Asesinato y ánimas en pena – Robertson Davies

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Asesinato y ánimas en pena - Robertson DaviesRobertson Davies murió en 1995 sin llegar a completar la siguiente trilogía que había iniciado con esta novela, Asesinato y ánimas en pena; así pues, no podemos saber con exactitud cuáles eran las intenciones globales del autor para con sus personajes, lo cual puede dejarnos un tanto «huérfanos» a la hora de formarnos una idea de la obra, ya que en anteriores trilogías el escritor canadiense tejía unas tupidas redes de relaciones entre personajes, tramas y acontecimientos. Lo que sí queda claro al terminar el libro es que el pulso de Davies para la narración teñida de humor y ternura era tan magistral como en anteriores obras, lo cual da idea de la calidad del texto (que alguna laguna tiene, eso sí).

En Asesinato y ánimas en pena asistimos a la improbable narración de Connor Gilmartin, director de la sección de espectáculos de un periódico de Toronto, cuya vida se ve fatalmente truncada cuando es asesinado por el amante de su mujer. Así, desde la primera página sabemos que lo que se nos contará va a ser, cuanto menos, especial, y que el punto de vista de ese narrador fantasmal tendrá que ser por fuerza peculiar. Y es que Connor se empeña en perseguir a su asesino y asiste con él a un festival de cine clásico, pero allí descubrirá que las películas que se exponen a los ojos de los mortales no son las mismas que él puede ver; lo que ve con incredulidad y escepticismo es la crónica de sus antepasados, desde los primeros inmigrantes británicos que huyeron de Nueva York tras las revueltas independentistas hasta los pasos de su padre en la Segunda Guerra Mundial. Con la facultad de leer los pensamientos y de desnudar las almas de todos sus predecesores, el narrador irá tejiendo una historia genealógica, pero que no deja de ser un tratado sencillo y hermoso sobre la ambición, la voluntad y el sacrificio.

En realidad, la excusa del narrador muerto no aporta nada a la historia más allá de la originalidad; Davies utiliza un estilo en tercera persona que podría ser fruto de un clásico narrador omnisciente sin más, ya que el hecho de que Connor cuente las peripecias de su propia familia es anecdótico. Lo que interesa es mostrar al lector las distintas circunstancias que diversas personas atraviesan en un periodo de tiempo que abarca casi tres siglos. Quizás este punto sea el más flojo del libro y el que nos hace pensar que si Davies hubiera podido completar esta inacabada Trilogía de Toronto los cabos que no terminan de encajar en esta novela hubieran sido atados en las siguientes.

Con todo y con eso, no hay duda de que el talento del canadiense para diseccionar a sus personajes con una mezcla de ternura y sátira sigue intacto, o incluso en algunos momentos alcanza cotas emocionantes. Pienso, en concreto, en la desventura de la tatarabuela del protagonista, Anna Gage, que tras la muerte de su marido, oficial inglés, en las revueltas contra los habitantes de las colonias británicas decide marcharse hacia el norte con sus tres hijos, afrontando todo tipo de peligros en ese viaje. El narrador verá en esas películas dedicadas a su propia estirpe que sus antepasados (que no dejan de ser personas normales, haciendo así hincapié en el potencial que se esconde en el interior de cada uno de nosotros) fueron luchadores y se enfrentaron a todo tipo de impedimentos para conseguir sus objetivos, con mejor o peor suerte.

Unas historias sencillas, no cabe duda, pero que encierran una poderosa visión de la naturaleza humana en esa aparente simplicidad. En el fondo, lo que Robertson Davies nos regala es una mirada amable, pero certera, sobre lo que somos, lo que creemos que somos y lo que podemos llegar a ser. Lejos de supeditarse a lo que, de un modo u otro, parecen estar obligados a hacer, los distintos personajes de la obra apuestan por enfrentarse a condicionamientos y expectativas, labrándose un porvenir único. Una moraleja provechosa si viene en forma de literatura de alta calidad, como es el caso.

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