La pequeña Dorrit – Charles Dickens

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La pequeña Dorrit - Charles DickensEntre las grandes novelas de Charles Dickens (que las tiene por docenas, como ya hemos visto en esta web) se cuenta, sin duda, La pequeña Dorrit. Puede que sus personajes no sean tan memorables como en otras obras, pero en ella se advierte esa capacidad del inglés para mostrar con soberbia claridad las dicotomías de su sociedad, vigentes muchas de ellas hoy día. En concreto, en esta ocasión el texto girará en torno al tema de la pobreza: no tanto como característica de los personajes, sino como estado moral que se contrapone con la prodigalidad; la diferencia entre ricos y pobres se muestra aquí diluida, ya que hay personajes que oscilan de un extremo a otro permaneciendo incólumes, mientras que otros degeneran sin abandonar su estatus inicial.

La pequeña Dorrit cuenta la historia de una joven cuyo padre es encarcelado por deudas durante muchos años; de hecho, ella misma nace en la prisión y crece allí, aunque puede abandonarla cuando lo decide. Por otro lado, también se atiende a los avatares de Arthur Clennam, un hombre que se ha dedicado al negocio familiar en el extranjero y que regresa a Londres con el propósito de cambiar por completo de vida. Arthur conoce a Amy Dorrit en casa de su madre, que la ha contratado como costurera, y conoce así la desgraciada historia de la muchacha. Pronto ambos personajes entenderán que sus vidas tienen muchos puntos en común, y la suerte de ambos cambiará conforme vayan desarrollándose los acontecimientos.

Como decía, la novela gira en torno a los conceptos de riqueza y pobreza; de hechos, las dos partes en que se divide se denominan, literalmente, así. Amy Dorrit y su familia pasan de una situación inicial de miseria (embargados por las deudas, el padre encarcelado…) a ostentar una posición social de prestigio gracias a una herencia desconocida (sí, recurso facilón donde los haya… No olviden que estamos ante un folletín y, como tal, tiene momentos y recursos muy obvios). El cambio mejora, como es lógico, sus condiciones de vida, pero lejos de proporcionarles felicidad, sólo acarreará problemas, diferencias y desdichas; Dickens describe con su habitual pericia para los sentimientos esos pequeños cambios que se producen en los miembros de la familia Dorrit, que van conduciendo poco a poco al extrañamiento y la frialdad. Al contrario de lo que acontece en otras obras del maestro inglés, en las que la pobreza se presenta como un mal en sí mismo que impide la progresión del individuo, en esta novela tenemos un enfoque radicalmente diferente: la riqueza parece atraer los problemas y la infelicidad, mientras que la pobreza (relativa, claro está) otorga, en cierto modo, una tranquilidad de espíritu imposible de alcanzar de otra forma.

Aunque siempre con esa nota de sentimentalismo propia del folletín que se suele apreciar en otras obras de Dickens, lo cierto es que La pequeña Dorrit no es una novela sensiblera; por el contrario, pese a ciertos personajes y ciertos momentos, el libro es cruel en su descripción de la justicia y, sobre todo, de la riqueza. La banalidad de los protagonistas acomodados (o de los que anhelan serlo, como los hermanos de Amy) se representa con una ironía casi perversa; pecando de moralizante, el autor no duda en señalar el dinero como fuente de maldad y corrupción. No es de extrañar que uno de los personajes más acaudalados del libro termine resultando un estafador, ya que durante toda la novela se ahonda en la idea de que una gran fortuna no puede sino ser consecuencia de comportamientos innobles y poco humanos.

La pequeña Dorrit es una novela profusa en ideas y personajes, y que hará las delicias de cualquier amante de Dickens. Aunque no tan conocida como otras grandes obras del maestro inglés, se ha de contar, sin duda, entre los mejores frutos de su pluma.

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1 Comentario

  1. Nosotros no podemos saberlo de primera mano, pero es algo comúnmente admitido que las novelas de Charles Dickens reflejan de manera fiel la sociedad y la época en que le tocó vivir. Incluso, en las facultades universitarias se recomiendan sus libros a aquellos que quieran conocer cómo eran las cosas por aquel entonces, ya que se considera que nos enseñan más que un manual de historia.
    Si admitimos esto, podemos también admitir, sin miedo a equivocarnos que las cosas no han cambiado mucho desde entonces. Veamos:
    .- Personas inteligentes, trabajadoras, muy válidas, que tras muchos años de
    lucha en su país, tienen que irse a triunfar al extranjero.
    .- Fanatismo religioso llevado hasta el punto de destruir a personas y de arrogarse poderes creyendo ser instrumentos de Dios para acabar con el pecado en el mundo.
    .- Asesinos repugnantes a los que la justicia humana no da su merecido, que andan contaminándolo todo, sueltos por la calle y que sólo la casualidad quita de la circulación.
    .- Mujeres decentes que se enamoran perdidamente del primer golfo o sinvergüenza que pasaba por allí y que desprecian al hombre honrado y cabal que tienen a su lado.
    .- Estafadores que se valen de la ignorancia y buena voluntad de la buena gente para dejarles sin blanca con inversiones “extraordinariamente rentables”.
    .- Mujeres que son capaces de casarse con hombres a los que no quieren, sólo para ascender socialmente.
    .- “Verdades “incontestables repetidas una y otra vez que al final resultan mentiras.
    .- Personas sencillas de corazón limpio que se sacrifican y trabajan por hacer la vida más agradable a los demás de manera discreta.
    .- Entramados burocráticos y administrativos cuya única finalidad es desplumar al contribuyente y ponerle todo tipo de pegas hasta que se aburre
    y desiste.
    .- Parlamentarios y políticos que en lugar de representar a los ciudadanos se dedican a aplaudir al demagogo y machacar al que pide explicaciones.
    .- Usureros malvados y rastreros que aparecen como excelentes personas, cargando a otros la mala imagen.
    ¿Les suena?
    Hace pocos días he terminado de leer “ La Pequeña Dorrit”.
    No voy a hablar aquí del argumento, ni de los personajes, ni del estilo, ni del extraordinario sentido del humor del que el escritor hace gala en gran parte de la novela.
    Tampoco hablaré del orgullo y la humildad; del amor y del odio; del perdón y del resentimiento; de la luz y de la sombra.
    Ni de los gigantes y molinos; ángeles y demonios; de la riqueza y de la pobreza….., todos ellos pares de contrarios entre los que se mueven las líneas no siempre rectas que son las vidas de los personajes.
    No me preguntaré si alguien, alguna vez, ha hecho un estudio a fondo del tratamiento que la literatura le ha dado al maltrato del hombre al animal; ni hablaré de la casita feliz de los Plornish, de la casa lúgubre de los Clennam, del hogar de Marshalsea o de los Meagles, de la fría mansión de los Merdle o de las residencias portátiles del golfo de Gowan o de la desquiciada Wade. Ni siquiera insinuaré que Dickens personifica las casas; que estas están tan impregnadas de la personalidad de sus dueños y de lo que pasa dentro que son avisos al navegante, mensajes en la fachada o en la puerta: “Si entras…. por tu cuenta”
    No me referiré al arte de cosificar personajes dotándolos, desde el principio del relato, de cualidades propias de objetos o máquinas, llevando la cosa hasta sus últimas consecuencias, en un soberbio ejercicio de ingenio literario; ni diré nada del desternillante hallazgo del Negociado de Circunloquios, ni del colosal capítulo treinta de la segunda parte, que se plantea como un juicio dirigido por un juez cínico y repugnante contra una mujer a punto de venirse abajo.

    No se me ocurrirá incidir o hacer hincapié en los tintes quijotescos de alguno de los personajes; ni en la ternura con que son tratadas sus criaturas por el autor; ni en lo entrañable de los secundarios o terciarios como Flora, Pancks, Doyce, Affery, Maggy, el abuelo Plornish, John Chivery o la tía de Mister Finching.
    En fin, no será este escrito un elogio injustificado del folletín del diecinueve.

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