Amaury – Alexandre Dumas

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Amaury - Alexandre DumasAmaury es una representación perfecta de las características que definen el folletín romántico del siglo XIX, con sus defectos y virtudes. Como novela, Alexandre Dumas la pergeñó con una modélica perfección formal, distribuyendo la trama a lo largo de breves episodios que conducen al lector, mediante un crescendo emocional (algo inocente visto hoy día, pero,sin duda eficaz en los primeros años del siglo XIX), hasta un desenlace que premia a todos los protagonistas de la historia. Por otro lado, ese esquema previsible y esos personajes que han de adaptarse al mismo lastran una obra que, quizá por el paso del tiempo, no consigue involucrar al lector en sus meandros narrativos; Dumas era un excepcional contador de historias, pero cuando éstas no contienen las suficientes dosis de acción ni se centran en protagonistas algo complejos, no logra una obra coherente.

Amaury cuenta la odisea de un joven acomodado que, al quedar huérfano, es acogido por un ilustre médico y criado como uno más de la familia. La hija del doctor, Madeleine, le acoge como un hermano, pero el paso de los años trae consigo el amor entre ambos, para desgracia del doctor D’Avrigny, que siente celos del joven al arrebatarle a su única hija, viudo como es desde el nacimiento de la muchacha. Su único consuelo es la llegada de una prima de la que debe hacerse cargo, que se convertirá en su sostén ante la inminente marcha de su hija, convertida en esposa de Amaury. Sin embargo, la frágil salud de Madeleine complicará la vida de todos los personajes de una forma imprevista.

Sin desvelar nada del argumento (aunque incluso con estas pocas líneas cualquiera puede hacerse una idea del desenlace de la novela), sí hay que apuntar que el estilo folletinesco es el verdadero protagonista de la obra: jóvenes de altos ideales y una compostura sin igual; muchachas inocentes y puras con predisposición al suspiro y una devoción sin par por los bailes y los vestidos; secretos inconfesables que marcan el devenir de la trama… Dumas recurre a todos estos tópicos para crear una novela de corte romántico, pero sin la frescura de otros autores o de otros textos.

Tanto Amaury como el doctor D’Avrigny son personajes estáticos, casi indolentes en determinados momentos, que no transmiten emoción alguna pese a verse inmersos en unos acontecimientos que turbarían a cualquiera. La frialdad con la que están creados, pese a la intención de pintarlos como serenos (el viejo) y pasionales (el joven), constituye su rasgo más prominente. Otro tanto sucede con Madeleine, personaje aborrecible donde los haya, cuyos comportamientos atrabiliarios no casan en absoluto con la pasión que despierta en su prometido y en su padre. Su personalidad caprichosa es un elemento destacable dentro del entramado narrativo, pero la deriva de la misma y la superficialidad con la que el autor despacha sus apariciones la reducen a un personaje meramente ornamental. Los secundarios brillan por su ausencia, y no consiguen suscitar el mínimo interés.

Aunque la novela sentimental de la primera mitad del siglo XIX, vista con tanto tiempo de por medio, adolezca de ramplonería y excesiva pasión, lo cierto es que hay buenos ejemplos de ese romanticismo en grandes obras de la literatura. Dumas no parece dominar en absoluto el género: la narración es fragmentada e inconexa; los personajes son maniqueos y simplones; y la historia es pueril e insulsa. Mientras que en otras de sus novelas podemos ser partícipes de la acción, o identificarnos con los sentimientos de sus protagonistas, por excesivos que sean (tal vez por ello, en ocasiones, muy humanos), en Amaury solo encontramos una trama previsible, un lenguaje engolado al extremo y unos personajes anodinos. Es, en suma, una novela vacía, superficial, técnicamente lograda, pero cargada de afectación; un texto que no hace justicia al buen narrador que era Alexandre Dumas.

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