El día de Año Nuevo – Vladímir Odóievski

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El día de Año Nuevo y otros cuentos maravillosos reúne ocho relatos del príncipe Vladímir Fiódorovich Odóievski, uno de los principales exponentes del romanticismo filosófico ruso. Los ocho cuentos son interesantes, formalmente bien construidos, teniendo en cuenta que el relato corto apenas nacía en la época en la que Odóievski escribía estas historias.

Algunos de los cuentos son fácilmente encasillables —sin que esto suponga un demérito— en la corriente romántica. Ese es el caso de “El día de Año Nuevo”, “El artista” o “La martingala”. En el primero se describe la renuncia  a los ideales de juventud en favor de una vida burguesa y acomodada en la que yo no hay cabida para los sueños o la amistad. “La martingala” propone sin embargo una dura enseñanza para adaptarse a una vida que no tiene piedad de los débiles, representada metafóricamente por las vivencias de una familia de jugadores profesionales.

También merece mencionarse “El muerto viviente”, donde el fantasma de un hombre de negocios sin escrúpulos tiene ocasión de vagar por la tierra, conociendo cuánto mal han provocado sus actos. La desesperación y el arrepentimiento hacen presa en él, pero cuando está a punto de convertirse en un alma en pena, tiene la oportunidad de enmendar sus malas acciones.

Sin embargo son los tres cuentos que cierran el volumen, englobados bajo la clasificación de Cuentos de ciencia ficción, los que logran entusiasmar al lector. Resulta sencillo emparentarlos con las fábulas de H.G. Wells, por sus atisbos de un mundo altamente tecnificado; pero también se relacionan con las distopías sociales de George Orwell, por su propuesta estremecedora de sociedades totalitarias.

“El año 4338” recoge las impresiones de un joven chino que viaja a una Rusia pionera en el desarrollo tecnológico mundial —sorprende la clarividencia de Odóievski para prever el cientificismo que caracterizaría a la Rusia soviética—; pero que apenas conserva vestigios o conocimientos de las formas de vida pasadas Artefactos voladores, nuevas energías, nuevos materiales, hacen cómoda y sencilla la vida de una sociedad pacífica y culta.

Es imposible no destacar de este relato la descripción de un invento que recuerda sin duda al moderno bloging o a nuestros perfiles en redes sociales:

Estos periódicos contienen información sobre la salud o mala salud del señor, y otras noticias domésticas, así como varios pensamientos, anotaciones, unos cuantos acertijos, y también invitaciones; cuando sonará el gong para la cena y le menu.

Por su parte, “La ciudad sin nombre”  describe el auge y decadencia de una sociedad que hizo del axioma de que el propio interés es el motor de la vida humana su bandera; una sociedad que permitió que el propio interés tomara el lugar de la conciencia, de los sentimientos y de la filantropía. Sobre la base del propio interés se construyó una sociedad próspera pero que, sin conciencia, pronto rebasó todos los límites. Expulso a los artistas y a los filósofos, eliminó a los políticos, conquistó por las armas a sus vecinos para explotarlos y luego explotó a sus propios ciudadanos.

Entre tanto, los banqueros continuaron con sus operaciones, pero bloqueados en un espacio tan reducido que pronto vieron necesario no explotar a los vecinos, sino a los propios benthamitas; y los comerciantes, siguiendo nuestra gran guerra, la del propio interés,  permitieron con toda calma que ciertos negocios se arruinaran; demostraron sus sabiduría haciendo acopio de objetos en demanda para venderlos a un precio más elevado; volvieron a especular en la bolsa y, aludiendo a la así llamada «libertad sagrada del comercio» establecieron monopolios en su propio beneficio. Algunos se hicieron muy ricos, otros se arruinaron. Y durante todo este tiempo nadie quería sacrificar una porción de  su propio beneficio por el bien general, ya que esto no les proporcionaba ninguna ventaja a ellos; […]

Sorprende la forma en que este relato describe la presente sociedad y nuestra crisis de valores y, dado el terrible final de los  benthamitas, “La ciudad sin nombre debería ser una lectura obligada. Yo, personalmente, se la recomiendo, aunque no sin advertirles que, en ocasiones, la traducción del presente volumen resulta un poco descuidada; un aspecto que desde Nevsky Prospects deberían cuidar más.

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