Narraciones completas – Aleksandr S. Pushkin

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Narraciones completas - Aleksandr PushkinMás allá de su habilidad como narrador (inferior a la de su «yo» poeta, en mi opinión), no cabe duda de que el principal elemento que caracteriza a Aleksandr Pushkin es su efervescente dominio del lenguaje. Obviamente, esta característica se aprecia de manera palmaria en sus obras poéticas, pero también se refleja en muchas de las narraciones que componen este volumen. La riqueza expresiva, la sensualidad en las descripciones y el colorido psicológico de sus personajes hacen de casi todos estos textos un placer para el lector más exquisito.

Amén de este punto, Pushkin nos muestra en muchas de las historias a unos personajes que son la encarnación primigenia de lo que después, en la segunda mitad del siglo XIX, se concretaría en eso que damos en llamar el «alma rusa»: seres atormentados, orgullosos, con una mezcla controvertida de sentimientos hacia su patria y con un carácter atrabiliario, pero tenaz. Buena prueba de ello es la protagonista de «Róslavlev», una joven que vive la invasión francesa de 1812 con pasión y fogosidad; su carácter impetuoso contrasta con la reflexiva introspección que se lleva a cabo acerca de los acontecimientos.

En general, los protagonistas de casi todos los textos muestran esa dicotómica personalidad, tan capaz de los sentimientos más elementales como de las bondades más sublimes. Hermann, figura central de «La dama de pique», comienza el relato como un joven apesadumbrado por sus humildes posibilidades, pero termina resultando egoísta y falto de escrúpulos. La psicología del personaje es inestable, incluso contradictoria, pero también (gracias a la sagaz construcción por parte de Pushkin) humana hasta el extremo; sus debilidades salen a la luz de forma sutil, casi imperceptible, merced a una narración que apenas insinúa rasgos de carácter, sino que deja hablar a los personajes para que se configuren por sí mismos. La penetración psicológica del narrador abre las puertas a una forma de narrar inédita a comienzos del siglo XIX, pero que comenzaba a perfilarse como un elemento indispensable en el floreciente arte de la novela.

La versatilidad de Pushkin se pone de manifiesto en la variedad de temas que aborda en estas narraciones. De un texto como el anterior podemos saltar a otro de corte histórico como es «La hija del capitán», una novela corta que da cuenta de un episodio del siglo anterior sobre una rebelión campesina; los personajes reales son descritos con verosimilitud y profundidad, tratando a la figura del traidor Pugachov con una humanidad que lo acerca al lector.

Esta recopilación se cierra con los «Fragmentos»: breves narraciones —algunas meros esbozos de un par de párrafos— que sirven al autor para crear personajes o situaciones aislados, una suerte de borradores (algunos empleados en otros textos). Es aquí donde se aprecia con nitidez el estilo de la prosa de Pushkin, con descripciones sencillas y precisas, o con unos retratos basados en la psicología interior del personaje, en sus palabras o actos. La sobriedad de las piezas es enorme, pero algunas consiguen transmitir en unas pocas líneas una intensidad que otros narradores no alcanzarían con relatos largos; el narrador de «Mi destino está sellado: me caso», por ejemplo, se presenta como un voluptuoso y desconcertado joven en apenas dos páginas, contando en primera persona su atolondrada vida de soltero en un párrafo que condensa toda una experiencia en unas docenas de palabras.

Estas Narraciones completas ofrecen al lector una oportunidad de conocer a fondo el estilo de Pushkin como prosista y su aportación (incuestionable) al desarrollo de la literatura rusa. Una ocasión excelente para acercarse a un autor que, con sus claros y sombras, es sin duda uno de los maestros de la literatura universal.

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2 Comentarios

  1. si claro ya se sabe quien es Al. Pushkin , gracias por su información , aparte de poemas suyos ya leídos por ejemplo uno de ellos el de nombre( La hija del capitán) en editorial Calomino ya hace muchos años atrás .

    Jorge

  2. Sr. Molina, me alegra que hayas completado el archivo de Pushkin en solodelibros con esta reseña sobre sus “Narraciones completas”. Cuando te expresé mi opinión sobre los “Relatos de Iván Petróvich Belkin” me hallaba a media lectura del libro ahora comentado y a su finalización pude confirmar lo ya apuntado por entonces, la grandeza de Alexander Serguéyevich Pushkin, precursor de lo que se ha dado en llamar “clásicos rusos”, ese siglo XIX único y de oro de la literatura universal: Dostoyevski, Tolstói, Turguénev, Chéjov, Gógol, Goncharov,…

    Si me permites, voy a explicarte de donde procede esta especial predilección mía por la literatura rusa. A mediados de los años 70, tuve la inmensa suerte de visitar durante casi un mes la extinta URSS. Fue un tour atípico que, junto a lo más conocido, Moscú, Leningrado, – ahora, San Petersburgo -, incluía también repúblicas tan exóticas como las caucásicas, Georgia, Armenia o Azerbaiyán. El viaje que concluyó siendo una experiencia inolvidable, tanto en lo turístico como en lo personal, fue mi particular anuncio de algo que muchos ponían todavía en duda: el fracaso práctico del sistema comunista. Y es que dotar de uniformidad común a pueblos y razas tan distintas se me antojó ya en aquel momento tarea imposible. Pero es este un blog literario y no voy a extenderme en comentarios ajenos a los libros.

    Lo reducido de nuestro grupo, sólo siete viajeros, me permitió intimar con el guía asignado, un joven chaval, Anatoli Yuriévich Bodarevsky, – aún recuerdo su nombre -, recién licenciado por la universidad de Moscú en filología hispánica. Un ruso robusto, orondo, rubio y bonachón, muy suelto en nuestro idioma, – había vivido varios años en Cuba con su padre, militar soviético -, que a cualquier dificultad, inconcebible para nuestra mentalidad occidental, respondía de la misma manera con un fatalista, ¿qué hacer?; alias que, entre nosotros, quedo incorporado indefectiblemente a su nombre de pila.

    Como veinticuatro horas dan para mucho, y por “necesidades oficiales” se exigía a los guías acompañantes la continua convivencia con los turistas, intimé bastante con él. Por suerte, entre otras, compartíamos una inquietud no muy extendida en el resto del grupo, la de los libros, y tuvimos la oportunidad de hablar largo y tendido sobre nuestros gustos literarios. Allí, de su boca, fue una de las primeras veces que oí hablar de Pushkin, sobre todo de su poesía, que para él encarnaba la esencia del sentir del pueblo ruso. Recuerdo que se le encendían los ojos cuando me recitaba algunos de sus versos, en lengua vernácula sonaban dulces y hermosos, pero traducidos a mí me parecía que perdían gran parte de su encanto. Me habló también de otro poeta desconocido, Vladimir Maiakovski, al que idolatraba, y del cual, dado mi poco apego al mundo poético, poco más he sabido aparte de su militancia futurista y su trágico final, parecido al de Pushkin y al de otros grandes escritores rusos de su época, caso de Lérmontov.

    Las vivencias de este viaje y mi cariño por el trato recibido, – también hubo excepciones, recuerdo la guía “oficial” asignada al grupo durante la estancia en Leningrado -, me hicieron ahondar en el conocimiento del país, especialmente en lo concerniente a la historia y literatura. Luego he seguido con interés su devenir a lo largo de los años, discrepando casi siempre, por lo general, de las opiniones que entre los países europeos han despertado sus actuaciones dentro de la política mundial.

    Llegar a conocer la llamada “alma rusa” se antoja tarea muy compleja, y un mes intenso de lejanas vivencias y la lectura de casi todos sus clásicos parece escaso bagaje para tratar de decir algo al respecto, pero me lanzo al ruedo y te expongo mi idea sobre ese rasgo tan definitorio del pueblo eslavo.

    El ruso suele ser una persona muy apegada a la tierra y a la naturaleza, – la biografía de Chéjov, con su trasiego de dacha en dacha, o los magníficos relatos de “Memorias de un cazador” de Turguénev, – para mí lo mejor de su obra – son pruebas inequívocas de ello.

    La identidad rusa, asimismo, ha estado siempre muy unida a la iglesia ortodoxa que, en muchas ocasiones fue refugio y foco de resistencia a las múltiples invasiones que hubieron de soportar de los pueblos llegados del este de Asia. Esta relación casi ancestral le legó un poso de espiritualidad en su forma de ser y entender la vida muy superior a la del mundo occidental. Dostoyevski acertaba al apuntar esta esencia peculiar del pueblo ruso, pero erraba en mi opinión haciéndola tan exageradamente trascendental en su devenir. De la misma manera, y por el polo opuesto, el régimen comunista se equivocaba al negarla y menospreciarla de continuo; a pesar del ateísmo que promulgaba, las iglesias, en la época de Brézhnev, la de mi viaje al país, no se encontraban precisamente escasas de fieles.

    Dotados ante la vida de un sentido resignado y fatalista que les hace muy propensos a la melancolía, en ocasiones, como ocurre con algunos personajes de “Los hermanos Karamázov”, se producen en estas naturalezas aparentemente plácidas auténticas explosiones de ira, capaces de destruir todo lo que a su alcance se halle. La historia de Rusia se halla repleta de estas combustiones imprevistas que, o han hecho temblar monarquías, caso de la rebelión cosaca de Yemelián Pugachov, tema central del relato “La hija del capitán”, que usurpando el nombre del difunto Pedro III le disputó el trono a la misma Catalina II, o han mandado directamente al baúl de los recuerdos de la historia a zares como Nicolás II, víctima inmediata de la revolución bolchevique de octubre de 1917.

    Otro rasgo definitorio de su carácter es que, a pesar de su inicial frialdad, son extremadamente hospitalarios. Este hecho, aunque me extienda un poco en su explicación, lo pude experimentar en primera persona durante el mencionado viaje. En esa época estaba prohibida la confraternización excesiva del guía con los turistas, quien contravenía las normas se arriesgaba a perder su privilegiado empleo; pues bien, a pesar de ello, Anatoli, con muchas precauciones, nos llevó una noche a su casa, a dos de nosotros. Un apartamento en un bloque de viviendas del extrarradio de Moscú, que compartía con otras tres familias, no visitamos nada más que su habitación, una sencilla estancia donde hacía vida con su joven esposa María y un bebé de pocos meses, por miedo a que coincidiéramos en las zonas comunes con algunos de los otros inquilinos. Nos agasajó con un té, – lo del samovar de todas las novelas rusas no es un tópico, aunque a veces lo parezca -, y unos dulces y al mostrarnos sus escasas pertenencias expresaba un orgullo y una nobleza que me conmovieron en lo más hondo. En aquel entonces pensé, como lo hago ahora, lo difícil que hubiera sido la situación con papeles cambiados; la etiqueta y el protocolo, aunque escasa en la España de los setenta, habría impedido seguramente por vergüenza nuestra tarea de anfitriones. Para corresponderle en justicia, organizamos una comida de despedida en un buen restaurante de la capital; allí, Anatoli y María, entre militares de alto rango y hombres trajeados de oscuro, no se encontraron tan felices como en su humilde apartamento. Ni los exquisitos manjares servidos, unos entremeses variados y un esturión cocinado, que reconocieron no haber probado jamás, pudieron sacarlos de su mutismo e incomodidad. A la salida nos dijimos adiós con abrazos y buenos deseos. Mientras partía el pequeño autobús rumbo al aeropuerto de Sheremétievo con nosotros a bordo, Anatoli agitaba la mano y María abrazaba un perrito de peluche, que le habíamos entregado como regalo para su hijo. Fue una de las despedidas más tristes de mi vida y la constatación, una vez más, de que la igualdad pregonada por el sistema comunista y la aspiración al nuevo hombre soviético no eran sino los mismos camelos que con otra letra y música nos obligaban a tragar la España del posfranquismo.

    Como ves, Sr. Molina, tanto en lo personal como en lo literario, mis recuerdos y experiencias con todo lo proveniente del pueblo ruso no han podido ser más gratificantes y plenas.

    Un fuerte abrazo y perdón por este largo soliloquio

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