suele ser más habitual) vale la pena; el dinero que una empresa como Espasa o Fnac tienen detrás contribuye a rebajar uno o dos euros el precio de un libro, sí, pero tal vez al coste (no sabe uno si irreparable) de convertir al libro en una mercancía al nivel del salchichón. Ni un extremo, ni el otro, Kunstart, porque todos sabemos que, por desgracia, el conocimiento que pueda tener un dependiente de la Casa del Libro y un librero de toda la vida está a años luz uno de otro.
    Un best-seller podrá no ser un libro inculto necesariamente, pero bien es verdad que suelen ser productos de marketing ideados y producidos con el fin de llegar a un determinado y concreto tipo de público, poco interesado en la Literatura (sí, así con mayúsculas) y más preocupado por su entretenimiento en ratos de asueto. Uno nunca (creo) ha denigrado a los lectores de best-sellers que exponen su opinión la defienden; yo arremeto contra esos que leen “El Código da Vinci” y “El Club Dante” y se dicen lectores, y van acusando de pedantes a los que creen que es mejor Kafka o Faulkner que Brown o Pearl. Por supuesto, yo inicié mi camino de lector con best-seller (“El médico”, sin ir más lejos), pero la curiosidad pudo más que el acomodo y me propuse retar mis capacidades como lector y atreverme con Proust, con Tolstoi o con Flaubert. Como tú mismo dices, buen lector es el que lee esto, eso y aquello, no el que se queda en esos éxitos fugaces que las editoriales sufragan. Esos son los destinatarios de mis críticas: si el mensaje no ha sido claro, trataré de que lo sea en el futuro.
    Puede que Schiffrin se guié por el mercantilismo: obvio, puesto que un editor no es un iluminado, sino un responsable de sacar adelante (es decir, conseguir beneficios) una empresa. Pero los métodos de la ‘sociedad civil’ que tú entiendes son exactamente iguales. Los títulos que una editorial publica son siempre (a veces más a veces menos) fruto de la decisión de pocas personas, en ocasiones de una sola, así que hay muchos más ‘pararrayos del buen gusto’ de los que parece. No creo que el criterio de una sola persona sea más sospechoso que el de un comité de lectura; ahí está el lector (el buen lector, ahora sí que no cabe otra posibilidad) para discriminar.
    Por último, una vez más agradecerte tu sinceridad y tu reflexión en los comentarios. Este, como muchos otros, es un blog personal y, como entenderás nadie está obligado a seguir al pie de la letra nuestras opiniones. Es cierto -lo seguirá siendo- que somos pontificadores y que mostramos poca consideración para con según que tipos de lector, pero esa es una de nuestras señas de identidad. Equivocado o no, creo que un lector de Dan Brown podrá ‘picarse’ y animarse alguna vez a leer algo más (no necesariamente alguno de los libros que a nosotros nos gustan, claro) si resiste una pulla como algunas de las que se lanzan a veces aquí. Espero que no dejes de visitarnos.

  6. Por último, la literatura de consumo no es un invento de hace dos días, siempre la ha habido y siempre la habrá, ¿acaso alguien no ha oído hablar de las selecciones del reader`s digest o aquellas novelitas de vaqueros? Es obvio que no todos los libros tienen el alma impresa en la misma medida, incluso puede que algunos sean superficiales y uno se pueda ahorrar leerlos, pero insisto en que este blog ganaría si evitara caer en el tono despreciativo y pedante. Creo que te he dicho tantas cosas desagradables que si digo algo agradable no dudarás de mi sinceridad: es uno de los mejores blogs que he visitado y por eso me da pena ese déficit de ecuanimidad, el cargar demasiado las tintas en un tema que cuanto menos es discutible, porque si condenar a lectores a la hoguera es como ha quedado claro tirar piedras contra el tejado de los lectores más asiduos, la pira de escritores tampoco esta exenta de peligros. El primero es que, como en el caso de García Márquez al que antes aludía, los escritores hacen como en San Juan: saltan dentro y fuera de la hoguera, algo hay de fakir en el oficio de escritor y es que entre lo sublime y lo ridículo ya se sabe que hay un paso. El segundo es que muchas veces con las prisas se quema algo que se podría llegar a apreciar en otro momento. ¿Acaso no ha dicho uno de vosotros que “Borges es insufrible” o que Cortázar es una lectura para “culturetas”? Le reto a que me diga lo mismo dentro de 10 años. ¿Y otro no ha dicho que Hemingway es poco menos que una lectura para críos? Hago la misma apuesta. Son juicios demasiado groseros para personas que dicen tener sensibilidad artística, y que en determinados aspectos, no en todos, la demuestran; por eso creo que ganaría la apuesta. En fin, un poco de mesura en el ejercicio pirómano sería de agradecer aquí y en otros foros.

  7. Tercero, cambiando de tema, el argumento que hace este caballero sobre los libros de bolsillo está dada la vuelta. Puede extrañar pero el acceso a un título se maximiza con una política de discriminación de precios (¿tapa dura? a mayor precio y libro de bolsillo más barato unos meses más tarde) en conjunción con la promoción de bibliotecas públicas (cosa que os honra promocionar) en lugar del lema falsamente democrático de libro de bolsillo para todos y desde el principio. Para una biblioteca pagar ese recargo no supone una gran diferencia y además le trae cuenta un tipo de volumen más robusto (se ahorra el tener que mandarlo al encuadernador a los cuatro meses). Pero no te extrañe porque este señor (como los tenderos de libros cuando gritan cual ofendidas verduleras porque nos vendan libros en el quiosco: como si fueran libros que les quitan de vender a ellos en lugar de expansión pura y dura de la demanda) no está pensando en el bienestar social sino también en cómo hacer dinero. La estrategia que propone es legítima, por cierto bastante similar a la de las compañías low cost en el mercado del transporte aéreo: ocupar un nicho de mercado mediante la oferta de un producto al menos medianamente demandado recortando los costes de producción y basándose en la selección de lo que él o sus colaboradores consideran potable. Está en su derecho pero no es menos mercantilista que lo que critica ni tampoco otorga a los lectores más garantías de buena literatura. Lo único que asegura algo de calidad es la variedad de estilos editoriales y la pluralidad de títulos, y a veces ni siquiera eso. Las soluciones desde la sociedad civil me parecen más dignas de consideración en la medida que no se asientan sobre el criterio de un ser iluminado, alias pararrayos del buen gusto o inspirado sabio. En fin, como dices, es importante no adocenarse ni ser manipulado, y para ello es bueno no creerse todo lo que uno lee, no aparcar ese sentido crítico o ‘descreimiento¡ (término que no me parece equivalente y que se me antoja que a ciertas edades es poner la carreta delante del buey) del que junto al ‘paladar’ literario tanto haces gala, cuando entre tus manos tienes un libro que prejuzgaste como políticamente correcto por sus coordenadas ideológicas, y sobre todo no tratar de manipular al prójimo erigiéndose en juez universal del buen gusto.

  8. Primero, respecto al subsidio cruzado lamento darte este disgusto pero el mundo se rige por relaciones algo más complejas que el poco convincente credo que expresas en el comentario y que, por cierto, difiere de tus propias palabras en la opinión: Por fortuna, el delicado equilibrio que algunas empresas consiguen con sus best-sellers compensa la edición de obras ‘menores’, en ventas, claro, no en calidad. Por buscarle algún sentido a tu repentino cambio de opinión supongamos que en esas palabras reflejabas el punto de vista de Schiffrin y en el comentario el tuyo. En tal caso estoy de acuerdo con Schiffrin por el siguiente motivo. Hay unos costes fijos (maquinaria de la imprenta, edición del catálogo etc.) y unos costes variables (edición, papel, tinta y demás). Por una mera cuestión de economías de escala, de un best seller el editor extrae un beneficio supracompetitivo amplio que le permite amortizar gran parte o todos sus costes fijos, lo cual hace viable ampliar el repertorio con la edición de títulos de menor tirada. ¿Y por qué una editorial va a publicar esos títulos si venden menos? Porque estando cubiertos los costes fijos gana dinero publicando cualquier obra cuya venta cubra tan solo los costes variables. Puede que una editorial no logre introducir más de 2 o 3 best sellers al año, pero afortunadamente puede llevar a imprenta varias decenas de títulos de menor tirada en el mismo periodo. Cualquier editorial mediana – grande opera beneficiándose de ese subsidio cruzado. Lo cual no contradice la observación de que haya editoriales pequeñas que tratan de ocupar un nicho de mercado sin entrar en el segmento de los libros de gran tirada; bienvenidas sean porque hace falta esa variedad y tan perniciosa sería la aniquilación de unas como de otras, pero sólo con las pequeñas editoriales habría desabastecimiento de número y de variedad. Y en el momento que ampliaran capacidad de producción estaríamos en las mismas: existencia de best sellers y subsidio cruzado. La aniquilación, por cierto, ya sea en el nivel de la edición o en el de la distribución no puede sacarse de paseo cada vez que ediciones fulanito o el tendero de la esquina S.L. cierran: si mientras fulanito cierra menganito abre, por internet o como sea, el consumidor está igual de bien. Menos paternalismos y menos teta pública que lo que es un ultraje es que al consumidor se le cobren duros a ocho pesetas con la excusa de que le despacha un especialista y se prohíba, como se pretende en la nueva ley del libro, la competencia de precios. Esto quiere decir que si un distribuidor es más eficiente ganará más pero que se le sancionará si intenta trasladar el ahorro en forma de descuento al consumidor, lamentable de veras y un retroceso en el fomento de la lectura como han expuesto varias asociaciones de consumidores y sufridos lectores. Así que la ministra se queda muy satisfecha agarrando al consumidor mientras el librero le viola, y lo mismo me da que sea de una acera política que de la otra, hubieran hecho lo mismo porque ya se sabe que aquí siempre tienen más peso las minorías vociferantes. Te confieso que estoy expectante por que un día nos expliques tus iluminaciones regulatorias. Ahora bien, no me vengas con esa cantinela del asesoramiento porque el que quiera información tiene miles de sitios donde encontrarla gratuitamente (incluso alguien que haya nacido en un desierto cultural): desde la bibliotecaria hasta páginas de Internet (ésta es un ejemplo). En fin, quien apetezca de hablar con el librero que vaya y pague 2 euros más por la charla con el nieto manco de Mallarmé, pero los demás no tenemos porque estar pagando más de lo que cuestan las cosas que es ya demasiado. Visto que la ministra tiene la opinión contraria que subvencione ella a los libreros, pero ojo de su bolsillo, no de la cartera ajena. Me remito a una página que vosotros mismos enlazáis (http://vivirdelcuento.blogspot.com/ “el fin de las librerías” post de 9 de junio) y comparte la visión de que con la competencia se lograría más para el consumidor, sobreviviría el librero independiente que ofrece de veras un servicio con valor añadido y no bajo el mismo paraguas libreros vagos e ineptos.

  9. Segundo, a diferencia de ti no creo que un best seller haya de ser necesariamente un libro inculto, error de bulto que te delata y responde con exactitud al por qué resulta cargante el tono pontifical que adoptas a veces. Lo que se critica no es que tengas tu propio gusto y lo expongas sino la exhibición de intransigencia hacia los gustos ajenos a la que acostumbras (tú o tus compañeros de viaje, no me corresponde a mí saberlo cuando todo se cuelga bajo el mismo nombre). Sí, lo reconozco, soy intransigente con la intransigencia. A esto se suma el simplismo de decir ‘mírale, es un lector de fulanito o de menganita’, como si se tratara de afiliaciones a partidos políticos, pasando por alto que el lector que tiene entre sus manos hoy a Baricco (un best seller y por tanto necesariamente inculto según tus palabras) Ruíz Zafón o Muñoz Molina (¿qué es el jinete polaco sino un best seller?) mañana puede tener a Cunqueiro, Onetti o Vargas Llosa, el que lee hoy a Gala mañana puede leer a Buero Vallejo, el que se pasea por Stephen King, Orson Scott Card o Suskind (el perfume también fue best seller, te recuerdo) mañana puede visitar a Palahniuk o a Jelinek (que tampoco es que vendan poco precisamente) o hablando más seriamente a Steinbeck, Faulkner o Kafka, ¡o al revés! ¿Y además qué significado tiene ‘ser un lector de fulanito’ cuando lo bueno y lo menos bueno viene a veces de la misma fuente como en el caso de la hojarasca y ciertas memorias de fulanas pesarosas? Bromas al margen, la cuestión es que los lectores no son de nadie y si algo caracteriza al buen lector es la variedad de sus incursiones, afortunadas y menos afortunadas, y la permanente búsqueda; por eso los intransigentes deditos acusadores resultan más que discutibles. El buen lector no es aquél que lee esto y no lee aquello, es aquél que lee esto, eso y aquello, y desde luego si hay algo que una buena lectora nunca hace es escribir una crítica de un libro de 500 páginas del que (según sus propias palabras) apenas ha leído 50. Es cuanto menos gracioso que se critique la literatura light alzando el dedito de la mano izquierda mientras se ejercen los mismos procedimientos editoriales a escala con la otra mano. En fin, ese tipo de crítica por ciencia infusa, despellejamiento literario, es algo así como dar puñetazos sobre la mesa: ruidoso pero muy poco convincente para alguien reflexivo.

  10. No creo que la edición de best sellers sufrague la edición de libros cultos. Por el contrario, el negocio editorial se ha convertido, como todo lo demás, en un negocio que debe rendir cuantiosos beneficios. Y por eso se editan productos vendibles, sin conceder especial importancia a la calidad, ni editorial, ni literaria. Prueba evidente son las pequeñas editoriales, que con otro concepto, publican buena literatura, por lo general muy bien editada.
    Por otra parte parece que ahora hay que pedir perdón por ser un lector culto, que se atreve a despreciar en voz alta la bazofia que se consume. Pues si, ojalá todos los lectores fueran cultos. Si hay que homogeneizar que sea a la alza. Y así otro gallo nos cantaría. No seríamos tanto una masa adocenada y manipulable.

  11. Conclusión: si como tú mismo reconoces hay un subsidio cruzado entre libros ‘malos’ y libros ‘buenos’ habrá que ser un poco más tolerante con los gustos ajenos ya que después de todo ‘esos incultos’ están subvencionando la publicación de los títulos que te gustan y que de otra forma no serían viables. Claro, la otra opción es que todo el mundo sea tan ‘culto’ (desde tu punto de vista) o tan homogéneo (desde un punto de vista algo menos narcisista y pedante) como para disfrutar de lo que les encanta a menganito y zutanita, método que es de justicia reconocer que apesta tanto o más que el actual como aprecia el primer comentarista.

  12. ¿El no a la liberalización de la cultura debemos interpretarlo como una apología de la prohibición de aplicar descuentos al libro o quizás como una defensa de Ramoncín y el papel de la SGAE que saquea a los consumidores mediante un canon dando por supuesto que somos todos piratas para repartirlo entre ‘cuatro gilipollas cuyos discos ni siquiera se encuentran en el top manta¡?(la expresión no es mía sino de Sabina). Si la liberalización significa librarse de tanto mamón adicto a la subvención pública bienvenida sea.

  13. Todo eso ya existe en Internet. ¿Qué son los blogs, sino pequeñas editoriales independientes? Quien no publica es porque no quiere, y si no se publican cosas interesantes (que para nada creo que sea el caso) o no se leen las que se publican (algo más hay por ahí) no es por culpa de ningún gran editor, sino porque el público es lo que es. Que los editores se aprovechen de eso, y lo usen en su provecho, es sólo lógico. Pero nunca la edición y publicación universal ha sido tan libre como hoy.

  14. No creo que el idealismo llevado al límite sea malo si la motivación que lo empuja es la correcta. Y esta lo es. Me ha encantado lo de los colectivos de lectores, remedio necesario contra la endogamia. Debe haber un punto medio entre la masturbación estéril de autopublicarse, la pura mercadotecnia y las pajas mentales de los que creen que sólo son publicables los que entren en sus baremos de “calidad”.

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