Tormento – Benito Pérez Galdós

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Tormento - Benito Pérez GaldósUno siempre recurre a ciertos autores cuando encadena una serie de libros que no han acabado de gustar, o que no han calado tan hondo como se creía. Benito Pérez Galdós es uno de esos autores, y casi me atrevo a decir que el único que verdaderamente cumple siempre todas las expectativas que sobre él puedan recaer.

Tormento se encuadra formalmente entre otras dos grandes obras: El doctor Centeno y La de Bringas, compartiendo con ellas algunos personajes, como don José Ido del Sagrario o Rosalía Pipaón de Bringas. En ella se narra la historia de Amparo, huérfana acogida en casa de los Bringas y que se dedica con devoción a servirles de asistenta, agradecida por su amabilidad y soportando los desplantes y abusos de la señora de la casa. Agustín Caballero, un primo del señor Bringas, enriquecido después de marcharse a ‘hacer las Américas’, se enamora de ella, pero Amparo esconde un secreto —que considera vergonzoso— que la obliga a conducirse con circunspección al respecto. Las dudas de la muchacha y las intrigas que se tejen en torno a su inminente enlace constituyen el meollo de esta historia de amor, mentiras y envidias.

La trama, como en muchas de las novelas de Galdós, es totalmente costumbrista; casi folletinesca, si me apuran. La diferencia fundamental con el folletín, no obstante, es que el escritor subvierte la pacata moralidad propia de esas novelitas valiéndose de sus formas y recursos, con el fin de construir una historia apegada a la realidad; un punto muy importante éste para entender (y apreciar) a Galdós, porque es el eje de su narrativa.

No me refiero al hecho de que se incluya al autor en el movimiento realista del siglo XIX, aunque comparta ciertas características de la corriente, sino a la sensación de vida que recorre todas y cada una de las páginas de sus obras. El hecho de que Valle-Inclán le denominase «garbancero» ha pasado a ser, lejos del menosprecio original, casi un halago, ya que Galdós deja que la realidad más castiza, más callejera, asome a sus libros y tome las riendas de las historias. Algo que pocas veces se consigue en literatura, y mucho menos usando un lenguaje que, pese a dar entrada a giros y expresiones coloquiales, era cuidado y culto como pocos.

Los diálogos entre los personajes de Tormento son frescos, espontáneos, sin asomo de tirantez, sin poses ni máscaras: uno escucha lo que podría haber escuchado —salvando las distancias temporales y artísticas— de haber estado presente en la conversación entre dos personas de carne y hueso. Y lo mismo ocurre con los monólogos internos de los protagonistas, dignos ejemplos de este recurso literario (cuarenta años antes de Virginia Woolf y James Joyce, por cierto), y que nos representan vivamente la psicología del que piensa:

Recréate, hombre sin mundo, en tu contradicción horrible, y no la llames desafuero, sino ley; porque la vida te la impone, y no hacemos nosotros la vida, sino la vida quien nos hace… Y a ti, ¿qué te importa el qué dirán de que has sido esclavo? […] ¿Qué te importa a ti el orden de las sociedades, la Religión, ni nada de eso? Quisiste ser el más ordenado de los ciudadanos, y fue todo mentira. Quisiste ser ortodoxo: mentira también, porque no tienes fe. Quisiste tener por esposa a la misma virtud; mentira, mentira, mentira.

Y es que de las mentiras es de lo que trata Tormento; las mentiras que la sociedad condena y que sumen a las personas en la desgracia y el autoengaño. Una sociedad, no olvidemos, que era entonces mucho menos permisiva y tolerante, y que condenaba actos como el de Amparo con una dureza extrema, y que aplicaba por partida doble: en lo público —con el ostracismo social— y en lo privado —con la denegación de cualquier atisbo de perdón o magnanimidad—. Galdós plantea una novela que desafía esas convenciones morales y crea un personaje, como es Agustín Caballero (que no por nada ha hecho su fortuna en América), que tiene más fe en sus resoluciones morales privadas, aun cuando sea partidario del orden y la rectitud, que en las directrices de una sociedad que considera provinciana, fatua y mezquina. Un protagonista que, aunque repleto de rasgos arquetípicos (como Amparo los tiene de muchacha abnegada, o Rosalía de malvada manipuladora), conserva una frescura autónoma muy propia de las grandes creaciones literarias.

Porque, por si alguien aún no lo había advertido, Galdós es un escritor enorme, genial, capaz de introducir en narraciones aparentemente convencionales elementos vanguardistas, adelantándose a su época. Y lo que es mejor: creando novelas perdurables, frescas, en las que la vida fluye como si el tiempo no pasase por ellas. Por estos y otros muchos motivos merece tanto la pena leer a Galdós, sea cual sea la obra elegida. Aunque la elección de la edición también puede resultar importante, claro; y digo esto porque la que uno eligió para leer Tormento, la de Crítica, tiene un estudio preliminar muy interesante para ponerse en antecedentes de ciertos aspectos de la novela. Sin embargo, el texto está literalmente anegado en notas al pie, de las cuales no creo que ni la mitad sean pertinentes: ¿de verdad es necesario explicar qué significa «sarao», «cursi», «salobridad», «cilicio», «sojuzgar» o «paroxismo»? Las notas deben contribuir a aclarar aspectos oscuros del texto, pero para todo lo demás existe algo llamado diccionario, que pocos acostumbran a usar, pero que resulta imprescindible; si los señores editores consideran imprescindible acumular líneas y líneas de datos que pueden encontrarse fácilmente en otra parte, lo cierto es que el placer de la lectura se ve mermado. Y con Galdós, la verdad, eso casi debería considerarse un pecado…

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10 Comentarios

  1. Al señor Palimp:
    Le gusten o no las ediciones filológicas, no debería confundir la editorial Crítica con la editorial Cátedra (Rayuela no está publicado en la primera, sino en la segunda). Y sepa usted que estas dos editoriales son las más rigurosas en cuanto a fidelidad a los textos originales; la labor filológica que hay detrás es inmensa. Que las notas sean superfluas o no, depende del juicio del lector (no las lea si no quiere), pero no las menoscabe, o cómprese una edición de kiosco, que no aburra con notas. No confunda una edición filológica con una edición escolar.

  2. Suscribo de la A a la Z el primer párrafo de la reseña. Yo, al igual que el Sr. Molina, soy otro de los que recurren a Don Benito como el mejor puerto, el más seguro, después de alguna lectura tormentosa, – en este caso, quién lo diría, tras leer al archifamosísimo Vladimir Nabokov -.
    Y es que las obras de Galdós nunca defraudan, puedes situarlas más o menos arriba en tu ranking de preferencias, – “Tormento” queda, en mi opinión, por debajo de “Misericordia” o “Fortunata y Jacinta” -, pero siempre gustan. Siempre encuentras en ellas vida en estado puro, sin trampas ni cartón; historias que te absorben de tal manera que llegas a vivirlas en primera persona, olvidando que, aun representando la realidad social de la época, no son sino una mera ficción. Hallas personajes memorables, inolvidables, personajes que incorporas de inmediato a tu galería de “inmortales” y perduran en la memoria para siempre; análisis atinados sobre la sociedad, la política, o el españolito de a pie que corroboran, más de cien años después, que la evolución darwiniana de las especies, si no detenida, avanza ralentizada a la indecorosa velocidad del caracol:

    “… la excelsitud de su orgullete español, el cual vicio tiene por fundamento la inveterada pereza del espíritu, la ociosidad de muchas generaciones y la falta de educación intelectual y moral”

    Su lenguaje es único, hermoso y rico como ningún otro; el humor y la ironía, de los que siempre hace gala Galdós,

    “Por espacio de algunos minutos, Rosalía se quedó como si le administraran una ducha con la catarata del Niágara”

    atemperan la crudeza e injusticia de las historias, haciéndote perdonar a fin de cuentas el para mí mayor defecto de su obra: cierto conformismo acomodaticio.
    En casi todas sus novelas, “Tormento” no iba a ser una excepción, juegan papel principal los amores apasionados y desgraciados, amores que suelen sucumbir ante el imperio de normas dictadas por una sociedad pacata y retrógrada,… Puede que alguna vez la máxima no se cumpla, puede que algún “salvaje” consiga escapar a los dictados del orden y la decencia, pero no será, eso sí, sin menoscabo de los sacrosantos pilares que sustentan a las sociedades civilizadas, – si doña Rosalía Pipaón de la Barca o don Francisco de Bringas no lo dijeron con semejantes palabras, a buen seguro lo pensaron en su fuero interno -.
    Qué bien conocía don Benito tales materias y cuántas veces no transitaría por caminos parecidos a los de sus protagonistas. Basta bucear un poco en las procelosas aguas de internet para ver aflorar, de inmediato, su fama de seductor y mujeriego: Lorenza Cobián, Concha Ruth Morell, Teodosia Gandarias, Emilia Pardo Bazán,…Hace muy poco, bajo el título de “Miquiño mío”, la editorial Turner sacó a la luz las cartas de la escritora gallega, y la pasión con que ella se dirige a Galdós no está muy lejos de la escuchada en boca de muchos de sus personajes femeninos. Sí, el pillín de don Benito, efectivamente, sabía muy bien de lo que hablaba.
    Como en alguna otra ocasión he dicho, es una herejía, – de la que afortunadamente me redimí -, no haber leído a Pérez Galdós; no importa la obra, puede ser “Tormento” o cualquier otra, ninguna de ellas defrauda al lector. Así que, para cerrar el tríptico dedicado a “Aristóteles” y a la “Emperadora”, no dejaremos pasar mucho tiempo hasta hincarle el diente a “La de Bringas”. Doña Rosalía, me está esperando.
    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

  3. En este mismo blog he manifestado no hace mucho mi pasión por la obra de Benito Pérez Galdós, “un escritor como la copa de un pino” según la acertada opinión de alguien muy próximo a solodelibros. Pues bien, esta querencia, y también la suerte, me van a facilitar más momentos agradables de lectura en compañía del bueno de don Benito: la querencia me llevó a hacerme con el tríptico de novelas contemporáneas, compuesto por “Tormento”, “El doctor Centeno” y “La de Bringas”; la suerte, en forma de buenos amigos, ha traído hasta mi buzón “Miau”, así podré conocer la desgraciada vida de don Ramón Villaamil, alias “Ramsés II”, de vocación cesante y cliente asiduo de tertulias de cafés en “Fortunata y Jacinta”.
    Gracias a don Benito por su literatura y gracias a los amigos por acordarse de los gustos de uno. De corazón, muchas, muchísimas gracias a ambos.
    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

  4. bueno yo acabo de leer el libro y me ha parecido fantastico.Aunque no entiendo bien la relacion de Tormento-Amparo ni tampoco el valor sentimental que tiene con Caballero.

  5. España, siempre ha tenido escritores de afilada pluma para el insulto, Ramón del Valle-Inclán fué uno de ellos, su obra es exquisita, su figura alcanzó altas metas, pero ¡ay!, llamar “garbancero!, al más prolífico de los novelistas, después de Cervantes, se desmerece asímismo, aunque su obra ocupe un lugar prominente en las letras españolas.
    La limpieza de sus Episodios Naciones deberia ser leída por obligado cumplimiento, hoy en España, sé lee más, pero aquellos literatos del siglo XIX, están pasando al olvido por la publicación y consumo de buenas novelas pero, carentes de la profundidad de Los Miserables, por citar uno de los muchos títulos.

  6. Es el mejor narrador español del finales del XIX y principios del XX, hasta que Baroja le tomó el relevo. Es equiparable a los grandes narradores franceses del XIX, que hicieron la mejor literatura del mundo. Como le dijo una mujer “de la calle” en su época: “Si no fueras una gloria nacional…” (había sido uno de sus clientes).

  7. Las ediciones de Crítica están orientadas a los alumnos de bachillerato -o como se llame ahora- que tienen estos libros como lectura obligatoria. Suelen ser muy buenas ediciones, pero se tienen que sufrir innumerables notas superfluas -y a lo mejor es sólo mi opinión, pero parece que el nivel va bajando.

    Tengo Rayuela en esta editorial y acabé hasta el gorro de las notas.

  8. Imposible concebir un Madrid sin la visión de Galdós. Ni la literatura española sin Doña Perfecta, Fortunata y Jacienta. Con Marianela quedé atrapada en la pluma de Don Benito, y desde entonces no paro de leer esas páginas inigualables.

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