Padres e hijos – Iván Turguéniev

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Padres e hijos - Iván TurguénievLa belleza de la escritura habitual de Iván Turguéniev cede paso en esta novela a la observación minuciosa y descarnada de los distintos personajes que pululan por ella. En Padres e hijos la naturaleza y la relación del hombre con ella apenas tienen importancia: lo que en esta ocasión interesa al autor es mostrar una sociedad en crisis que atraviesa un periodo de intensos cambios sin que los que están inmersos en ellos se den cuenta de la relevancia del momento.

Aunque la novela tenga un título muy expositivo, lo cierto es que las relaciones familiares no tienen demasiada importancia. La historia de Padres e hijos es la de Evguéni Bazárov y Arkadi Kirsánov, dos jóvenes estudiantes que regresan a su región natal después de varios años de estudios; el primero es un nihilista convencido que actúa como tutor del segundo, de menor edad y más influenciable, además de tener una familia de origen noble y acomodado. Ambos se alojan en casa del padre de Arkadi, Nikolái Kirsánov, un terrateniente bonachón y confiado que vive con su estirado hermano Pável. Los conflictos estallarán no sólo en esa casa, sino también en la de la bella Anna Odintsova, una noble que habita en las cercanías y de la que el independiente Bazárov termina por enamorarse sin remedio.

Lo que Turguéniev pone de relieve en este libro es las contradicciones a las que estamos abocados (por nuestra inherente propensión a la debilidad sentimental) y la imposibilidad de ser fiel a unos principios con una visión inamovible. Bazárov es el exponente de un hombre convencido de sus ideas, firme y resuelto, orgulloso y displicente; sin embargo, después de su encuentro con Anna la certidumbre de sus ideas se tambalea: no es que ella le haga dudar de sus certezas, sino que el amor se presenta como un obstáculo que el joven no quería prever. La pasión amorosa no es importante en sí misma, sino que actúa como elemento perturbador de unas tesis: mientras Arkadi, por ejemplo, no duda en renunciar a sus ideales por el amor de Katia (la hermana menor de Anna), Bazárov cae en una lucha interior que se metaforiza en su infausto final.

Esas contradicciones se ejemplifican a lo largo de toda la novela mediante distintos personajes. Nikolái es un hombre bondadoso, un propietario generoso y atento a los cambios de su tiempo (el libro se ambienta a finales del siglo XIX, cuando la liberación de los esclavos era un tema candente en la Rusia zarista), pero al que nada parece salirle bien; su buen corazón provoca que le engañen, e incluso las mejoras que lleva a cabo en su propiedad no tienen las consecuencias que él espera. Arkadi, como hemos dicho, es un firme defensor del nihilismo de su admirado Bazárov, pero ante la inflexibilidad de éste y la aparición de Katia en su vida pronto deja eso atrás y se convierte en el digno heredero de su padre, en todo un terrateniente acomodado y sin proyectos de cambio en su futuro. En general, lo que se pone de manifiesto en la obra es la inestabilidad de nuestras convicciones, sujetas como están a emociones y sentimientos cuya fuerza supera todo lo imaginable.

Padres e hijos, con todo y con eso, no alcanza la belleza y majestuosidad de otras obras de Turguéniev. La caracterización de los personajes es bastante pobre: aunque casi todos se definen por sus palabras (los diálogos son constantes), el retrato que éstas ofrecen no es sólido ni veraz; más bien se roza el arquetipo en algunas ocasiones, como es el caso de muchos personajes secundarios como Katia, Féniechka o los padres de Bazárov. La pluma del ruso es magistral en la construcción de algunas escenas (como la del duelo entre Pável y Bazárov), pero no consigue mantener un tono a lo largo de las páginas y desfallece en numerosas ocasiones. A pesar de todo, la novela merece una lectura atenta sólo por la manera de abordar las dicotomías entre razón e ideales.

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7 Comentarios

  1. Debo decirle Enrique, por lo que a mi comentario concierne, que me ha convencido totalmente. Sus razones, así expuestas, son de tanto peso, que no puedo sino rectificar mi primera opinión sobre «Padres e hijos». Estamos, sin duda alguna y como bien apunta, ante una obra maestra inconmesurable, la mejor dentro de la amplia producción literaria de Turguéniev.
    Muchas gracias por señalar mi error y mostrarme el camino de la luz.
    Un fuerte abrazo

  2. Me parecen paupérrimos todos los comentarios aquí publicados sobre esta novela, empezando por el del Sr. Molina. Por cierto, la traducción de Akal es muy regular. Solvente, la de Alianza. Inconmensurable obra maestra que no voy a perder el tiempo en justificar en este espacio.

    • Le agradecemos, Enrique, que se haya rebajado a dejar un comentario en esta entrada, dada su opinión, y que haya condescendido a perder el tiempo en el empeño.

      Saludos.

  3. Sin llegar a afirmar que el libro es decepcionante, sí me atrevo a decir que, en mi opinión, la pluma de Turguénev no resulta la más adecuada para afrontar una novela de confrontación de ideas, pues eso es “Padres e hijos” en realidad. Y lo digo porque la gestación de tal proyecto sale viciada de origen, basta con unas pocas páginas de lectura para darse perfecta cuenta de ello, para precisar la catadura de los personajes y adivinar la escasa imparcialidad con que se modelan. Curioso caso: el maniqueísmo de Bazárov, protagonista principal de la novela, resulta, en esencia, el mismo que experimenta Turguénev en el momento de su creación. Autor y personaje al unísono, cogidos de la mano, como no podía ser de otro modo.

    “Padres e hijos” ve la luz el año 1861, el mismo en que se proclama la abolición del sistema de servidumbre en Rusia, y en ese tiempo de incertidumbres sobre el camino a seguir, la vida política era, como a lo largo de todo el siglo XIX, extremadamente convulsa y complicada. La nobleza, resignada al edicto del zar, adopta posiciones liberales tratando de minimizar la pérdida de prebendas de que había disfrutado a lo largo de cientos de años, y los movimientos radicales preconizan el cambio total, convirtiéndose en el embrión de lo que luego acabaría por llegar, la revolución. Nada nuevo, la eterna confrontación entre el “cambiar algo para que nada cambie” y el “hacer tabla rasa de todo, y luego ya veremos”. Pável y Nikolái Kirsánov integran las filas del primer grupo, Evgueni Bazárov las del segundo.

    Y Turguénev, dónde milita Turguénev. Pues el autor ruso, a pesar de sus choques tibios con el poder, no pasa de ser, por cuna y carácter, un noble dubitativo de buen corazón que lamenta todo pero no se posiciona claramente en nada, le basta con adoptar una posición de inestable equilibrio mientras deplora la extinción de una generación y la ausencia de otra que venga a sustituirla, la que irrumpe por aquel entonces no es de su agrado:

    “La ciudad ***, hacia la que se dirigían nuestros amigos, se encontraba bajo la jurisdicción de un gobernador <>, déspota y progresista, esa conjunción tan frecuente en Rusia”.

    Estas, entre otras, son las causas que impiden la creación de personajes firmes y bien construidos; la pluma de Turguénev se obliga a crear hombres de principios, al mismo tiempo que se desvive por destruirlos, de ahí que, a las primeras de cambio, la figura de Bazárov resulte tan desagradable al lector. Sus simpatías íntimas se hallan más próximas a los Kirsánov, representantes de la generación que desaparece, especialmente a Pável; no es casual así que ambos compartan un currículo parecido: el mayor de los Kirsánov arruina su existencia por la veleidosa princesa R y Turguénev por la cantante de ópera Pauline Viardot – García. Las líneas de su diario íntimo, reveladas en el prólogo, son tan concluyentes como dolorosas:

    “Desde el momento en que la vi, desde ese minuto funesto, le pertenecí todo entero, como un perro pertenece a su amo; y si ahora, cuando muero, ya no le pertenezco, es sólo porque ella me abandonó como a un perro”

    Ni los personajes secundarios, como Sítnikov o Kúkshina, militantes también del bando “progresista” escapan a la burla de su creador: al primero lo dibuja como a un ser ridículo y arribista, a la segunda como la viva estampa de la mujer emancipada, estrafalaria y desidiosa. Está claro que los tics premeditados de Turguénev no se centran, únicamente, en desarmar el ideario de su protagonista principal…

    “Padres e hijos” no es, por las razones expresadas, una de las mejores obras de Turguénev. Nada tiene que ver pues con su maravilloso “Memorias de un cazador”, en el que, con prosa viva y colorista, muestra la vida mísera del campesinado ruso. Es en ese naturalismo, pleno de ternura y corazón, donde mejor se mueve la pluma del autor ruso y donde consigue hacer aflorar personajes únicos, como la vieja Lukieria de su relato “La reliquia viviente”. Las obras de confrontación de ideas, salvo error por mi parte, me parecen más propias de caracteres fuertes con convicciones más claras, – sean o no éstas erróneas -, de plumas comprometidas que se lanzan al ruedo a pecho descubierto, – estoy pensando en mi admirado Fiódor Dostoievski -.

    A pesar de lo dicho, y para que nadie se llame a engaño, sigo y seguiré considerando a Iván Turguénev un gran escritor. Y para curarme de esta pequeña desilusión pienso proceder a desempolvar del recuerdo lecturas suyas de hace ya tiempo: “Humo” y “Dimitri Rudin”.

    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

  4. «Aguas primaverales» es, para mí, el mejor libro de Turguenéniev. Las traducciones del ruso hay que seleccionarlas con lupa, todavía andan sueltas muchas que vienen de traducciones iniciales al francés, y de este al castellano. Al menos, que la traducción sea «directa»; si no, es mejor dejarlo.

  5. Estuve buscando este libro en el mercado de viejo durante bastante tiempo y, no hace ni un mes, lo adquirí al ver la edición de Akal. Mi interés por él, provenía de haber leído en innumerables ocasiones que se trataba, junto a «Humo» y «Memorias de un cazador», de una de las obras maestras de Turguéniev. En este caso, a diferencia del resto de obras de la literatura rusa, ni me preocupé por averiguar la bondad de la traducción (no tenía, ni tengo, referencia alguna sobre R. Cañete). Tal era mi interés, como ya he dicho.

    Ahora, los fríos comentarios de la reseña me dejan algo parado. Para salir de dudas, procuraré adelantar su posición en la lista de lecturas pendientes.

    Cordiales saludos

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