El viaje – Luigi Pirandello

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El viaje - Luigi PirandelloAunque quizá más conocido por su faceta como dramaturgo, Luigi Pirandello también cultivó con gran habilidad la prosa, como ya vimos en su momento con El difunto Matías Pascal; si en aquella novela el sentido del humor se aliaba con la más cruel ironía para mostrar un modo de vida de una sociedad en cambio, en El viaje tenemos un relato breve triste, angustioso, pero con una impronta de extraña felicidad. En esta ocasión el autor italiano posa su mirada en un personaje débil, quebradizo, pero con unas ansias de vivir que superan con creces la estrechez de miras del universo que la rodea.

Adriana es una joven viuda que habita en un pequeño pueblo siciliano. Obligada por las costumbres a guardar luto perpetuo y a no relacionarse prácticamente con nadie, su vida se reduce al pequeño universo de su hogar y al escaso contacto que mantiene que su cuñado, que la mantiene, y sus dos hijos, que la ignoran. Cuando se le diagnostica una enfermedad del corazón con un pronóstico poco halagüeño, Adriana empieza a comprender que quizá debe intentar buscar la libertad que le ha sido hurtada. Con la inestimable ayuda de su cuñado, emprenderá un viaje por Italia que significará su emancipación, aunque también su fin.

La hermosa historia que presenta Pirandello es humana y profunda: nuestro afán de libertad, nuestro libre albedrío, está reñido con la sujeción a unas normas sociales que no siempre —si es que lo son alguna vez— son adecuadas. Adriana tiene una existencia gris, cuya monotonía le viene impuesta por unas costumbres que no comprende, pero que acepta por imposición; sólo cuando adquiere conciencia de sí, de su propia necesidad de alegría, es capaz de soltarse de esas ataduras y dedicarse a disfrutar.

No obstante, y como solía ocurrir con muchas protagonistas femeninas en las novelas decimonónicas (y en las no tan decimonónicas…), ese logro de Adriana será pagado con mucho sufrimiento: el acceso a la libertad y al autoconocimiento se penaliza con un final trágico que a todas luces resulta injusto. Es curioso que el dolor se cebe siempre con el personaje femenino, cuando los hombres son recompensados de alguna forma cuando consiguen vencer las trabas sociales y encumbrarse sobre ellas; sólo la mujer es «castigada», aunque su prurito sea el mismo y su actividad sea tan encomiable (o más, puesto que su situación era de desigualdad total) como la de sus adláteres masculinos. El final de Adriana, inevitable, aunque hermoso, es una ironía cruel por parte del escritor: éste reconoce su afán de independencia, pero se lo regala con un veneno mortal.

Más allá de la (in)justicia de género, El viaje es un relato de una extrema sencillez; tanta, de hecho, que en ocasiones la escasez de recursos atenúa las impresiones que el lector debiera recibir para empatizar con la peripecia de Adriana. La psicología de la protagonista está tibiamente esbozada, y quizá hubiera sido más importante penetrar en su mente un poco más.
Con todo, el texto rezuma pasión y hermosura, consiguiendo así que nos involucremos en la historia. Una obrita bella y frágil… como su protagonista.

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