Los papeles póstumos del Club Pickwick – Charles Dickens
7 de diciembre de 2005 por Sr. Molina
Esta novela es uno de los grandes libros de Dickens, que no se distingue, precisamente, por carecer de novelas poco famosas. Sin embargo, “Los papeles póstumos del Club Pickwick” es, quizá, su primera “gran” novela, sobre todo teniendo en cuenta que la publicó con sólo 24 años.
En sus inicios, la obra se ideó como un folletín por entregas, aunque finalmente se publicó el texto completo, pasado un tiempo. En esta historia disparatada y cómica se narran las aventuras de cuatro miembros de un club muy especial, que debe su nombre al señor Samuel Pickwick, una especie de filántropo-filósofo que, junto con tres adeptos a su hermandad, inicia un viaje por Inglaterra en el que les suceden un sinfín de anécdotas.
Es un clásico libro de aventuras, al estilo de los grandes novelones decimonónicos, pero dotado de una frescura y un sentido del humor impagables. Y es que Charles Dickens no era sólo “Canción de Navidad” o “David Copperfield”, sino que pasaba por ser un avispado observador de la naturaleza humana, y esa habilidad se refleja en esta novela con claridad. A lo largo de sus páginas nos encontramos con infinidad de personajes que sirven al autor para diseccionar costumbres, comportamientos y actitudes; y confieso que de una manera que me sorprendió mucho por lo moderno que llega a resultar para un lector de casi dos siglos después. Los propios miembros del club, el señor Pickwick (gran pensador, pero cascarrabias y meticuloso), Tupman (un viejo verde que tiene momentos verdaderamente divertidos con algunas damas), Snodgrass (un poeta cobarde y asustadizo) y Winkle (un deportista con un gafe irreversible), son figuras sin desperdicio. Me provocó las carcajadas más sonoras el criado de Pickwick, Samuel Weller, un personaje heredero del mejor Sancho Panza, pero con ese típico humor inglés que puede llegar a ser cínico en extremo.
La figura de Pickwick es casi imposible de describir, ya que tiene una fuerza muy particular y le imprime a todo el libro un aura de inocencia, de honor y de sabiduría que se contagia al resto de personajes. Es un protagonista con el que uno no para de reír, de disfrutar, ante sus desmanes y meteduras de pata; y también un personaje del que no queda más remedio que compadecerse, porque su visión quijotesca del mundo le convierte en un pelele, utilizado por algunos y ridiculizado por otros. Esa conjunción de comedia y tragedia es manejada por el autor con mucha maña, sin cargar las tintas en según qué ocasiones, y dejando que los caracteres pickwickianos se ‘desaten’ en otras.
En resumen, un divertidísimo libro que en absoluto parece escrito en 1836, por lo cual se lo recomiendo a todos, sobre todo para pasar un buen rato.
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