Fortunata y Jacinta – Benito Pérez Galdós

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Fortunata y Jacinta - Benito Pérez GaldósQue Benito Pérez Galdós es un escritor como la copa de un pino es un hecho incontrovertible. Quizá algunos post-postmodernos sigan pensando en él como un «garbancero», tal y como decía Valle-Inclán; a todos ellos, o a los que crean que es un autor demodé —por ponerse uno estupendo también—, quizá les bastaría leer Fortunata y Jacinta para darse cuenta de que don Benito fue un escritor visionario y rabiosamente moderno: un escritor que conjugaba la pasión por la realidad con una técnica depurada, hermosa y arriesgada.

Y es que en este libro tenemos descripciones tradicionales, al más puro estilo decimonónico; monólogos interiores que prefiguran lo que vendrá cuarenta años después; cambios de punto de vista y de foco que consiguen hacer de la novela una polifonía de voces maravillosa… Galdós dio el do de pecho escribiendo este libro, en el que volcó todo su buen hacer narrativo y en el que trató de dibujar un perfil del cuarto estado, el pueblo al que tanto admiraba y al que retrató de forma sin par.

En Fortunata y Jacinta, más allá de la evidente trama de amor/desamor entre Fortunata y Juanito Santa Cruz, podemos entresacar, al menos, un par de hilos que el autor se cuidó mucho de poner de relieve: por una parte, el sempiterno contraste entre la clase alta (la burguesía comerciante, en este caso, de la cual son representantes los Santa Cruz, pero también los Moreno o los Arnaiz) y la baja, el pueblo; por otra, la correlación de la trama con los acontecimientos históricos que se estaban dando durante su desarrollo (proclamación de la I República, Restauración de 1874). Galdós no circunscribe los hechos de su novela a estos acontecimientos político-sociales, pero sí que hace de ellos un marco dentro del cual los comportamientos de los personajes encuentran correlatos metafóricos muy ilustrativos. Así, la Restauración borbónica de Alfonso XII marca la “restauración” doméstica de Juanito, que vuelve con su mujer Jacinta después de sus repetidos escarceos con Fortunata.

No obstante, las relaciones entre las clases acomodadas y las más humildes, y en concreto la posición que adoptan éstas últimas antes los reveses vitales, son elementos que el autor emplea de forma magistral para crear unos personajes llenos de vigor, sublimes y memorables. Porque lejos de basarse en la entidad de sus principales protagonistas, Fortunata y Jacinta pone ante el lector todo un elenco de personajes secundarios impresionantes por su solidez, y quizá con mayor peso en la obra que las propias aludidas en el título. Doña Lupe la de los Pavos, Plácido Estupiñá, Segismundo Ballester o Guillermina Pacheco son creaciones de una hondura casi inverosímil, cinceladas a golpe de expresividad y de buen oído para el habla y las expresiones (a Galdós pocos le ganarán en ese aspecto). Y la relación de todos ellos, la forma en la que entran y salen de la historia principal, conforma una visión de aquel Madrid de finales del siglo XIX, ávido de modernidad, pero sumido en sus propias y eternas contradicciones sociales.

Las ansias de civilización de esa sociedad española decimonónica contrasta con la afirmación tajante de Fortunata: «Yo no me civilizo, ni quiero; soy siempre pueblo.» El pueblo al que Galdós atribuye la honestidad y la fuerza, frente al autoritarismo y la conveniencia de la burguesía; no es de extrañar que Juan Pablo Rubín, por ejemplo, despotrique contra la monarquía y acabe aceptando un puesto de gobernador una vez instaurado Alfonso XII; o que don Baldomero justifique que el ejército salvase «una vez más a la desgraciada nación española». Todo ese fingimiento contrasta con la honradez que muestran los personajes de extracción baja, como Mauricia la Dura o la propia Fortunata; ésta, de hecho, ante los discursos sofísticos que le endosa su amante Santa Cruz, sólo puede pensar (por boca del omnipresente narrador) que «el amor salva todas las irregularidades, mejor dicho, que el amor lo hace todo regular, que rectifica las leyes, derogando las que se le oponen». No olvidemos que, por más temas que se traten en el libro —y son muchos—, Fortunata y Jacinta es, ante todo, una gran historia de amor y abnegación.

Es inútil insistir en la necesidad de leer esta novela: Galdós marcó el camino de la literatura del siglo XX, abrió sendas, consolidó estilos y, por encima de todo, supo entender que el arte podía estar al servicio de la realidad, sin que por ello saliese perjudicado en absoluto. Más de un siglo después, don Benito todavía puede ofrecer muchas lecciones… a aquellos que estén dispuestos a escuchar.

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5 Comentarios

  1. Cuanto mas leo a Galdós, más me encandila. Este fue mi primer libro, (aparte de Marianela de jovencita en bachillerato), después leí Doña Perfecta, que me supo a poco, y Trafalgar, y ahora estoy casi terminando El amigo Manso, que me encanta.
    Es verdad, la extensión a mí al principio me intimidó y me resistí a leerla… pero un invierno en Madrid hace dos años, pensé en comenzar a leerla, y hoy por hoy es uno de mis libros favoritos.

  2. Quedé tan impresionado tras la lectura de “Las novelas de Torquemada”, que no me he podido sustraer a una nueva ración de Don Benito “el garbancero”; ¡vaya!, qué me he hecho adicto a tan humilde legumbre. Y para mi contento, como no podía ser otro modo, más de lo mismo: “Fortunata y Jacinta” es un auténtico novelón. Una enorme creación que nada envidia a las de otros autores consagrados, con domicilio fijo en el parnaso de las Letras; si alguien duda de lo dicho, y piensa que semejante afirmación no pasa de ser una solemne majadería, le reto a que le hinque el diente a la obra, – cosa de lo más agradable -, y me diga si no está a la altura de lo mejor de Dickens, por ejemplo,… eso por no ir un pasito más allá para nombrar también a algún clásico ruso. No exagero un ápice.
    Qué adorna a esta novela para ensalzarla así, pues todo, absolutamente todo. Es una crónica aguda y detallada de la sociedad madrileña de la segunda mitad del siglo XIX, donde Galdós, con un aire “gacetillero” inigualable, muestra el derrumbe de la aristocracia, y el encumbramiento de una nueva clase social, que ambiciona ocupar su lugar, la burguesía. La familia Santa Cruz, con Juanito al frente, es el ejemplo claro de esas aspiraciones.
    El término “gacetillero”, empleado adrede, no debe tomarse en su vertiente chusca, todo lo contrario, con él trato de etiquetar, – no sé si acertadamente -, una nueva forma, fresca y espontánea, de plasmar la realidad cotidiana de la vida madrileña. Con un lenguaje insuperable, el del pueblo llano, – que, en mi opinión, ningún escritor ha logrado superar -, somos partícipes de la historia de los protagonistas, pero también de los vaivenes políticos, anécdotas y chascarrillos que conforman sus existencias. Nadie como Galdós sabe llegar al corazón del Madrid vivo, una ciudad que empieza ya a adquirir el matiz de capital cosmopolita, y por donde pululan los tipos más variopintos: mercachifles, placeras, señoritos, chulapas, picadores,… y mucho cuarto estado.
    Si todo quedara ahí, en la mera capa superficial, tal vez podríamos calificar al escritor canario como un costumbrista más al uso, pero basta echar un vistazo a los personajes para percatarse de que no es así. Galdós escudriña hasta el fondo, en los entresijos más profundos, y nos hace partícipes de sus reflexiones, justificaciones, pensamientos, ofreciendo siempre un retrato perfecto, tanto interior como exterior, de todos ellos.
    Presenta a Juanito Santa Cruz como el prototipo de esa nueva clase social emergente, henchida de amor propio, – subrayo esto -, pero carente de conciencia. El “pollo”, durante sus momentos de debilidad, que también los tiene, se mantiene incólume gracias a unos inamovibles principios, el decálogo del desalmado en toda regla: “La sociedad no se gobierna con las ideas puras”, “En cosas de moral, lo recto y lo torcido son según de donde se mire”, “Caiga el que caiga. El mundo es así”, “En los naufragios siempre hay alguien que se ahoga”. Para qué queremos más, basta y sobra para darnos una idea de la catadura del elemento en cuestión. Frente a él, la figura del pueblo encarnada por Fortunata, una piedra preciosa pendiente de pulir a la espera de su particular Pigmalión… Lástima que muchas veces la vida y el corazón no latan acompasadamente: una entrega para esta misión al pobre Maximiliano Rubín, y el otro se encandila por un bruñidor de más copete, Juanito Santa Cruz, señorito de gran labia y bota fina.
    Y alrededor de ellos,… ¡ay!, alrededor de ellos lo de siempre, un coro de personajes secundarios sublimes, Plácido Estupiñá, Doña Lupe “la de los Pavos”, – para mí resucitada, tras asistir a su defunción en “Las novelas de Torquemada” -, Guillermina Pacheco, Mauricia “la Dura”, José Izquierdo “Platón”,… Pero, para ser sincero, mis debilidades van por otras sendas aún menos trilladas: José Ido del Sagrario, corredor de publicaciones nacionales y extranjeras, y la Papitos, con su descarado “Feo, cara de pito, memo en polvo”.
    Lo dije no hace mucho, y lo mantengo: ¡Enorme don Benito María de los Dolores Pérez Galdós!
    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

  3. Fotunata y Jacinta no es únicamente una obra maestra; lo más relevante de esta novela es el torrente de vida que desborda las páginas de este libro. Galdós es un genio capaz de crear una historia extensa pero que fluye sin problema.Sin embargo, el mayor acierto de Galdós consiste en la larguísima serie de personajes humanísimos que se interrelacionan en las calles de Madrid y que el autor nos muestra llenos de defectos y de virtudes, igual que cualquiera de nosotros. Ninguno es del todo bueno ni del todo malo. Lo mismo pueden habitar en ellos la avaricia, el perdón, el deseo de maternidad,la envidia,la generosidad… Inolvidables Doña Lupe, Guillermina Pacheco, Maximiliano Rubín y tantos otros… Es posible que en la sociedad de la inmediatez en la que nos ha tocado vivir haga que esta novela pueda parecer demasiado larga, pero yo tuve la sensación, cuando la terminé, de que tardaría en leer algo comparable.

  4. Amigo Molina, y tanto que es inútil insistir en que hay que leer esta novela, (y a Galdós en general), no le van a hacer caso, los gustos de la gente van por otro lado, tienen más que ver con lo superficial y con lo que marca el corte inglés. No hay ni un solo anhelo, deseo, ambición,sueño, servidumbre de los que aparecen en Fortunata y Jacinta que no sigan vigentes en este siglo XXI, pero no es suficiente para que este autor deje de estar considerado, como dice usted, demode

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