Viaje a Rusia – Joseph Roth

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Viaje a Rusia - Joseph RothEn «Viaje a Rusia» encontramos de nuevo al Joseph Roth cronista, autor de un periodismo expresivo, exquisitamente literario pero capaz a su vez de arrojar una luz viva sobre la realidad que retrata en cada artículo. Tal vez la causa de esa exquisitez resida en la mezcla de idealismo y lucidez que intuimos en Joseph Roth y que le llevó a interesarse por cuánto ocurría a su alrededor desde una postura inteligente y humana.

Porque lo extraordinario de las crónicas de Roth es que podemos percibir que son un reflejo del intento que el propio autor hace de explicarse y comprender el mundo, más que una visión unilateral del mismo que tratase de imponerse al lector de sus artículos y que fuera expresada de manera prepotente.

Como la mayoría de los intelectuales de su época, Joseph Roth se interesó vivamente por la Revolución rusa de 1917 y posteriormente por los cambios políticos y sociales que ésta había engendrado, y su viaje en 1926 como reportero para el Frankfurter Zeitung le dio la oportunidad de recorrer un país completamente transfigurado.

Las reflexiones sobre esa transfiguración, que Roth volcó en sus artículos, nos revelan un país que, casi diez años después de la Revolución, se debate a nivel político entre la toma de conciencia de que no todos los ideales revolucionarios pueden ejecutarse en la práctica y la necesidad de, a pesar de todo, continuar prestando lealtad a esos ideales. Mientras a nivel humano, la mayoría de la población sigue sin comprender del todo en qué ha consistido exactamente la Revolución ni el nuevo mundo que ésta ha alumbrado.
Y es en ese nivel humano en el que se detiene Roth, el que busca plasmar en sus crónicas, retratando cómo la Revolución ha afectado a las personas corrientes: a los trabajadores, a los burgueses, a las mujeres, a los exiliados; pero centrándose sobre todo en los ciudadanos que día a día se afanan en construir un nuevo mundo del que no tienen muy claro el patrón.

Roth admiraba los logros sociales de la Revolución, aunque llegó a Rusia con ideas algo cándidas sobre los mismos, y esa admiración brilla en sus artículos junto con deseos un tanto idealistas de que esos cambios se apliquen en el resto de Europa. Sin embargo, el autor también comprende que la Revolución se ha dejado muchas cosas en el tintero y que esa aurora roja cuyo brillo los intelectuales europeos admiraron en 1917, se ha extinguido sin cuajar en el día de brillante emancipación social que hacía presagiar.

Lo que más defraudó a Roth de la Rusia revolucionaria fue el ascenso de un nuevo tipo de burgués surgido de la Nueva Política Económica (NEP) lanzada por Lenin. La liberalización económica que buscaba promover el desarrollo de la Rusia comunista para ponerla al nivel de las primeras potencias mundiales, dio lugar a lo que el autor dio en llamar «burgués revolucionario», dedicado a procurarse una vida cómoda en nombre de la Revolución y para quien la ideología comunista se había convertido en meras consignas de las que se servía para avanzar puestos en la nueva escala social.

La conversión de todos los iconos y las consignas revolucionarias en tópicos supuso también una decepción para Joseph Roth, sobre todo por el papel que la prensa jugó en difundir la ideología comunista de una manera unilateral y por tanto, parcial y limitada. En un país en el que antes de la Revolución no existía una opinión pública libre o heterogénea se trabajó «desde arriba», después de 1917, en crear una tan afín al comunismo que eliminó toda pluralidad y en la que se fomentaba una crítica encorsetada al nuevo sistema como una argucia para hacer creer que existía una diversidad que realmente estaba siendo asfixiada.

Y esa es la tercera queja de Roth contra el mundo surgido de la Revolución: el triunfo de la mediocridad en una sociedad donde cualquier diferencia era aplastada sin miramientos. Para promover la igualdad no sólo se tomó lo mediocre por rasero, eliminando cualquier rasgo de originalidad, sino que además toda la teoría del comunismo, su visión fija de la historia y la cultura se convirtió en una papilla que se embutía a la población hasta eliminar cualquier posibilidad de que existiese una sola idea independiente.
El desencanto del autor se va haciendo patente página tras página. Sus reflexiones giran en torno a la idea de que Revolución es el límite y no se puede ir más allá. Las promesas maravillosas que la Revolución trajo consigo son materialmente imposibles de realizar. Y eso le lleva a otro pensamiento descorazonador: tal vez el único destino posible para los pueblos occidentales es parecerse cada día más a Estados Unidos, con su modo de vida productivo y feliz, pero estulto.

Una cosa es segura: Roth consideraba que el periodismo debía ser una observación del mundo libre de supuestos previos, y sin lugar a dudas, así lo ejerció.

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