Knockemstiff – Donald Ray Pollock

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Knockemstiff - Donald Ray PollockUno ha leído muchos libros de relatos; muchos libros de relatos de autores anglosajones, y estadounidenses en particular. Aunque, como es lógico, hay una gran variedad de estilos, lo cierto es que la narrativa breve de los últimos veinte o treinta años acusa una uniformidad que tildaré (siendo benévolo) de tediosa. La herencia de Raymond Carver y John Cheever parece demasiado pesada para evitarla o sortearla, y los ejemplos de escritores que repiten esquemas y perpetúan estilos son tantos que sería una odisea el rememorarlos.

Valga esta introducción para señalar que Knockemstiff significa un cambio en esos parajes narrativos. No quiero decir con esto que Donald Ray Pollock haya escrito una obra cumbre de la literatura y que esta recopilación de relatos vaya a sentar las bases de algo (el tiempo lo dirá); pero sí que me parece que este autor nos ofrece una mirada original que arroja una nueva luz sobre personajes y conflictos. Bien es verdad que el campo de acción de Pollock parece limitarse a un tipo de ser humano muy concreto, pero hay mucha más verdad de lo que parece en estas historias sobre degenerados sociales y perdedores compulsivos.

Knockemstiff es un libro violento: no sólo en un sentido físico (tenemos peleas, violaciones y muertes), sino —sobre todo— en un plano psicológico. Los personajes que pululan por este remoto pueblo de Ohio son tan abominables, tan crueles, tan ruines, tan deplorables, tan abyectos… que sus comportamientos y decisiones provocan una suerte de violencia que está más allá de su manifestación en el mundo real. No es tanto que este hatajo de perdedores irredentos nos causen malestar por sus actos, aunque esto es un hecho evidente desde la primera página («Mi padre me enseñó a hacer daño a la gente una noche de agosto en el autocine Torch cuando yo tenía siete años.»), sino que se desprende de sus personalidades que hay algo que los emparenta con cualquiera de nosotros y que preferiríamos que no existiese; la violencia es mental porque apela a ese algo, haciendo que las escenas más salvajes y los actos más impuros tengan un terrorífico aire familiar.

Pollock retrata a seres humanos llevados a sus últimas consecuencias: yonquis desesperados que hacen (literalmente) cualquier cosa por una miserable anfeta; madres prematuras rendidas a su funesto destino antes de la treintena; adolescentes cuya perspectiva de futuro no va más allá de beberse unas cervezas y acostarse con una pueblerina borracha en el asiento trasero del coche de sus padres; alcohólicos que reabren sus heridas con fruición con cada trago de whisky barato…; la lista es larga e igualmente repugnante. Pero el autor nos ofrece, entre tanta mezquindad, una mirada compasiva sobre esos seres: sus existencias son la metáfora cruda y llevada al extremo de la soledad del hombre moderno; una metáfora repleta de sangre, bilis y alcohol, pero tan verdadera como la que más.

Knockemstiff busca el impacto directo al lector: una suerte de K.O. en la batalla que supone la lectura. No hay concesiones, no hay redención, no hay esperanzas. Los habitantes de este remoto lugar están condenados a ese ostracismo brutal que se revela en cada uno de los relatos con la eficacia de un documental sobre naturaleza salvaje. La violencia de la que hablaba parece fruto del entorno, un funesto destino que entronca con la más fiera lucha por la vida que se haya visto jamás. Pero Pollock introduce elementos de humanidad en todos y cada uno de los personajes, haciéndonos ver así que el futuro de todos ellos, si bien difícil de sortear, no está prefijado: las decisiones están al alcance de la mano, pero la obstinación o la ceguera que nos caracteriza a todos terminan por contribuir a que todos estos seres humanos escojan el peor camino de todos los posibles.

Es difícil resumir en pocas palabras el alud de emociones que suscita la lectura de Knockemstiff. Sólo puede decirles una cosa: léanlo; pocas veces la repulsión puede ir de la mano de un (gran) placer literario. Y ésta es una de ellas.

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