La mesa puesta – Manuel Abacá

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La mesa puesta - Manuel AbacáDicen que hay que ser indulgentes con los libros primerizos y fijarse más bien en las posibilidades que demuestre el autor para valorar la obra. Esto puede ser cierto o no, pero uno lo trae a colación porque La mesa puesta es un primer libro flojo y desmañado, pero su autor, Manuel Abacá, apunta maneras por su especial sensibilidad para las situaciones conflictivas.

En este librito encontramos ocho relatos que, aunque no estén relacionados de manera directa, se entrelazan por las características de sus personajes y, sobre todo, por los conflictos que plantean. La mesa puesta se centra en esos momentos que suelen pasar desapercibidos por su nimiedad (momentos nada heroicos, nada importantes), pero que encierran tras esa pátina de cotidianidad una carga de profundidad emocional.

Los protagonistas de los diferentes textos se enfrentan a situaciones más o menos convencionales (una cita, una noche de juerga, una vuelta a casa, un partido de fútbol) que, paradójicamente, también conllevan un cambio importante en su manera de ver el mundo. Las relaciones padre-hijo o de pareja, el paso de la adolescencia a la madurez o la asunción de los propios límites son hechos capitales que Abacá hace transitar por estas páginas, pero que el lector apenas advierte. La forma de presentar los cambios, los conflictos, es tan sutil como las aprentemente banales conversaciones que tienen lugar, o las acciones mundanas que llevan a los personajes a la barra de un bar o a dar una vuelta por su pueblo.

El problema estriba en esa sutileza con la que el autor afronta la presentación de los conflictos. La fuerza que podría entrañar el abordar los problemas se diluye por la excesiva vaporosidad, por un acercamiento que soslaya una exposición certera y se limita a mostrar atisbos, frases o imágenes; si bien es cierto que la insinuación es un elemento narrativo poderoso, en esta ocasión su impacto queda inutilizado debido al alejamiento que Abacá emplea para escribir acerca de determinados hechos. Esa lejanía resta potencia a la historia y la deja convertida en mera anécdota, de la cual el lector puede o no extraer conclusiones o ideas. El autor tiene la idea, pero no la plasma con contundencia y armonía; todos los relatos hacen gala de un fondo endeble, tenue, que cercena la posibilidad de profundizar en la acción. Se intuyen los mimbres del cesto, pero el contenido es invisible.

De ahí que uno considere La mesa puesta como un libro fallido. Manuel Abacá tiene una sensibilidad especial para los detalles, pero su narrativa aún no está a la altura de la naturaleza de sus percepciones. A la incapacidad de afrontar los conflictos narrativos (o bien la decisión expresa, que todo puede ser) hay que sumar un estilo directo, pero algo descuidado: frases como «Que yo sepa, para saber si la luz de una habitación está iluminada nadie mira los filamentos a las bombillas, le vale con el reflejo» dan cuenta del tono desmañado del libro. La narración es sencilla y apela a la claridad, pero en ocasiones transmite una sensación de vacío, de frialdad, de simplicidad.

Con todo y con eso, sí es cierto que tras la lectura de La mesa puesta queda la sensación de que su autor puede ofrecer más, bastante más. Así pues, tomemos esta colección de relatos como un comienzo dubitativo y confiemos en lo que deparará el futuro.

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