Roma – Nikolái Gógol

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Roma - Nikolái GógolHay libros que, más que por la historia que cuentan, más que por el lenguaje que usan, enamoran por su tema, por un encanto inconsútil y bello, que se respira entre sus hojas y nos embriaga de placer; “Roma” es uno de esos libros.

Gógol lo escribió casi al final de su estancia de cuatro años en esa ciudad, por lo que no es de extrañar la manera en la que habla de ella, la intimidad que los une. En este cuentito, un joven príncipe romano, heredero de una noble casa venida a menos y criado en el extranjero, descubre por las calles de la ciudad eterna, durante el carnaval, a una joven de extraordinario belleza: Annunziata. De sus ojos nos dice Gógol que son como «mirar un relámpago en el instante mismo en que irrumpe como un torrente de resplandor por entre las nubes negras como el carbón». Sin embargo, lo que a priori podría considerarse como una simple historia de amor resulta ser una oda a Roma, un canto imperioso y pujante a la lozanía de la civilización italiana. La auténtica protagonista del relato es, pues, la ciudad.

Cabe resaltar, como dato de interés, que el cuento se publicó con el epígrafe “Fragmento”, por lo que es posible que el escritor ruso pretendiese profundizar algo más en esa relación entre el príncipe y la beldad. Pero también es digno señalar que la historia que nos legó es una muestra, en extremo elegante y vivaz, de cómo el amor hacia un lugar puede generar una narración literaria de altísima calidad.

Las descripciones que se nos ofrecen de la ciudad, de sus monumentos, sus calles, sus gentes, de los paisajes (hoy desaparecidos) que la circundan, son todas de tal belleza que pueden resultar conmovedoras. El príncipe, a su regreso del extranjero, pasea por Roma con la avidez de un turista, pero con la mirada de un italiano; observa y valora con inteligencia, con sabiduría, apreciando por igual el legado histórico que atesora la ciudad y su ‘sabor’ autóctono y peculiar: sus habitantes, sus costumbres.

No en vano, el final del relato (no creo desvelar nada si lo adelanto; sirva esto, empero, como aviso para los que no quieran saber más) es un canto a la ciudad, a su encanto arrebatador, a su magia imperecedera. Desde el Gianicolo, el príncipe, que había tratado de descubrir la identidad de la bella desconocida con la que se había cruzado, se detiene a contemplar el panorama que se despliega ante él, olvidándose «de sí mismo, de la belleza de Annunziata, del misterioso destino de su pueblo y de todo lo que hay en el mundo».

Cualquiera que haya estado en Roma comprenderá a la perfección estos sentimientos. Para aquellos que no tengan la fortuna, este librito es una ocasión idónea para disfrutar tanto de la hermosura de la ciudad como del magnífico escritor que es Gógol.

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5 Comentarios

  1. Hermoso y embriagador libro que no es ni cuento, ni novela, sino oda en prosa a una de las ciudades más subyugantes del mundo, Roma, erigida como única protagonista del relato. Con muy escasos mimbres, la bella Annunziatta de Albano y el joven príncipe, de nombre desconocido, prendado de ella, Gógol urde una loa fascinante a la ciudad que le sirvió de residencia habitual y exilio voluntario durante bastantes años de su vida. Una ciudad, todo sea dicho, que debería ser destino obligatorio para todos aquellos que hayan sentido o sientan el prurito de viajar, recalco el término viajar para diferenciarlo bien de esa otra actividad masificada muy en boga hoy en día, la del turismo. La primera, es enemiga de prisas y recompensa la libertad invertida con descubrimientos que permanecen siempre impresos en nuestra retina, la segunda, devora tiempo y fuerzas dejando a cambio una insustancial catarata de confusos recuerdos.

    Las sensaciones de Gógol al recorrer ese monumento vivo llamado Roma son idénticas a las que puede experimentar cualquier viajero que visite sus calles, plazas e iglesias. La gran diferencia estriba en la manera de expresarlas: el escritor ruso lo hace a través de su prosa vívida, rayana muchas veces con el puro éxtasis, y nosotros, comunes y prosaicos mortales, revelamos nuestro asombro mediante la perplejidad que nos produce semejante acopio de belleza.

    Tras más de doscientos cincuenta años, – Gógol llegó por primera vez a Roma poco antes de la primavera de 1837 – , y a pesar del mucho tipismo que mantengan las callejas de la ciudad, no veremos, ¡faltaría más!, rebaños de cabras mordisqueando los hierbajos que crecen entre sus adoquines, ni estatuas marmóreas vivas , como la de Annunziatta, en pleno carnaval, pero nuestro deambular sin rumbo fijo, – consejo muy recomendable para conocer a fondo la cuna de Rómulo y Remo, y lo mismo puede decirse de otra ciudad tan o más hermosa que ella, me refiero a Venecia -, se verá acompañado permanentemente de la dulce sensación de decadencia que la historia, con el paso de los años, ha derramado por todas sus calles.

    Cuando el cansancio nos venza, los píos pueden entrar en cualquier iglesia para meditar y solazarse al frescor de sus muros. Allí, a buen seguro, podrán descubrir una nueva maravilla, así de generosas han sido la Musas con el pueblo romano; Gógol afirma, “… y en esa iglesia se conservaba no sé qué prodigio pictórico”, mi experiencia a ese respecto es más concreta y recomienda que, con cansancio o sin él, crucemos el umbral de San Luigi dei Francesi, muy cerca de la Piazza Navona, para extasiarse ante “La vocación de San Mateo”, obra inigualable del gran Caravaggio… Aunque pensándolo bien, y tratándose de Roma, resulta hasta pueril emitir consejos de semejante simpleza, tal es la cantidad de obras de arte que pueden degustarse con sólo abrir mínimamente los ojos. Los amantes de la calle y el bullicio pueden sentarse en la terraza de cualquier “trattoria” o café y limitarse a observar, mientras degustan un buen “ristretto”: verán pasar a más de un Peppe o a más de una Annunziatta, aunque no como la de Gógol, el artista que la esculpió lanzó su cincel al río Tíber para que nadie más plagiara su obra.

    Tras el descanso, si las fuerzas aún aguantan, podemos seguir los pasos del príncipe por el Trastévere hasta San Pietro in Montorio y desde allí, como él, “subir a una plazoleta desde la que se domina toda Roma”, ante la vista, si Gógol se olvidó de su Annunziatta, nosotros nos olvidaremos incluso del agotamiento extremo dejado por la jornada de callejeo.

    Un libro precioso para una ciudad aún más preciosa, la eterna Roma.

    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

  2. Espero que os guste el enlace que os he hecho en mis nuevas alas, y que el nuevo cariz os haga llegar más veces a mi puerta a partir de ahora. Y aunque no sea así (cosa que me temo), creo que merece la pena que otros lectores lleguen a la vuestra desde allí, así les animo (nunca mejor dicho) a hacerlo desde “Recomendación de la semana”.

    De nada.

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