La culpa del abate Mouret – Émile Zola

0
1251

La culpa del abate Mouret - Émile ZolaLa culpa del abate Mouret supone la quinta entrega del ciclo de los Rougon-Macquart. Un ciclo con el que Émile Zola pretendía plasmar la sociedad del Segundo Imperio, al tiempo que ilustrar una teoría acerca de la herencia genética según la cual nuestras raíces señalan nuestro futuro.

Serge Mouret es el joven cura de una inhóspita región donde los campesinos consideran la religión como un lujo innecesario. Para el abate Mouret, sin embargo, su feligresía es un lugar ideal: como los santos antiguos él solo ansía una vida retirada que le permita vivir en comunión con Dios.

La vida en el seminario y su particular naturaleza mantienen al abate Mouret alejado del pecado. Abstraído como se halla en la contemplación de las promesas del cielo, apenas presta atención a la vida que bulle a su alrededor. Esa vida bullente, reproduciéndose sin tregua, es el contraste con la vida estéril del cura.

Esa es, precisamente, la tesis que Zola busca desarrollar en El abate Mouret. Cómo la religión vuelve la espalda —en el mejor de los casos— o criminaliza —en el peor— la enorme tarea de supervivencia y reproducción a la que se entrega el género humano en respuesta a un instinto natural indomeñable.

Como es lógico, el propio abate deberá ser también puesto a prueba por esa fuerza primigenia, despertando a la pulsión vital que late en todo ser vivo.

La excusa de una enfermedad sirve al autor para situar a su protagonista en un entorno aislado y paradisíaco, al cuidado de una hermosísima muchacha. Como unos nuevos Adán y Eva, Serge y su compañera viven separados del mundo y sin vigilancia en medio de un jardín feraz donde más que en ningún otro lugar se siente el pálpito de la vida.

El contraste está hermosamente creado: frente al pedregal donde antes el abate se entregaba a su fe, un lujuriante vergel; frente a la sola presencia de una Virgen de yeso, la compañía apetecible de una mujer. Sin embargo, ese contraste está construido a costa de larguísimas páginas repletas de descripciones donde no existe una sola gota de acción que haga avanzar la historia.

Como sabrá quien visite solodelibros con asiduidad, la que esto suscribe no es para nada enemiga de las descripciones. Y las siempre prolijas de Zola nunca pueden decepcionar. No obstante, las que componen casi en su integridad el libro segundo de los tres que constituyen El abate Mouret resultan a todas luces excesivas.

Aún peor, la narración incurre en dos inconsecuencias. La primera es que Serge y Albine tardan demasiado en consumar la que resulta la consecuencia lógica de que un hombre y una mujer jóvenes pasen los días juntos en medio de un paraíso natural. Zola pone demasiado empeño en alejarlos de todo, e incluso en asegurar que en sus cabezas no hay rastro de temor o prevención hacia las consecuencias de sus actos. Albine y Serge son en efecto representados como la primera pareja humana: en su mente no existe conciencia del pecado, luego no se entiende por qué tardan tanto en pecar.

Por otro lado, y mientras se encuentran aislados en su jardín, nadie vela por Serge y Albine. Ni parientes, ni amigos, ni custodios de la sociedad biempensante. Pero en cuanto caen en la tentación de amarse, allí aparecen mil conciencias dispuestas a señalar.

Sin duda es este un defecto menor, pero resulta muy poco naturalista, muy ajeno a la objetividad que el movimiento defendía, abandonar a una muchacha y a un sacerdote a su suerte, construyéndoles un espacio idílico y haciendo que la sociedad permanezca al margen. Es evidente que el escritor sacrificó la verosimilitud en favor del desarrollo de su tesis, pero ello hace decididamente que la novela se resienta.

Más de Émile Zola:

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here