Trafalgar – Benito Pérez Galdós

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Trafalgar - Benito Pérez GaldósCon Trafalgar se inicia esa ambiciosa serie con la que Benito Pérez Galdós quiso retratar la historia reciente de la España del siglo XIX y que dio en llamarse Episodios Nacionales. A través de esas novelas el maestro canario trazó un panorama de los acontecimientos más destacados del país, mezclando la ficción con la realidad en un intento de acercar el conocimiento de la historia mediante la literatura. El trágico y espeluznante episodio de la batalla de Trafalgar le sirvió como primer acercamiento a este empeño y supone una incursión notable en lo que se podría considerar novela histórica.

Galdós se vale de un protagonista imaginario para que le sirva de testigo de los hechos reales; el jovenzuelo Gabriel de Araceli será el personaje que nos brinde su punto de vista para conocer el desarrollo de los acontecimientos, tanto en esta primera novela como en algunas de las posteriores. En Trafalgar lo conocemos en su temprana adolescencia mediante unos capítulos de introducción que conforman el retrato de su carácter; tras quedar huérfano, es acogido por don Alonso Gutiérrez de Cisniega, un capitán de navío retirado cuya devoción por su patria es tan grande como su amor por los barcos. Cuando el marino se entera de que se prepara una armada para luchar contra los ingleses, abandona su retiro (en contra del criterio de su mujer, uno de esos personajes hilarantes que solo Galdós es capaz de crear) y, acompañado del muchacho y de un viejo camarada, se enrola de nuevo en el barco Santísima Trinidad, orgullo de la flota franco-española.

El desenlace, como sabrán, es inevitable: la armada formada por navíos franceses y españoles es aniquilada casi por completo y miles de soldados perecen en el mar a causa de la incompetencia de los mandos y de la palmaria inferioridad (tanto en experiencia como en teconología) de los soldados. El propio protagonista pronto se percata de esas diferencias cuando, al embarcar, observa atónito cómo los oficiales se dedican a recogerse sus peinados mientras los marineros cargan, limpian, trenzan y colocan. La sumisión del Estado español ante Napoleón y sus deseos de conquista, unida a la ineptitud de los altos mandos, se muestra desde el principio como la causa insoslayable del desastre. Cuando al final de la obra Gabriel trata de reunirse con don Alonso, un marinero le cuenta que casi todos los oficiales y marinos no reciben sus pagas, a pesar de que el gobierno les exige luchar para (supuestamente) defender el país; la burocracia, la mala gestión y el desprecio por el pueblo se ponen de manifiesto en un episodio que retrata lo peor de la política y la sociedad españolas de principios del siglo XIX.

Galdós centra buena parte de la novela en mostrar los devastadores efectos que la lucha tiene tanto en el joven protagonista como en los que le rodean. El capitán don Alonso o su compinche Marcial se ven sobrepasados por la ferocidad de una batalla que pone de manifiesto la crueldad inherente a toda guerra, y Gabriel entiende que las historias acerca del valor y el arrojo no son más que mitos que se tejen alrededor de una carnicería; «el heroísmo es casi siempre una forma del pundonor», reflexiona el muchacho cuando entiende que los hombres se mueven por impulsos primitivos, no relativos a conceptos como honor o patria. En su inocencia, descubrirá de la peor manera posible la crudeza de la guerra y lo absurdo de embarcarse en una misión sin posibilidades.

Trafalgar es una novela histórica precisa, con escenas de una emoción bien trazada y con unos personajes que (en la línea de Galdós) pronto entran en la memoria del lector. Como único demérito cabe señalar que se echa en falta algo más de enjundia novelística, ya que el cúmulo de detalles y elementos a los que se hace referencia (obligada, tal vez, para poner en situación la obra) desluce un tanto la narración. La magia a la hora de enhebrar tramas que el canario ostentaba apenas sale aquí a relucir, quizá por el cambio de registro que la novela supone en cuanto al resto de su obra. Con todo y con eso, es un libro que merece la pena por acercarnos a momentos de nuestra historia a través de los ojos de un protagonista tan común como cualquiera. Y, además, leer a don Benito Pérez Galdós es siempre una delicia.

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3 Comentarios

  1. Es la primera obra que leo de Galdós y me pareció brillante. Desconozco otras como para realizar la comparación que sugiere Miguel, tras la cual puede referir a un «encorsetamiento» del episodio aquí narrado, en comparación a otros. Sin embargo, sin ser español y lejano a muchos detalles de su historia, me resultó altamente ilustrativa de un episodio político/bélico, narrado y visto por los miopes ojos de un hombre de pueblo cualquiera.
    Triunfa la novela al transmitir exitosamente la condición de desconocimiento ante la cual nos hallamos parados como personas comunes ante acontecimientos trascendentes que luego serán narrados ordenadamente y, aunque no unívocamente, desde ciertos consensos historiográficos. El actor de esos hechos no es un actor heróico y glorioso sino uno que sufre y desconoce el porqué y el para qué de todo el esfuerzo bélico una vez involucrado en el mismo.
    Asimismo, funciona exitosamente como un relato profundamente antibélico, cosa fundamental para todas las épocas, plenamente vigente al día de hoy que nos encontramos rodeados de matanzas de todo tipo, igualmente inexplicables para sus coetáneos. En este sentido tuve una sensación de cierta amistad filosófica entre este texto y el hermoso «Los cuatro jinetes del apocalipsis» de Blasco Ibáñez, siendo ambos de cálida raigambre española, doloridos y tremendamente anitibelicistas.

  2. Animado por la reciente reseña de solodelibros y por el deseo de volver a la obra de Galdós de nuevo, me he animado a leer “Trafalgar”, relato que inicia la Primera Serie, titulada La guerra de la Independencia, de los Episodios Nacionales. El soporte de lectura ha sido, y será para lo que resta de relatos, la excelente edición de Dolores Troncoso y Rodrigo Varela, editada por Destino dentro de la colección Áncora y Delfín. El mamotreto es de los que asustan, pero ejercitan mente y músculo al mismo tiempo, tal es el peso de las más de mil trescientas páginas que se han de manejar mientras se lee, aunque por lo visto en “Trafalgar” el esfuerzo se hará llevadero.

    No estamos aquí, en mi opinión, ante lo mejor de Galdós: el encorsetamiento a que lo somete el envoltorio de la novela histórica le impide brillar como nos tiene acostumbrados. La reseña acierta de pleno al calificar de débil la trama, pero vaya en su descargo que no ha de ser tarea fácil mantenerse fiel al desarrollo de los hechos históricos y dotar a la narración de la sustancia y giros argumentales que tanto gustan al autor canario.

    El objetivo de la magna obra era claramente divulgativo, hasta el extremo que la mejor de las ediciones publicada en vida del escritor, además de su favorita, la del año 1985 se acompañaba de más de mil doscientas viñetas ilustrativas. Su pretensión era igualmente diáfana, hacer llegar a la gente los principales hechos históricos que habían pergeñado el siglo XIX, uno de los más convulsos de la historia de España. Galdós, en el segundo prólogo a la edición de 1885, declaraba:

    “Abrazan, pues, los Episodios nacionales veintinueve años, los cuales, de fijo, dieron de sí más acontecimientos y produjeron más hombres, y, en una palabra, hicieron más historia que todo el siglo precedente. Si damos valor a una ilusión del tiempo, podremos decir que aquellos veintinueve años fueron nuestro siglo décimo octavo, la paternidad verdadera de la civilización presente, o del conjunto de progresos y resabios, de vicios y cualidades que por tal nombre conocemos”

    Es en aras pues de ello que Galdós sacrifica algunas de sus esencias narrativas para amoldarse a la historia pura, la que los hombres escriben con los hechos. Estos actos son los que los Episodios Nacionales novelan pero sin permitirse excesos imaginativos desbocados; el camino está claro y suficientemente trillado, sin apartarse mucho de él se trata de llegar al lector.

    No obstante lo dicho, y como estamos ante uno de los más grandes genios de las letras hispánicas, las páginas de “Trafalgar” están dotadas de cualidades que nunca faltan en la receta galdosiana. Cito una que a mí me parece fundamental: la creación de personajes. Galdós es un maestro en este menester, su imaginario está repleto de protagonistas principales y secundarios inolvidables, seres de carne y hueso que nos son próximos precisamente por eso. Si la reseña cita a doña Paquita, mujer de don Alonso Gutiérrez de Cisniega, yo saco a colación, – no puede dejarse en el olvido -, a José María Malespina, personaje hilarante y mentiroso simpar, capaz tanto de jugar a bolos con las cabezas de toda una compañía de franceses como de teorizar sobre el trayecto errante de las balas en la anatomía humana.

    El análisis histórico es también curioso y sobre todo sorprendente, dada la habilidad muchas veces de Galdós para nadar y guardar la ropa sin incomodar a nadie. En los libros de historia de mi infancia la batalla de Trafalgar estaba indisolublemente unida a los nombres de tres héroes: Churruca, Gravina y Alcalá Galiano… A Nelson lo dejaban como materia para los libros de texto ingleses. Pues bien, Galdós, o la sabiduría popular por boca de Galdós, defenestra de este triunvirato a Gravina, a quien le achaca, como responsable máximo de la flota española, flaqueza en el trato con Villeneuve al aceptar la arriesgada táctica de abandonar las seguras aguas de la bahía de Cádiz para ofrecer batalla en mar abierta a la flota de Nelson y Collingwood.

    Una delicia recrearse con Galdós en cualquier novela y en el tema que sea, ya sea histórico o más propio de su magín. Un escrito inmenso que hay que leer. Nunca me cansaré de repetirlo.

    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

    • Perdón por el desliz. Como fácilmente se podrá entender, unas líneas más abajo de mi comentario se da el año correcto, en 1985, a pesar de su longevidad, Galdós nos había abandonado ya.

      Cada vez es más difícil controlar las pocas neuronas que, desgraciadamente, a uno le van quedando en conexión.

      Un fuerte abrazo para todos

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