París era una fiesta – Ernest Hemingway

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París era una fiesta - Ernest HemingwayHay escritores que despiertan expectativas que después se ven frustradas durante la lectura de sus obras. En el caso del que suscribe, esto es lo que casi siempre ha ocurrido con Ernest Hemingway, un autor al que se considera un referente de la literatura del siglo XX, pero que a uno le provoca indiferencia, aburrimiento y en ocasiones hastío. En el caso de París era una fiesta la sensación general es de irrelevancia: lo que pretende ser un libro de memorias o una suerte de cuaderno de campo acerca de la estancia en la capital francesa del escritor a comienzos del siglo XX, resulta ser un compendio de anécdotas sin importancia, sucesos absurdos y opiniones ligeras sobre las personas con las que se relacionaba. Un libro que se centra mucho en lo que su narrador piensa acerca de su propia escritura, lo cual podría ser interesante, pero que aborda todos los temas con una mezcla de candor y fatuidad que desarman a cualquier lector avezado.

El libro se estructura en capítulos en los que el narrador/Hemingway se centra en algún personaje o suceso que acaecieron durante sus años en París en la década de los 20 del siglo pasado; un tiempo en el que la ciudad se convirtió en un referente cultural al atraer a múltiples intelectuales de todas las nacionalidades. Así, tenemos retratos de Gertrude Stein, Ezra Pound, Ford Madox Ford o Francis Scott Fitzgerald (¿intelectuales de otras nacionalidades? No los busquen…); retratos, eso sí, trazados con una ingenuidad propia del autor: bocetos, rasgos que destaca por encima de otros, pero que más que mostrar al ser humano que se esconde tras la figura pública, lo que hacen es decirnos más sobre la persona que escribe; es decir, vemos al Scott Fitzgerald que veía el narrador/Hemingway, no al auténtico Scott Fitzgerald.

Se puede apuntar que esto es algo evidente, dada la imposibilidad de emitir juicios meramente objetivos. Y sería verdad. No obstante, hay una gran diferencia entre hacer el retrato de un personaje con la intención de describirlo u ofrecer información acerca de cómo es, e introducir un personaje en una obra con el propósito de contraponerlo al narrador para ofrecer una mejor imagen de éste. Esa es la impresión que uno se lleva en París era una fiesta: que los personajes secundarios están puestos ahí para mayor gloria del narrador, ya que en sus opiniones sobre ellos sólo entresacamos los vicios, los defectos, las impurezas, los fallos y las aversiones. Frente al protagonista y narrador, enfrascado en una lucha constante por convertirse en un mejor escritor, los demás parecen meras apariciones circunstanciales: petimetres orgullosos como Ezra Pound; apocados y manejables como Scott Fitzgerald; altivos pontificadores como Gertrude Stein… y así con todos. Sólo el narrador parece mantener cierta pureza en su camino hacia la perfección; los elogios que reparte, que son pocos, casi parecen una concesión a esas antiguas amistades.

Lo cierto es que todo el libro es inane y lineal, con anécdotas poco relevantes y una escritura monótona, que no provoca curiosidad ni empatía en el lector. Hemingway casi siempre le deja a uno la impresión de algo inacabado, de algo que “pudo ser”, pero no fue; el narrador lo ilustra muy bien cuando recuerda su primera lectura de Katherine Mansfield:

En Toronto, antes de haber estado nunca en París, oía yo decir que Katherine Mansfield había escrito buenos cuentos, había incluso escrito grandes cuentos, pero cuando quise leerla después de conocer a Chéjov me parecía oír los relatos pulcros y artificiales de una solterona joven, comparados con lo que puede contar un médico de mucha inteligencia y experiencia, que además era un escritor bueno y sencillo.

Con unas cuantas lecturas a la espalda uno también cree que Hemingway no está entre esos escritores imprescindibles sin los cuales nuestra relación con la literatura es incompleta. Más bien lo considero un aspirante que regaló algunas buenas historias, pero poco más. Lean París era una fiesta y juzguen ustedes mismos.

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1 Comentario

  1. Totalmente de acuerdo. Pésima escritura de Hemingway, pésima traducción de Gimferrer y aburrimiento, anécdotas triviales contadas sin ninguna gracia… Una narración “muerta”, fragmentaria, inacabada, llena de rencor hacia los personajes que se cruzan, sin alma, superficial… Para “vivir” en los maravillosos años 20 infinitamente mejores el Gran Gatsby de Scott Fitzgerald o la Cábala de Thornton Wilder, eso sí es literatura con mayúsculas!

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