El mono blanco – John Galsworthy

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El mono blanco - John GalsworthyCuando reseñamos Bajo el manzano aludimos a la capacidad de John Galsworthy para la creación de atmósferas y las descripciones; esa habilidad alcanza un grado de excelencia sin parangón en El mono blanco, el primero de los libros que conforman la trilogía Una comedia moderna, que a su vez se encuadra dentro del ciclo de Crónicas de los Forsyte (compuesto por tres trilogías y algunos relatos independientes). La puesta en escena de los acontecimientos que rodean a Michael Mont y su mujer, Fleur Forsyte, son una muestra elocuente de la facilidad para la creación de ambientes del premio Nobel inglés: sin caer en eternas digresiones o cuadros excesivamente detallistas, el autor se las ingenia para introducir al lector en un mundo complejo y exquisito, siendo así cómplice y testigo de los devenires cotidianos de los protagonistas.

El mono blanco da cuenta de la readaptación de una parte de la sociedad británica a los cambios que se produjeron tras la Primera Guerra Mundial; unos cambios mínimos, sutiles, pero que indudablemente marcaron el día a día de unas gentes que se aferraban a las tradiciones para encontrar su lugar en el mundo. Michael Mont es hijo de un baronet de abolengo con un patrimonio algo venido a menos; Fleur Forsyte es la predilecta de Soames Forsyte, abogado retirado poseedor de una cuantiosa fortuna. Ambos pasan los días sin mayores preocupaciones que no sean las de acudir a exposiciones, celebrar selectas veladas en su hogar y decorar su casa con cualquier clase de fruslerías que se les antojen. Michael trata de olvidar su participación en la guerra trabajando como editor, mientras que Fleur agota su spleen coqueteando con el mejor amigo de su marido y tratando de ser reconocida como una anfitriona exquisita.

El furor de vivir que surgió en el periodo de entreguerras se muestra en la novela con una crudeza que tiene tanto de bella como de descarnada: el matrimonio protagonista, cada uno a su manera, intenta olvidar unos años aciagos con actividades extemporáneas, con fastos que solo arrojan una tenue llama sobre unas vidas carentes de ambición. Sin embargo, será Michael el que se erija como referente en una obra en la que tanto las viejas generaciones, representadas por los padres de los protagonistas, como las nuevas parecen incapaces de asimilar los cambios a los que el mundo se ve abocado después del desastre continental.

Distintos personajes solo persiguen con ansia el afán de experimentar cosas nuevas, como una suerte de desafío a la apatía generalizada y a los problemas económicos y sociales que experimentaba Inglaterra en aquellos años. El cuadro del mono blanco se convierte de esta manera en un símbolo de esa generación que trató de borrar las huellas del pasado con una energía incontrolada; como uno de los amigos de Fleur afirma, «cómete los frutos de la vida, esparce las cáscaras y que te pillen haciéndolo». Las convicciones más firmes y las creencias más arraigadas semejan caducas e imposibles de aplicar en un tiempo que desdeña cualquier recuerdo de los años aciagos.

Pero Michael, sensible y compasivo, se dará pronto cuenta de que el amor y el sentimiento (por los demás, por su país y por uno mismo) pueden ser referentes morales tan firmes como lo eran las antiguas convicciones de sus antepasados; como él mismo piensa, todas esas creencias solo están mudando la piel, «convirtiéndose en mariposas». Será así como se enfrente a los devaneos de su mujer con su mejor amigo y como afronte las dificultades que le asaltarán en relación con su suegro. El caos que reina en la sociedad de los años de entreguerras, parece señalar el autor, no es sino fruto de unas mentes perdidas, desorientadas, pero tan llenas de recursos como han estado siempre.

Galsworthy ofrece en estas páginas unos retratos magistrales de personajes: comenzando por Michael y Fleur, cuyas personalidades llegan a ser tan cercanos y queridos como seres de carne y hueso, y terminando por la gran cantidad de personajes secundarios que, con mayor o menos relevancia en la trama, asoman por la obra. El mono blanco es una deliciosa lectura que, afortunadamente para los amantes de la buena literatura, depara dos continuaciones con las que alegrarnos nuestras horas de lectura. Sin duda, una de esas obras que deben estar en nuestras estanterías.

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2 Comentarios

  1. Acabo de cerrar la última página de “El mono blanco” y he decidido abandonar la segunda trilogía sobre la saga de los Forsyte. ¿Decepcionado?, todo lo contrario; entusiasmado tanto que creo que la mejor manera de abordar la obra de Galsworthy es desde su inicio. Empezaremos, pues, por la primera trilogía… El cierre de la segunda ya llegará a su debido tiempo.

    El motivo es muy claro: Para entender lo que somos, debemos conocer de dónde venimos. Y esta es una máxima aplicable a la historia y a los protagonistas de “El mono blanco”. La novela puede leerse, cierto, sin necesidad de haber pasado por la primera trilogía del escritor inglés, pero a cada página surgen referencias de situaciones y personajes anteriores que provocan continuos interrogantes: ¿qué motivó la ruptura de Jon y Fleur?, ¿jugó algún papel en ella el gris y envarado Soames?, ¿quién es Timothy Forsyte?,… Ejemplos de preguntas que, aunque no impiden seguir el curso de la historia, aguijonean, a cada página, la curiosidad de lector. Siguiendo paso a paso la totalidad de la saga encontraremos respuesta a todas ellas.

    He de reconocer que mi acercamiento a la obra de Galsworthy ha obedecido a dos motivos. El primero, los elogiosos comentarios de la reseña. El segundo, que el apellido Forsyte no me era totalmente desconocido; en mi infancia, la serie de la BBC, al igual que ocurría con “Estudio 1”, tenían bastante predicamento en la España de “blanco y negro”: una nos acercaba a los clásicos ingleses, el otro a los españoles y a autores teatrales bien reconocidos, Ibsen, Arthur Miller, Buero Vallejo, Ionesco, Molière y muchos más.

    Historias del abuelo Cebolleta: “En cierta ocasión…” En fin, vayamos a “El mono blanco” que es lo que interesa.

    Con “El mono blanco”, – veremos si la saga en su conjunto confirma esta primera impresión -, creo que Galsworthy intenta ir más allá de explicar las variadas y peculiares vicisitudes de una familia aristocrática inglesa. Su esfuerzo trata también de hacer comprensible la historia europea de los años veinte del pasado siglo desde los avatares del triángulo formado por los tres principales personajes de la novela: Soames Forsyte, su hija Fleur y Michael Mont, su yerno.

    El final de la Primera Gran Guerra no ha solucionado nada. La carnicería humana se ha detenido, pero la animadversión y desconfianza entre los principales contendientes es aún mayor que en su inicio. Alemania no puede hacer frente al pago de las indemnizaciones económicas establecidas en el Tratado de Versalles y la República de Weimar hace fallida, Francia invade la cuenca del Ruhr para asegurar el abono de la deuda y hacerse con una fuente segura de recursos, e Inglaterra, recelando de todos, duda entre el aislamiento o la cooperación comercial, mientras su clase obrera se sume en la más absoluta de las miserias.

    En este mar agitado deben nadar o ahogarse todos los protagonistas. Los más jóvenes viviendo rápido para olvidar, – como se dice de Fleur, siendo siempre “inconstante y nueva” -, y los mayores absortos por la riada de cambios, pero atados aun férreamente a la tradición.

    La novela, desde todos los puntos de vista, es una delicia. Las historias de la trama se engranan con una exactitud sorprendente; sus protagonistas entran y salen de escena casi de puntillas, sin hacer ruido, con lo que la fluidez del argumento no se resiente en ningún momento. No sobra ni falta nada, todo encaja. Hasta la casualidad, déspota inmisericorde en muchas obras de este tipo, juega aquí el papel justo y preciso: unos globos infantiles lanzados al cielo de Londres pueden modificar el destino de una familia. Sí, amigo Soames, aunque no lo sepa, los globos sí le sirvieron de algo…

    En cuanto a la prosa de Galsworthy nada más que halagos pueden añadirse. Cuidada, tranquila, bella, elegante sin caer en el amaneramiento, con una capacidad tremenda para la descripción de situaciones o estados de ánimo. Una delicia.

    La obra redonda de un gran escritor que, como afirma el Sr. Molina, merece estar en lugar preferente de nuestra biblioteca.

    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

    • Hola, Miguel:

      Me alegro de que hayas tomado esa decisión, porque, si bien la lectura de los libros de Galsworthy puede hacerse sin continuidad, los hechos y el desarrollo de los personajes se entienden desde otra perspectiva (mucho más enriquecedora) si uno se atiene al orden de la historia.

      Más allá del detalle, la verdad es que la lectura de esta saga es un acercamiento lleno de ternura e ironía a esa clase social que desaparecía en los estertores del siglo XIX y en los convulsos comienzos del XX. Galsworthy tiene una maestría (a mi modo de ver) inigualable para, por una parte, plantear una trama sentimental (entiéndase en la mejor de las acepciones) y, por otra, aprovechar la coyuntura para hacer un retrato de toda una sociedad que mutaba de manera evidente.

      Estoy encantado de que te haya parecido una lectura interesante y confío en que tus sabios comentarios arrojen un poco más de luz a las otras reseñas. Un abrazo.

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