El disputado voto del señor Cayo – Miguel Delibes

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El disputado voto del señor Cayo - Miguel DelibesEl disputado voto del señor Cayo es una novela cuyo trasfondo histórico es de vital importancia para comprender parte del comportamiento de algunos personajes, pero que también (o sobre todo) nos emplaza a valorar la sabiduría ancestral frente al empuje de la modernidad. Escrita en 1978, Miguel Delibes expuso en estas páginas la emoción y las dudas que afrontaba una España recién salida de la dictadura ante la celebración de sus primeras elecciones en casi medio siglo; la inseguridad, los recelos, las esperanzas o los desacuerdos que esta situación provoca en los protagonistas pueden resultar un tanto cándidos, incluso extemporáneos, pero el momento temporal es clave para entender ese cúmulo de reacciones y situarlas en ese contexto tan concreto.

Víctor, Rafa y Laly son tres jóvenes militantes de un partido de izquierdas que viven con entusiasmo la recta final de la campaña electoral. Emplazados por su coordinador, visitan algunos pequeños pueblos del norte de Castilla para convencer a los vecinos de que voten a su partido y tratar de ganar simpatizantes. Pero el primer destino de su viaje es un minúsculo villorrio habitado por un peculiar paisano, el señor Cayo, que vive con su mujer y un innominado vecino con el que no se trata. Los tres jóvenes pronto se percatan de que su ardor y sus conocimientos no tienen cabida en ese universo natural del que el señor Cayo es dueño absoluto; las diferencias entre el mundo cambiante y moderno que ellos representan y el antiguo que encarna el circunspecto anciano son tan inmensas como insoslayables, aun cuando el idealista Víctor quede subyugado por la sabiduría del pueblerino.

El libro nos sitúa, pues, frente a la clásica dicotomía modernidad/tradición, plasmada en esta ocasión en unos protagonistas que encarnan actitudes irreconciliables: por una parte los tres militantes, idealistas y seducidos por un desarrollo implacable (no olvidemos el tiempo en el que transcurre la obra —aun cuando las circunstancias tampoco han cambiado demasiado—); y por otra el viejo Cayo, flemático y poseedor de unos saberes prácticos, aunque arrumbados por el progreso. Delibes nos presenta a este último personaje con profusión de detalles, haciendo hincapié en la sabiduría que otorga la contemplación de la vida sin caer en las eternas prisas de la modernidad y la tecnología; no obstante, la novela no cede a la tentación maniquea de presentar a un protagonista superior en ningún aspecto, sino que se limita a mostrar las inevitables diferencias entre dos modos de entender la existencia. Que ambos sean incompatibles no significa que uno sea mejor que otro.

Pero sí que resulta conmovedor, y encierra una verdad ineludible, el hecho de que el señor Cayo atesora una sabiduría vital que semeja inaccesible para los tres jóvenes, a pesar de su formación, sus carreras universitarias y su afán de lecturas. Víctor es el que mejor comprende este hecho; al final de su visita, relatando su experiencia a otros compañeros, lo explica de un modo bien sencillo: en caso de un desastre mayúsculo, «el señor Cayo podría vivir sin Víctor, pero Víctor no podría vivir sin el señor Cayo». Los adelantos tecnológicos y las mejores condiciones de vida no conllevan (no necesariamente) un aumento de nuestros recursos como seres humanos; tal vez, parece inducirnos a pensar la novela, nos alejan poco a poco de lo que más humanos nos hace. Cuando el señor Cayo afirma que en la naturaleza «todo sirve para algo» ofrece una lección de vida a esos jóvenes que se atrincheran en su cultura y en sus libros para cantar al progreso de la humanidad. Mientras Rafa considera que no es importante saber el nombre de los pájaros o las propiedades de las plantas, Víctor, tras conversar con el señor Cayo, no duda en afirmar que «la vida es la cultura»: una frase que en sí misma sirve como bellísimo resumen de la obra.

Delibes nos regala en El disputado voto del señor Cayo un homenaje precioso y enternecedor al mundo natural; a ese mundo que poco a poco se extingue, dejando tras de sí un vacío que será imposible rellenar a pesar de conocimientos, herramientas o aparatos. Un vacío que no nos impide progresar, pero que, sin duda, nos deja huérfanos de algunos saberes quizá más importantes de lo que pensamos.

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