La Casa lúgubre – Charles Dickens

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La Casa lúgubre - Charles DickensLa Casa lúgubre, también conocida como Casa desolada, es una de las obras cumbre de Charles Dickens. Curiosamente, al que suscribe le ha parecido de las más flojas de su producción; aunque mantenga muchas de las características que hacen grande al escritor inglés —personajes dotados de rasgos muy idiosincráticos, tramas enrevesadas con giros finales, etc.—, lo cierto es que la impresión general es de pobreza argumental: la historia parece girar sobre sí misma una y otra vez sin que tengamos claro el porqué, como si el trasfondo sólo sirviese al autor para poner en danza una miríada de caracteres pintorescos y un sinfín de situaciones curiosas.

La Casa lúgubre cuenta la historia de una huérfana, Esther Summerson, que de manera oscura y algo imprecisa es reclamada por su tutor legal para vivir con él como acompañante de una joven pariente cuando la muchacha alcanza la mayoría de edad. En la casa a la que llega junto a la chica y a un primo de ésta irá descubriendo que la familia Jarndyce (a la que pertenecen todos esos personajes) está envuelta en un oscuro pleito desde hace años, razón por la cual existen disensiones entre diferentes ramas de la familia y también por la que muchos de sus integrantes han caído presas de una singular obsesión. Alrededor de estos cuatro protagonistas giran una gran cantidad de personajes secundarios que también están implicados en los acontecimientos de unas u otras formas y que cobrarán importancia a medida que la narración vaya enrevesándose en su desarrollo.

La característica peculiar de esta novela es el uso de dos narradores: por una parte tenemos una serie de capítulos contados por la propia Esther, que va explicando su historia de una forma bastante subjetiva, incluso extraña; por otra, tenemos un clásico narrador omnisciente, muy del estilo de Dickens, que arroja luz sobre aquellos hechos a los que la experiencia de Esther no llega y contribuye a crear una trama más o menos completa para la comprensión del lector. Además, y a diferencia de otras obras del inglés en las que la acción transcurre en lugares muy diferentes, en esta ocasión apenas existen dos o tres escenarios fijos, más allá de los cuales los personajes nunca se marchan. La obra gira en torno al proceso judicial de la familia Jarndyce, y esto sirve al escritor como excusa para lanzar durísimos alegatos en contra del funcionamiento de la justicia, el comportamiento de jueces, procuradores y abogados y, en general, contra la indefensión de los menos pudientes frente a una administración que sólo atiende a los poderosos.

Por otro lado, es digno de estudio el perfil de Esther, la protagonista. Su narración, que en un principio parece simplemente inocente (como corresponde a las típicas heroínas dickensianas: ingenuas, bondadosas y humildes), va pronto adquiriendo un carácter mucho más peculiar: el perfil psicológico de la muchacha es sinuoso, incluso podríamos calificarlo de «desviado»; su humildad adquiere grados psicopáticos y su reverencia hacia los demás es tan excesiva que lo que terminamos por pensar es que los hechos que cuenta podrían no ser tal y como los presenta… Como narradora, Esther no parece ser totalmente objetiva: no por su propio interés, sino por su incapacidad (sea mental o no) para percibir los detalles relevantes de los acontecimientos.
Este punto es quizá el más interesante de una obra que, por lo demás, y como apuntaba antes, adolece de una trama larga y poco trabajada en sus detalles, de manera que nos perdemos en decenas de subtramas que no enriquecen la historia principal y que sólo sirven para presentar otros tantos personajes que, si bien pueden resultar interesantes, no aportan información alguna al cuerpo principal de la obra.

Con todo y con eso La Casa lúgubre es, como casi toda la producción de Dickens, una obra entretenida y que ofrece algunos momentos (sobre todo por parte de algunos de los personajes secundarios, verdaderos monumentos de humanidad) sorprendentes y tiernos. Una gran lectura.

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1 Comentario

  1. Comparto su opinión, Sr. Molina. No es una de las cumbres de su autor, por mucho que la estudien en las universidades (en la mía, por ejemplo). Es un folletín con todas las letras y en el mal sentido: exceso de capítulos, una trama que no aparece hasta el segundo tomo (de mi edición), y un exceso de sentimentalismo. Ahora bien, también es un Dickens con todas las letras y en el buen sentido: esas descripciones de la miseria más absoluta, económica y moral, esa galería de caraduras simpáticos y antipáticos, esos deliciosos toques de humor y de sátira, etc. Virtudes que salvan la lectura y además animan a seguir leyendo a este grande. Saludos.

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