El Paraíso de las Damas – Émile Zola

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El Paraíso de las Damas - Émile ZolaApasionado por los progresos de su tiempo, Émile Zola buscó dejar constancia de ellos en su obra, representando los cambios que los avances en los diferentes campos producían ya fuera en el hombre como individuo, ya en la sociedad como conjunto. En ese sentido debe entenderse El Paraíso de las Damas, novela perteneciente al ciclo de los Rougon-Macquart, en la que el autor recogió la aparición y auge de los primeros grandes almacenes franceses.

El Paraíso de las Damas es la historia de Denise, una joven huérfana que llega a París desde provincias y empieza a trabajar en unos grandes almacenes. Habiendo trabajado como dependiente de pequeño comercio en su ciudad de origen, la joven queda fascinada por la nueva manera de vender del comercio moderno. Denise es una especie de cenicienta que, a pesar de empezar desde lo más bajo, logrará hacerse un hueco en el despiadado mundo de las ventas a comisión.

Con esta novela, Zola narró la lucha desigual que a finales del siglo XIX se entabló entre el comercio tradicional y el gran comercio. El escritor describió con el detalle que le es característico las novedades que el comercio moderno había introducido: los precios baratos, las rebajas y las devoluciones, las ventas a comisión, la publicidad o el fin de la especialización en favor de una aturdidora mezcla y acumulación de mercancías. Y para ello inventó, basándose en los grandes almacenes que por entonces empezaban a abrirse en París, el dinámico universo de El Paraíso de las Damas, una perfecta maquinaria de venta ideada por Octave Mouret.

Mouret es el ejemplo del hombre de acción, modelo ideal de las postrimerías del siglo XIX, al que Zola representa como un entusiasta del progreso, un luchador, un hombre hecho a sí mismo anhelante de acabar con la oscuridad y el atraso de épocas precedentes. Su deseo es colaborar en «el gigantesco tajo de la era contemporánea». Y ganar dinero, por supuesto. En Mouret se esboza el hombre de negocios tal como se desarrollará a lo largo del siglo XX y con él se comprenden los cambios que la sociedad sufriría a partir de entonces.

En El Paraíso de las Damas el lector asiste al nacimiento del gran comercio, que fue creado pensando en explotar los deseos e impulsos de la nueva burguesía urbana; para la que también se remodelaba el antiguo trazado de las ciudades, abriendo nuevas avenidas allí donde antes había angostas callejuelas. Pero las novedades del fin de siglo no afectaban solo al urbanismo y el comercio: toda la cosmovisión se modificaba al ritmo que marcaban los nuevos tiempos. Así por ejemplo, Mouret, representante de la modernidad, lo es también del más cínico utilitarismo, lo que le lleva a despreciar la formación: la única ciencia que necesita el hombre es la de saber hacer grandes cantidades de dinero.

Evidentemente, Zola se dejó llevar por el entusiasmo, pues toda la novela es un canto al triunfo de esa nueva manera de entender no solo la compraventa, sino la sociedad entera. Ello a pesar de consignar la parte amarga de ese rutilante desarrollo: las pésimas condiciones de los asalariados del comercio, que podían trabajar tan solo a cambio de comida y cama, la inhumana competencia de las ventas a comisión, los despidos en masa en las temporadas de ventas bajas, las jornadas laborales de trece horas o la ruina de los fabricantes, obligados a producir al precio que les marcaban los nuevos comerciantes. Pero el francés parece no dar importancia a esa fea realidad, ocupado como está en ensalzar las bondades de la venta en los grandes almacenes.

Sin embargo, quedémonos con la capacidad del escritor para recoger en la novela la realidad polifacética de una sociedad que evolucionaba rápidamente. Las peripecias de Denise sirven para ilustrar la complejidad del momento: el funcionamiento en detalle de unos almacenes, la lenta agonía del pequeño comercio, el cambio de la ciudad, el nacimiento de los consumidores tal como los entendemos hoy… y todo ello imbricado en una trama algo previsible pero no por ello menos interesante.

El Paraíso de las Damas es una historia de amor con final feliz, cosa poco usual en Zola, que siempre gustó de introducir en sus novelas un determinismo ciego que arrollaba a sus protagonistas. Sin embargo, a Denise la aguarda, al final de incontables sinsabores, el premio a su virtud. Aunque el escritor disfraza el acostumbrado galardón a la mujer honrada con el ropaje de una recompensa a la sensatez y al sano sentido de la verdad y la justicia que caracterizan a la joven a lo largo de la novela, lo cierto es que no es sino una historia más donde la heroína que preserva su virginidad recibe su retribución en forma de matrimonio.

Apunten pues este título como una interesante lectura para conocer cómo nació el consumo, esa nueva religión de la que resulta tan difícil apostatar. Nada mejor que las prolijas descripciones de Émile Zola para retratar sus templos y su liturgia.

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3 Comentarios

  1. Es este, “El Paraíso de las Damas”, un libro tan irreconocible, tan diferente a todo lo anteriormente leído de Zola, que, a su conclusión, no tuve más remedio que recurrir al corto prólogo de las traductoras para tratar de hallar un porqué a la edulcorada historia de Denise. En él se halla la respuesta y la explicación a todo: “Zola había pasado por una fuerte crisis de pesimismo entre 1880 y 1881 y Au Bonheur des Dames constituyó algo así como una revancha, como un exorcismo, un canto a la vida triunfante encarnada en la actividad moderna. Dicho con sus propias palabras, deseaba mostrar la dicha de actuar y el gozo de estar vivo”.

    Sólo un trance como ese puede explicar un cambio tan radical, sólo así se entiende que el dramatismo y la violencia, muchas veces explícita y otras contenida, que impregnan casi todas sus obras se truequen en un romanticismo melifluo, más propio de una novela de Corín Tellado que de su aguda pluma. Por echar mano de un símil fácil, el Zola del comercio de tejidos se parece más a un corderito indefenso que a un lobo feroz, azote de la burguesía francesa de finales del siglo XIX: sus temidas dentelladas han sido suplantadas por unos cándidos balidos.

    Y no es que la obra no ahonde en análisis sobre el nuevo modo de ventas, el de los grandes almacenes, que por entonces irrumpía con inusitada fuerza, lo que ocurre es que las conclusiones, vistas más de cien años después, se nos antojan como el compendio total, ahíto de errores, de cualquier alma ingenua. A pesar de reconocer las perversiones del sistema, refiriéndose a Mouret, nos indica: “… su sueño era basar la organización del establecimiento en sacarles partido a los apetitos ajenos en pro de la satisfacción fácil y completa de los propios” o “Le parecía de perlas recurrir una vez más a la lucha por la vida”; se inclina descaradamente por la bondad de las metas que tal sistema persigue: “… la lógica evolución del comercio, las exigencias de los tiempos modernos, la grandeza de esos nuevos hallazgos y, por fin, el creciente bienestar del público”. Qué adicción no creará la incipiente doctrina en uso que hasta la angelical Denise, desvalida huérfana, más propia del cuento de Cenicienta que del tráfago de unos grandes almacenes, llega a afirmar: “Los precios ya no los fijan medio centenar de casas, como antes, sino tan sólo cuatro o cinco, que han logrado abaratarlos gracias a la cuantía de sus capitales y a la fuerza de su clientela… Pues mejor para el público, qué le vamos a hacer”. Ay, ay, el público, cuántas veces no habremos oído ya esa muletilla del público….

    Lo que es indudable, – Denise, así lo confirma con sus postulados -, es que, hace ya más de un siglo, el sistema capitalista no paraba de reinventarse, a la economía de mercado, sustentada siempre en las loadas fuerzas de oferta y demanda y libre competencia, le estaban surgiendo ya comportamientos que hoy en día nos son muy reconocibles. Nada hay tan viejo, ni a la vez tan nuevo, en la historia del mundo como la codicia y el poder del dinero.

    Dejando aparte el poco convincente ideario de “El Paraíso de las Damas”, estamos ante un libro, que aun siendo, en mi opinión, menor dentro de la obra literaria de Zola, es entretenido y se lee prácticamente de una sentada. Si las ideas del escritor francés son diferentes, su prosa es la de siempre, fluida, minuciosa hasta el más mínimo detalle, con cuidados y largos párrafos que describen a la perfección tanto el funcionamiento de la máquina de hacer dinero, regentada por Octave Mouret, como las inquinas miserables de los empleados que hacen posible todo el engranaje. Ah, y si alguien es neófito, como a mí me ocurre, en el mundillo de las telas, ya puede ir preparando un diccionario para diferenciar el ruan de la cretona, el retor del terciopelo o el pongi del surá.

    Lo dicho, una obra menor pero capaz también de aportar agradables y placenteros momentos de lectura. No hay fórmula mejor que ésta para aliviar las gélidas tardes de este invierno.

    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

  2. En la inacabable lista de pendientes tengo precisamente está obra de Zola, pero en la 2ª edición de clásicos de DEBOLS!LLO. Como curiosa coincidencia, la traducción de María Teresa Gallego y Amaya García es una cesión de derechos de Alba Editorial. Ya compartiremos opinión sobre el libro cuando lo lea. Un fuerte abrazo, Sra. Castro.

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