Grendel – John Gardner

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Grendel - John GardnerGrendel es una obra sorprendente en varios sentidos: su planteamiento es sencillo hasta el desconcierto, su estructura opta por una linealidad bastante poco utilizada y su protagonista es, en realidad, un ilustre secundario del conocido poema anglosajón Beowulf. John Gardner decidió escribir una obra que se inclina por la reflexión, por la autocontemplación, más que por la acción, y en la que las ideas priman sobre los hechos.

Como bien dice Jon Bilbao en el prólogo, Grendel es una obra «intensamente posmoderna», si bien sus formas se acercan más al clasicismo, muy lejos de los experimentos metaliterarios que otros contemporáneos del autor (Pynchon, Barth) estaban realizando en las décadas de los setenta y los ochenta. Sin embargo, el discurso del protagonista alude de manera constante a sus dudas, a su búsqueda de un lugar en el mundo; Grendel expresa sus discrepancias con lo que ve y lo que cree todo el tiempo, haciendo del discurso una suerte de flujo de conciencia filosófico. Es cierto que el estilo de la narración es muy conservador, pero la audacia de Gardner hay que buscarla en lo que hay tras las palabras.

La novela se puede resumir con rapidez. Grendel es un monstruo que habita con su madre en una gruta y que se dedica a atemorizar al poblado danés que dirige Hrothgar. Sus ataques contra los hombres le llevan a observarles con detenimiento y tratar de comprender las razones que se ocultan tras su —en apariencia— desconcertante comportamiento. Al igual que en la obra original, la llegada de un guerrero de más allá de las mares (el propio Beowulf) pondrá fin a las peripecias del monstruo-narrador. La trama en sí, a decir verdad, apenas reviste importancia; como decía antes, el meollo de la obra son las reflexiones de ese monstruo acerca del comportamiento humano y la posición que él ocupa respecto a lo que conoce.

Y es que Grendel es una criatura profundamente existencial. El hecho de que sea un monstruo y se vea rechazado por cualquier otro ser hace de él una figura solipsista, un narrador introspectivo y curioso que bucea en su mente y observa sin cesar lo que acontece a su alrededor. El caos que desata a su paso no es fruto de una naturaleza bestial sin más, sino que nace de su concepción confusa del mundo; Grendel trata de encontrar un sentido a las cosas que suceden, a su existencia, a las acciones de los otros, pero se topa una y otra vez con una vacuidad desoladora. En el bardo del palacio de Hrothgar cree descubrir una razón para la esperanza: el arte del poeta enaltece los corazones y saca lo mejor de los hombres. No obstante, pronto descubre que esa belleza es ficticia y efímera, que todo lo que le rodea «es mecánico e irracional». Pero Grendel no se rinde: continúa inquiriendo, dudando, porque la fuerza vital que le posee es más impetuosa que cualquier otra pasión. La vida —parece decirnos el monstruo— está constituida por una infinidad de incógnitas, de callejones existenciales sin salida, pero el ansia de experimentar y vivir es demasiado poderosa. Es muy significativo el episodio en el que el protagonista observa trepar a una cabra y trata de echarla abajo lanzándole piedras: el animal, moribundo, persiste obstinado en su empeño. Nuestros actos, nuestras vidas, son inasequibles a la razón. De ahí que Grendel trate de aprender cosas acerca de sí mismo y de los humanos, pero su lucha termina de forma baldía: la comprensión se torna algo demasiado inaprensible.

La novela expone estas y otras tesis con una solidez textual digna de admiración. Gardner crea un personaje tan contradictorio como sugerente, con un apetito desmedido por el conocimiento. Su periplo vital será el reflejo de la imposibilidad de alcanzarlo, y una suerte de trasunto de la existencia humana, entendida como una lucha sin fin en pos de lo inalcanzable. Se disfruta muchísimo la lectura de Grendel, por el sentimiento que encierra y por la hondura de su búsqueda. No les defraudará.

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