El jardín de la pólvora – Andrés Trapiello

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El jardín de la pólvora - Andrés TrapielloSe asoma uno a estos diarios desde hace ya… quizá siete u ocho años, cuando a punto está uno de arribar a los treinta, lo cual quiere decir que comparto estos pasos perdidos desde una cierta tierna juventud. Con el paso de los años, tanto A.T. como uno mismo hemos madurado, nos hemos hecho mayores juntos, pese a la diferencia de edad, aunque la fidelidad que el primero profesa a la escritura diarística y el segundo a devorarla permanecen intactas.

La lectura de estos diarios (y hablar de uno de ellos —pues van ya trece— es casi como referirse al conjunto) provoca en uno pasiones intensas y encontradas. La habilidad que A.T. acopia para entresacar la poesía de cualquier momento, suceso o lugar es prodigiosa: pocos libros habrá en los que la atención al detalle (nada que ver con Nabokov) sea tan bella y cuidadosa. Su prosa es cantarina, evocadora, ilustrada; nada que ver con mucho de lo que se publica en la actualidad (quizá por eso tanta referencia a pantuflas y chimeneas), aunque no debe pensarse que está anclada en el pasado. El ruar del autor por los acontecimientos que narra o rememora es siempre inteligente, su mirada aguda allá donde las apariencias podrían confundir. Sigue constituyendo un delicioso pasatiempo cazcalear por estas páginas después de tantos años, pues aunque nada nuevo parece suceder, la propia mirada del escritor lo renueva todo como la primavera.

Por otro lado, en ocasiones a uno le embarga una como sensación de fatiga, de indignación incluso. ¿Para qué leer los pensamientos íntimos (sean o no ‘literarizados’) de una persona que no hace más que pasear, hablar mal de muchos y bien de muy pocos, airear rencillas en apariencia banales y dolerse de una situación que, contemplada bajo otras perspectivas, resultaría casi envidiable? ¿Qué tiene A.T. para creer que ciertas intimidades puedan despertar empatía, o interés, o mover a llanto? Ese ‘algo’ que empece la lectura tranquila es, sin embargo, de suma importancia, aunque uno ha llegado a la conclusión hace bien poco.

Entre tanto deambular, tanta refriega literaria, tanta introversión —o timidez, o pudor—, tanta crítica, tanto campo extremeño, tanta alondra y tanta glicina, uno creía saborear poesía, pero añorar verdad; mas en las páginas de “El jardín de la pólvora” ha descubierto el quid de una cuestión largamente ignorada. A.T. es sólo un ser humano, como uno mismo, como los demás; y en ese ser humano tienen cabida todas las virtudes y todos los defectos, como en los demás, y quizá el preguntarse qué pueda tener de interés la poda de un arbusto o el lance creativo con algún escritor volatinero no sea correcto. Porque la esencia de estos pasos perdidos es mostrarnos una naturaleza voluble, dada a la hiperestesia más contumaz y a la irascibilidad más desconcertante. El acumen de A.T. puede desnortar al poco avispado (como lo ha sido uno), pero su vivir pausado y pleno de hábitos y costumbres, sus libros y sus conferencias, sus idas y venidas podrían ser las de cualquiera, aunque nunca idénticas.

A.T. nunca vivirá una vida como la de uno, ni viceversa; pero la vida de los dos será tan intensa y contradictoria como la de cualquiera, y también heroica, y luctuosa, y novelesca. Quizá por estas razones, cuando uno cerró este último volumen del salón y dedicó unos minutos a la reflexión, halló una trocha nunca vista antes. Y se sintió ignorante y estúpido cuando descubrió que había tenido la respuesta en cada comienzo, tan brillante y lúcido como sólo B.P.G. podía ser:

«Por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela.»

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