La revolución del arte moderno – Hans Sedlmayr

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La revolución del arte moderno - Hans SedlmayrAunque publicado ya hace más de medio siglo, en 1955, “La revolución del arte moderno” sigue permitiendo a los lectores contemporáneos asomarse a la formación de las distintas vanguardias artísticas de comienzos del siglo XX y comprenderlas un poco mejor. Hans Sedlmayr esboza en este ensayo los principios que rigen la evolución de algunas corrientes y pone en evidencia algunos de sus fallos, de sus contrasentidos o de sus carencias.

Sedlmayr parte de la base de que todo el ‘arte moderno’ (que, básicamente, sería aquél que se desarrolla a en los albores del siglo XX) tiene cuatro premisas fundamentales. La primera y más importante es el afán de pureza, que significa la liberación de los elementos de todas las demás artes. Eso, considera el autor, es un absurdo, puesto que en ese caso se perseguiría un arte absoluto, pero no puro, ya que se renuncia a la aportación de diferentes disciplinas para enriquecer la creación. Así, tenemos la pintura abstracta, que persigue la renuncia al significado y a la descripción, pero que se ancla de forma inevitable a ellos. La pintura no figurativa siempre representa algo, tenga significado o no, pero en caso de no tenerlo la percepción que se alcanza es plenamente subjetiva; según Sedlmayr, esto hace que pierda valor absoluto, ya que sólo puede tener un efecto estético, puesto que «el gusto, el único al que corresponde la valoración estética, es en definitiva el elemento subjetivo de lo estético». Cuando se trata de evitar esto asignando valores objetivos a los elementos de una obra, se pierden los elementos artísticos, por lo que se llega a una paradoja de difícil solución. No es difícil advertir que para Hans Sedlmayr, ciertas tendencias del arte puro no son más que balbuceos infantiles.

Este afán de pureza y autonomía conduce el puro esteticismo, al culto de lo bello artístico en sí, desentendido de todo y autosuficiente. Un esteticismo así comprendido termina por degenerar, incluso por desaparecer. Son proféticas unas palabras de Friedrich Schlegel, allá por 1799: «[En un arte orientado exclusivamente al aspecto estético] el gusto, acostumbrado cada vez más y más a los antiguos estímulos, codiciará, forzosamente, estímulos cada vez más fuertes e intensos. Muy pronto pasará a lo picante y lo chocante. Lo picante es aquello que estimula convulsamente una emoción aletargada; lo chocante, por su parte, constituye un estímulo similar para la fuerza de la imaginación. Ambos constituyen las señales de una muerte próxima. El final es el alimento inconsistente de lo impotente, mientras lo chocante, lo mismo si es extravagante, nauseabundo u horrendo, constituye la última convulsión del gusto agonizante.»

La segunda premisa es la admiración por la geometría pura, en un intento por asimilarse a la tecnología que auguraba grandes creaciones a comienzos del siglo XX. Esto generó movimientos como el cubismo en pintura o el constructivismo en arquitectura, con Piet Mondrian como máximo exponente, con sus cuadros lineales y coloristas.

La tercera premisa es la consideración del absurdo, la locura o lo irracional como formas de arte, o como elementos compositivos básicos de la obra de arte. Se utilizan objetos o elementos desplazados de su contexto natural como integrantes de la creación artística; también se recurre con frecuencia al inconsciente como motivo inspirador. El claro representante de esta premisa es el surrealismo, con los cuadros oníricos de Salvador Dalí o los ready made de Marcel Duchamp. No obstante, el automatismo (la ausencia de genio, el que cualquiera pueda usar esos elementos para crear una obra de arte) de estos artistas, según el autor, convierte sus creaciones en banales y falsarias, puesto que pretenden hacer arte alejándose de la misma idea de arte; sólo subvirtiendo sus propios principios podrían adquirir entidad como artistas, y no sólo como meros creadores.

La cuarta y última premisa es el retorno a los orígenes espirituales, a lo más profundo del alma, con el objetivo de alcanzar una pureza original. Este es el proyecto del expresionismo de Paul Klee o Franz Marc. Se busca lo original en lo primitivo, lo ancestral, lo mitológico y lo sensual, tratando de elevarse hacia un arte puro en su sentido más humano. De acuerdo con Sedlmayr, estos artistas corren el riesgo de confundir la creación con una nueva forma de culto o de religiosidad, y su ideología es vaga y oscura, puesto que persiguen el mito sacrificando la razón, lo cual degenera en un arte decorativo y superficial.

Para Hans Sedlmayr, lo importante de esta revolución que el arte llevó a cabo en aquella época es que el arte deja de ser arte, en tanto renuncia al elemento humano y se somete a poderes extra-artísticos (la tecnología, el mito, la locura…). El arte pasa a ser algo provisional o accesorio, algo superado (como la filosofía o la religión, en cierto modo), pero el verdadero arte moderno se enfrenta con esa tendencia y reafirma su voluntad de pervivencia y pertinencia. Termina Sedlmayr: «Existe el arte moderno como resultado de aquellas confrontaciones entre un tipo de arte y el mundo moderno, en las que el arte no se somete a las exigencias totalitarias de la “modernidad”, sino que afirma su inalienable “derecho natural” e incorpora en sí mismo lo nuevo». Así pues, y a pesar de las evidentes críticas, deja la puerta abierta a un arte que se conciba como independiente, audaz y crítico. Algo que no parece que haya ocurrido, aunque no sabemos qué opinaría el autor hoy día…

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