Lecciones para el inconformista aturdido en tres horas y cuarto – Irene Lozano

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Titulado, en verdad, Lecciones para el inconformista aturdido en tres horas y cuarto por un ensayista inexperto y sin papeles, este libro acomete la acuciante tarea de mostrar al lector la necesidad que tiene la izquierda de encontrar su posición dentro de un panorama político que tiene poco de complejo y mucho de depredador. Irene Lozano ofrece una visión bastante desoladora de la situación en la que se encuentra la izquierda en nuestra sociedad y, aunque proporciona muy pocas alternativas o soluciones, sí que esboza los hitos que se deberían perseguir para poder servir como alternativa sociopolítica.

La palabra «aturdido» tiene mucho que decir en este ensayo, ya que así califica la autora a una parte de la izquierda caracterizada por unos «sentimientos políticos amorfos cuyos flujos y reflujos facilitan el avance de las ideas contrarias». Este aturdimiento afecta por igual a gentes de diferente posición social, gente que siente como suyas ideas que han sido «vapuleadas por la historia», como la igualdad social o la intervención del Estado en la economía, o bien secuestradas por el discurso de derechas, como la libertad o la igualdad. Es, en pocas palabras, una persona con corazón, pero sin cerebro. Frente a estos Lozano sitúa a los izquierdistas sensacionalistas: dirigentes que se dicen de izquierda y practican políticas de derecha, haciendo hincapié en problemas sociales, pero siempre manteniéndolos alejados de su dimensión social y económica. Se amparan en la carencia de alternativas viables, como ocurrió al prestar dinero a los bancos durante el rescate financiero de la crisis económica del 2008, aunque precisamente su papel como ideólogos o dirigentes es encontrar soluciones y hallar nuevas vías. Extraer ejemplos concretos de todo esto no es difícil: prueben ustedes mismos.

La autora apuesta por «recuperar los principios progresistas de igualdad, libertad, universalidad y razón», las ideas-fuerza del izquierdismo; recuperar en un sentido estricto, ya que uno de los fantasmas que acosan a esa izquierda desnortada es el pasado. Éste es visto como una etapa a superar, cuando no a olvidar, ya que suele encerrar equivocaciones e injusticias, y además se identifica con la tradición, palabra proscrita del vocabulario político contemporáneo. Irene Lozano apunta que el pasado puede hacernos aprender de nuestros errores y reavivar los ímpetus rebeldes que tuvimos en nuestra juventud; esto, aplicado a la izquierda, significa que volvería al discurso más reivindicativo desde el punto de vista social, en lugar de acomodarse al entorno capitalista.

Amparándose en algunos pensadores y escritores, la ensayista nos recuerda que la «idea de progreso se encuentra indisolublemente anudada a la de igualdad», y que, por lo tanto, sólo se puede considerar progresista aquello que conduce hacia la eliminación de las desigualdades. Es tarea de la izquierda recuperar ese concepto de progreso y confrontarlo con el del capitalismo, que nos ofrece una constante revolución tecnológica ajena a la humanidad y preocupada tan sólo por amasar riqueza fácil. Y parafraseando a Condorcet, recuerda que tres puntos claves de cualquier discurso progresista son la igualdad de todos, la autonomía de cada uno y el conocimiento generalizado.

Este discurso, no obstante, choca con la realidad de una clase obrera muy diferente de la de comienzos del siglo XX; hoy día, lo más parecido sería lo que Lozano denomina «burgueses proletarizados», personas que, aun manteniendo —con ligeras diferencias— la misma categoría social de antaño, han podido vivir como burgueses gracias a su condición de asalariados. El burgués proletarizado «ha llegado a creer que lo realizable para el poder hegemónico mediante el abuso y el desorden es alcanzable para él mediante el trabajo, el consumo y las deudas». De ahí que sea importante hacer que el mensaje encuentre un receptor y que éste entienda los principio que regirían la actuación posterior. Para ello sería muy importante contar con intelectuales que cuestionasen el poder, que pusiesen en tela de juicio las políticas que se llevan a cabo y que aportasen visiones enriquecedoras y constructivas; algo, por desgracia, que no se da demasiado en nuestros lares. Quizá por ello la idea de rebeldía, otro pilar clave en la ideología progresista, haya sido también usurpada por la derecha, que secuestra el impulso de cambio para enfocarlo sobre conceptos interesados (la necesidad de expulsar a los inmigrantes, por ejemplo).

La inutilidad de los representantes políticos es evidente, pero la apatía ciudadana y la pobreza intelectual han coadyuvado a ello; el verdadero dirigente es el poder económico, el capital. La pantomima democrática que el poder ha tejido hace que creamos «que influimos en el gobierno de nuestras naciones, pero en realidad sólo vamos cambiando al cómplice». Ese capital que trata de aburguesarnos a todos ha conseguido, en verdad, poner una venda sobre nuestros ojos para que depositemos nuestra confianza en la tarjeta de crédito y la hipoteca: «ha erradicado al proletariado en cuanto conciencia periférica, pero lo ha salvado como mano de obra barata y abundante.»

Irene Lozano expone con mucha claridad estas ideas, si bien la posibilidad de solucionarlo queda, como es lógico, en nuestras manos, en nuestras voluntades. Es una lástima que el libro, en extremo interesante, quede un tanto afeado por el estilo escogido por la escritora, que utiliza la figura del ensayista (su pretendido alter ego) durante el texto para cuestionarse algunas tesis; esto sólo sirve como distracción y entorpece la lectura, abriendo paréntesis dentro de las reflexiones y apartando al lector de lo esencial. A pesar de ello, el libro bien merece la pena, sobre todo por el sentido común (siempre tan necesario) que encierra.

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