El fiel Ruslán – Gueorgui Vladímov

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El fiel Ruslán - Gueorgui VladímovEl fiel Ruslán pertenece a esa estirpe de novelas que recrean momentos históricos señalados desde una perspectiva metafórica y/o inusual. Y, como suele ser el caso, esa visión distorsionada, pero certera, de la realidad nos permite atisbar razones que de otra forma pasarían desapercibidas, comprendiendo de forma cabal lo que sucede en la vida de las personas implicadas. En esta ocasión Gueorgui Vladímov utiliza a un animal para mostrar el desmantelamiento de un campo de trabajo de la Rusia profunda; con la desaparición de ese lugar, todos sus pobladores, ya sean prisioneros o guardas, ven modificadas sus condiciones de existencia de una manera radical, sin llegar a entender del todo las consecuencias que esos cambios suponen para ellos mismos y los que les rodean.

Lo curioso de El fiel Ruslán es que el narrador es el perro cuyo nombre da título al libro. Como animal, su mirada sobre los actos humanos es desapasionada e inquisitiva, de manera que sus juicios arrojan una luz inusitada sobre muchos elementos que tomamos por cotidianos o normales. Por ese motivo, cuando su amo, uno de los carceleros del campo de trabajo, le abandona en un bosque cercano, Ruslán sólo cree que debe permanecer a la espera de su regreso; para el perro, entrenado para la vigilancia y el rastreo, no existe la posibilidad de cesar en su actividad: su existencia toda está dedicada a ejercer su labor, por lo que no se plantea una alternativa. Perplejo, pero paciente, el protagonista se dedica a vigilar a un expreso del campo abandonado que encuentra en el pueblo cercano a su antiguo hogar. Por supuesto, según vayan pasando los días y las semanas se irá dando cuenta de que algo está sucediendo: aunque como animal es incapaz de discurrir, su instinto le indica, por ejemplo, que el ser humano al que está vigilando no parece tener intenciones de huir del pueblo, o que su antiguo amo no le trata de la misma forma que antes. Su fidelidad, puesta a prueba, se revelará tan sólida como los muros de la antigua prisión.

Ruslán, obviamente, no es más que el trasunto de un arquetipo de personaje. Vladímov ambienta su novela en torno a los años cincuenta del siglo XX, momento en el que la muerte de Stalin abrió la puerta a una serie de cambios en la URSS; cambios que no supusieron una modificación drástica de las condiciones de vida de muchos soviéticos y que suscitaron más expectativas que resultados. De ahí que el comienzo de la novela, con el cierre del campo de trabajo y la liberación de todos sus ocupantes, plantee una situación a priori esperanzadora, pero pronto se revele como fútil. El exprisionero al que vigila Ruslán, y al que apoda Harapiento, es un exponente claro de la dificultad del cambio en una sociedad marcada por la violencia, el secretismo y la crueldad: una vez conseguida la libertad permanece en el poblacho cercano, hurtando madera para construir un armario y emborrachándose noche tras noche en compañía de su patrona. La esperanza, la redención o el deseo de prosperidad parecen haber desaparecido: sólo queda la incertidumbre y la presencia física de ese campo de trabajo que, aunque abandonado ya, se erige en el recordatorio de lo acontecido. El hombre es incapaz de sobreponerse a su desgracia y la inacción lo domina por completo.

El fiel Ruslán es una novela dura, áspera y poco agradecida. Aunque la crítica no es evidente, la lectura que subyace bajo sus páginas está repleta de miseria moral, de egoísmo y de vicios. Un retrato nada amable, pero muy revelador, que nos enfrenta con un momento histórico poco conocido, pero también que esas partes de nosotros mismos que no suelen salir a la luz.

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