Jóvenes y guapos – Aloma Rodríguez

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Permítanme comenzar esta reseña con una breve reflexión. Aunque hace un tiempo se sostuviese lo contrario (y aun cuando haya todavía quien lo afirme), parece que el género del cuento goza de buena salud en España; tanto es así que las novedades dentro del género breve aparecen como rosquillas y sólo hace falta darse una vuelta por las librerías (o por las páginas web) para observar esta evidencia. Ahora bien: ¿el hecho de que haya muchas publicaciones guarda relación con la calidad de éstas? Por supuesto, la respuesta es un rotundo no. Uno tiene la sensación de que una gran cantidad de escritores (sobre todo de aspirantes a escritores, y que nadie se moleste por la etiqueta) se atienen a este género simplemente porque «es más fácil»: parece estar al alcance de casi cualquiera tramar un relato breve con pocos mimbres (porque ya está todo dicho, ya saben) y no requiere de una planificación tan exhaustiva como una novela, ese artefacto tan pasado de moda. La adscripción, además, a ese postmodernismo finisecular que convirtió el despojamiento y la sobriedad en el súmmum del cuento, hace que con apenas cuatro descripciones y algún personaje que fuma y bebe tengamos el asunto resuelto en un pis-pas.

No quiero decir con todo lo anterior que los relatos de Jóvenes y guapos sean necesariamente malos, o que Aloma Rodríguez peque de los vicios expuestos. Sin embargo, y exceptuando un par de textos, la verdad es que los cuentos que componen el libro adolecen de una planitud desoladora. Está claro que la autora juega con un estilo sobrio y minimalista que apunta al sentimiento en su estado más crudo, pero esa aridez termina por ahogar las historias y las convierte en meras recapitulaciones.

Las protagonistas de los textos (todas, en realidad, podrían ser más o menos el mismo personaje) pasan por diferentes situaciones y se codean con más gente; la narración se limita a mostrar acciones y gestos, si bien se permite algunos indicios de subjetividad al estar todas las historias en primera persona. A pesar de la cercanía que esto podría generar, los relatos son fríos y mecánicos, sin vida, y los conflictos que presentan apenas generan emoción: las historias los abordan de forma muy burda (incluso en algunas el conflicto apenas se presenta de manera creíble) y no ofrecen un clímax interesante, sino que confían en la asepsia narrativa para que el lector afronte las posibles conclusiones.

Está claro que Rodríguez apuesta por un estilo descarnado y con muchas posibilidades, pero olvida que tejer una historia implica mostrar ciertos elementos, siquiera de forma velada. No basta con poner en escena a unos personajes y hacerlos moverse de acá para allá; no basta con introducir una situación problemática con el fin de suscitar cierta intriga; no basta con elaborar un lenguaje cercano y contemporáneo. Hay que saber dónde se quiere llegar y que facetas del ser humano queremos revelar; la mera exposición de hechos y presentación de personajes no consigue involucrar al lector y, de hecho, ni siquiera otorga una profundidad narrativa al texto.

El problema con muchos de los relatos de Jóvenes y guapos es que no pasan de ser escenas impostadas, minúsculos detalles de un algo mayor que parece que la autora no quiere o puede abarcar: de ahí que la sensación generalizada sea de desidia o insolvencia. Sólo en el último de ellos, «Delfines», Rodríguez dota de hondura a los protagonista y nos implica emocionalmente en la situación que pone en marcha; la narración sobria y concisa consigue en esta ocasión dejar un hueco para el sentimiento, y los personajes resultan más redondos y complejos que en el resto de piezas.

En general se puede decir que Jóvenes y guapos es una apuesta fallida: sobre todo por el estilo escogido, que no se aplica de forma correcta, pero también por la falta de perspectiva a la hora de afrontar situaciones y escenas. Aloma Rodríguez se refugia en la concisión para evitar exponer ideas o crear ambientes, tratando de que la sobriedad salve los muebles por sí sola. Quizá ya está llegando el momento de cambiar la visión de la literatura y arriesgarse con otros estilos y, sobre todo, con otros temas: quizá ya está llegando el momento de dejar de mirarse el ombligo y empezar a mirar la vida de nuestro alrededor, que es donde, al fin y al cabo, suceden las cosas importantes.

2 Comentarios

  1. Menos mal que alguien comparte mi visión de la obra de Rodriguez, pensaba que estaba volviéndome loca delante de tanta crítica positiva a un material que tiene la misma sensibilidad y el sentido que un tronco de olmo muerto. Me parece de encefalograma plano.

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