Jernigan – David Gates

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Jernigan es la novela de un perdedor; uno de esos perdedores clásicos de la literatura norteamericana, hombres que se autodestruyen por motivos casi irracionales, pero cuyos comportamientos, por extremos que nos parezcan, tienen una tenue conexión con los nuestros; aunque Peter Jernigan sea un personaje casi siempre deplorable, no es difícil tender vínculos emocionales y reconocerse en alguna de sus actitudes más bochornosas. David Gates reconoció (explica en el prólogo) que llevó al límite la construcción de su protagonista imaginando lo peor de sí mismo llevado al extremo, como si el personaje hubiera de ser un compendio de malos hábitos.

A fe que lo consiguió, sin duda. Porque este Peter Jernigan se nos presenta como un alcohólico irredento (de hecho, toda la narración está construida como si de una confesión por escrito —una suerte de ejercicio para curar su adicción— que le obligan a realizar), un egoísta nato y un ser humano incapaz de asumir la más mínima responsabilidad sin que lo eche todo a perder. Su historia arranca con la muerte en accidente de coche de su mujer, alcohólica también; tiempo después parece comenzar un periodo de aparente felicidad cuando conoce a Martha, la madre de la novia de su hijo quinceañero, pero la decisión de mudarse a vivir con ella y los conflictos con el chico empiezan a marcar un tenebroso abismo en el que Peter parece decidido a sumirse.

Los términos “tenebroso” o “abismo” no están usados con intención lírica: para el protagonista no es nada sencillo asumir una situación que reviste estabilidad y su impulsividad le impele a quebrar cualquier atisbo de paz. Sería sencillo para el autor achacar el desquiciamiento de Jernigan al alcohol, pero Gates hila un poco más fino: aunque la bebida hace mella en Peter de manera evidente, lo cierto es que se insinúa de forma sutil que es su propia personalidad la que le impide llevar una vida normal (sea lo que sea que quiera decir eso). Esa peculiar actitud destructiva ante la existencia hace que Jernigan se convierta en un epicentro de destrucción, haciendo que todas las personas que se relacionan con él terminan dañadas de algún modo.

Lo irónico del caso es que la novela es francamente divertida. David Gates ejerce de maestro de ceremonias en un festival de locura y violencia psicológica, porque la cruda verdad es que Jernigan es uno de esos tipos con un extraño encanto del que cualquiera se haría camaradas; de hecho, es en la figura de Tío Fred, su mejor amigo, donde se halla la mirada más explícita y sincera sobre el protagonista. Tío Fred (de nombre real Michael) es consciente del carácter de su amigo, de su palmario problema con la bebida y del dolor que trata de contener dentro de sí y que le impele a comportarse como un animal irracional, pero trata de no juzgarle y, simplemente, se esfuerza por estar ahí. En la camaradería es donde parece que el autor pone la única salvación para su creación, ya que también es el único tipo de relación en la que Jernigan no se siente amenazado por la responsabilidad.

Como es obvio, la figura de Peter es aborrecible, si bien el logro más palpable de Gates es hacer de él un personaje de una profundidad admirable y con el cual es difícil no empatizar de una u otra forma. A pesar de sus obvios defectos, no podemos sino compadecernos por su propia incapacidad para corregir su vida y apreciar algunas de sus escasas cualidades. Jernigan es una novela divertida, pero atroz: la historia de una autodestrucción pormenorizada, de una huida constante y de un fracaso anunciado; y, sin embargo, también de un valor sin límites. Merece mucho la pena afrontar estas contradicciones.

3 Comentarios

  1. No soy fan de la narrativa moderna norteamericana y, no siéndolo, de tanto en tanto me aproximo a ella supongo que con la idea de corregir o reafirmar mis gustos. Invariablemente, bien es verdad, o salgo escaldado o me llevo a cuestas la impresión de haberme echado al coleto una lectura muy próxima a lo que podríamos clasificar como de “usar y olvidar”. “Jernigan”, de David Gates, no es una excepción a la regla, igual que no lo ha sido antes “Henderson, el rey de la lluvia”, de Saul Bellow, libro que precedió a las desdichas y desventuras del antihéroe americano Peter Jernigan.

    Qué trato de expresar cuando apelo a etiquetas como literatura de “usar y olvidar”, pues me refiero a esos libros que, sin llegar a producir arcadas, se digieren con facilidad pero sin aportar nutriente alguno para la materia gris. Lecturas, diríamos, con que acompañar el calor de la playa o el tedio de los viajes en metro. Después, adiós y hasta nunca.

    Este tipo de libros, no sé por qué razón, supongo que porque tratan de retratar al detalle la moderna “american way of life”, parecen más un catálogo de publicidad que otra cosa. El protagonista lleva a su hijo a comer al Mcdonald’s, compra Coca – Cola Light y Colt 45 en el E –Z Mart, pero no en cualquiera sino en el de la avenida Hamilton, arrasa con las existencias de las licorerías: ginebra Gordon’s y vodka Absolut, sus favoritas, compra los regalos de navidad en Hickory Farms o The Gap, se despanzurra en un sillón Morris mientras se mama todos los capítulos de Star Trek,… Lo único que lo humaniza un poco es la ayuda que presta a su media naranja, – mejor sería decir medio limón -, a liquidar, con una pistola calibre 22, a los pobres conejos que crían en el sótano. Un tipo de matadero clandestino, es cierto, pero muy moderno.

    El nomenclátor publicitario empleado por el libro es tan extenso y variado que uno acaba teniendo la sensación de conocer a la perfección todos los artículos “made in U.S.A””. Vamos, que no veo la televisión para abstraerme de la sociedad de consumo que por todas partes nos rodea, y ésta, va y me asalta desde las páginas de un libro.

    Lo mejor de la novela, la reseña no engaña, el protagonista, un tipo tan íntegro que no se apea de su ideario: alcohol, Ibuprofeno y píldoras anticonceptivas, ni con las sesiones de Alcohólicos Anónimos a que se somete. En demérito de “Jernigan” que tanto el tema como el personaje creado están manidos hasta la saciedad, especialmente dentro de la novela norteamericana.

    Libro ligero, como digo de “usar y olvidar”, para adentrarse plácidamente en los calores del verano que se aproxima. Eso, y poco más.

    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

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